Gloria Valencia de Castaño, la mujer moñona

Fue la primera colombiana en tener un espacio en la televisión nacional.
Gloria Valencia de Castaño

Por: María López Castaño.

 

Gloria Valencia de Castaño 

(1927-2011)

 

Mi abuela jugó un papel determinante en mi vida. Me enseñó todo lo que sé y puedo decir, sin lugar a dudas, que gran parte de lo que soy hoy, se lo debo a ella. Vengo de un matriarcado en todo el sentido de la palabra. Somos todas mujeres fuertes, a quienes nos enseñaron que no hay imposibles y que ante todo somos cómplices. Mi mamá y yo somos inseparables. Imagínese lo que era eso cuando estaban viva mi abuela y mi bisabuela, hace seis años. (Si quieres conocer las historias de otras mujeres que dedicaron su vida a transformar a Colombia en un mejor país para las mujeres, entra aquí)

 

Mi abuela era las más fantástica de las abuelas. Se dedicó a criarnos y a enseñarnos a mí y a mis primos el amor por el campo y la vida sencilla y cotidiana. Nos enamoró de las cosas que la enamoraron a ella desde niña en su natal Ibagué. Pasábamos todos los fines de semana en Carmen de Apicalá, en una casa que construyó con mi abuelo que se llamaba El Totumo. Allá aprendíamos mucho más que en cualquier clase del colegio. Nos levantaba temprano a ordeñar las vacas, nos llevaba al pueblo a tomar avena helada, a comer achiras y quesillo fresco de esos que vienen envueltos en hoja de plátano y se deshacen en la boca. 

 

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Sus pasos en Bogotá se remontan a los días en que llegó a acusar un puesto de secretaria en la Policía Nacional, para ayudar a su familia. Fue ahí donde conoció a Álvaro Castaño Castillo, mi abuelo, que por entonces estaba haciendo su tesis de grado sobre la Policía. El día en que se conocieron él entró al recinto con un libro de José Ortega y Gasset bajo el brazo. Al ver a Gloria lo sorprendió su belleza. Decían que mi abuela paraba el tráfico por sus piernas y su larga trenza. Curiosamente, ella tenía debajo de la máquina de escribir el mismo libro de Ortega y Gasset, porque en sus ratos libres se iba a la biblioteca a leer los libros que pocas mujeres en su época leían.

 

Su vida fue construida con elementos mágicos, dignos de una novela, sin explicación. ¿Cómo entender que se haya encontrado al amor de su vida, ese con quien logró tantas cosas, al azar? ¿Cómo explicar que mi abuela haya llegado a ser la primera mujer en aparecer en la televisión nacional sin ningún entrenamiento previo en la materia? Ese primer programa se llamaba el Lápiz Mágico, y en ese formato se narraban los acontecimientos más importantes del país y se hacía una fuerte crítica política, invitando a caricaturistas a pintar en tiempo real. Fue censurado por Gustavo Rojas Pinilla. 

 

Mi abuela tenía una cabeza extraordinaria, sin miedos ni limitantes. Ahí estaba su diferencia. El trabajo que hizo, el de generar conciencia colectiva sobre el medioambiente, no lo había hecho ninguno hombre en el país y menos una mujer. Hay que reconocer que no estaba sola, era parte de un grupo de colombianas y colombianos que marcaron la pauta en derechos civiles y políticos, en temas culturales, filosóficos, educativos y, desde luego, ambientales. 

 

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Nada en ella fue forzado. Nunca se dejó descrestar por las luces y las cámaras. Era una mujer muy atada a la tierra, caracterizada por la sabiduría ancestral heredada de su mamá, Mercedes, y de su abuela, Eloísa. Percibía el mundo de manera diferente. En mi opinión, estaba 50 años adelante de su época. Esa visión la hacía única. Decía que uno se definía por cómo trataba al prójimo. Y a donde fuera llegaba con una sonrisa, que era su mayor arma, porque decía que una sonrisa lo lograba todo.

 

Fue una mujer con una enorme curiosidad intelectual y totalmente autodidacta. Las entrevistas con Jorge Luis Borges y Alejandro Obregón eran espacios en los que ella conversaba de igual a igual, porque sabía que la personas que estuvieran al otro lado del televisor debían entender en un lenguaje sencillo los temas que parecían lejanos. Siempre soñó con ser maestra de escuela y por eso su sello fue hablar cercano. Como hablaba en televisión nos hablaba a nosotros. 

 

Sus hijos y sus nietos fuimos lo más sagrado. Con nosotros era cómplice, maestra, estricta. Nos daba lecciones de vida y todo el amor del mundo. Mi abuela retó las barreras sociales con las que nacen las mujeres colombianas. Su vida es prueba de que una mujer puede tenerlo todo, si reta los estigmas. Nos enseñó que nada es excluyente y todo complementa. La belleza y la inteligencia, la dulzura como arma de batalla, la profesión y la posibilidad de ser mamá. Todo a la vez sin tener que escoger. Usaba su poder femenino para hacerse sentir, para dar pasos gigantes. 

 

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Siento su ausencia. Es una ausencia permanente, que siempre me acompañará. Mi abuela está presente todos los días de mi vida. Cada día me hace falta. Era el centro de la familia, la que tenía la última palabra. Le heredé la pasión por contar historias y defender la naturaleza. Recurro a ella en las cartas, los libros y los poemas que compartíamos. 

 

Algún día me sentaré con mi mamá a escribir sus enseñanzas. Su sabiduría era sencilla, básica y absolutamente fundamental. Me inculcó que todos tenemos la responsabilidad de ser felices y que uno nunca debe pedir de la rosa más que su perfume.

 

Foto: Archivo Cromos. 

 

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