Johana Bahamón y Cesar López ya hacen la paz a su manera

Antes de la firma, ambos artistas ya trabajaban en la paz. ¡Buen ejemplo!

Johana Bahamón habla con prisa y pasión, enhebra una frase con otra y va tomando atajos que la conducen a otras historias y a otros personajes, casi sin darse cuenta. Y lo hace impetuosa, con una fuerza que se antoja arrolladora. César López conversa pausado, muy pausado, se toma su tiempo para recordar instantes que considera debe compartir con su interlocutor. Y lo hace en voz baja, como quien comparte un secreto.

Artistas los dos, hicieron de su labor, luego de un punto de inflexión que cada uno tiene claro, un manifiesto compartido. Ese que ve en el otro a un ser humano al que deben escuchar y acompañar, nunca juzgar. Y que ponen a su servicio, con el mayor desinterés, su saber, su arte, su compañía, su acto compasivo más elemental y natural: ponerse en sus zapatos. Ni más ni menos que el ejercicio de la empatía.

Johana, actriz, esposa y madre de dos hijos, lo hace con Teatro Interno, la fundación que creó hace 4 años, como una forma de hacer visibles a los internos del país, que hoy se expresan a través de diferentes formas del arte. Y César, músico, con la Fundación 24-0, que acaba de presentar y que resume 20 años de trabajo con las comunidades que han vivido situaciones de conflicto, a donde él ha llevado sus canciones y, cómo no, su escopetarra, para invitarlos a expresarse y a buscar caminos comunes.

A su manera construyen paz, aportan a la sociedad y creen que son posibles otras formas de entendimiento y de convivencia.

César, que conoció el éxito y los auditorios llenos con la agrupación Poligamia, hoy recorre con su Bloque artístico de reacción inmediata los espacios donde han sucedido actos violentos. Fundió un fusil y una guitarra en la escopetarra, como símbolo de que la convivencia es posible tras la violencia. Y sigue, pese a los escenarios vacíos, cantando y contando las historias de dolor que trae la violencia. 

Johana, actriz, que ha protagonizado producciones como Tres Milagros, lo lee como un reconocimiento a una tarea silenciosa. “Siento que ha valido la pena el trabajo de estos años. Solo cuando me lo preguntan soy capaz de medir la dimensión de lo que hemos hecho. Es un reconocimiento al trabajo de todas las personas de la fundación y a los internos”. Lo dice con convicción y emoción. Se nota que su trabajo en Teatro Interno la satisface. Siempre está buscando más.

 

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Teatro Interno

En el cuerpo de Johana habitan 19 tatuajes. Rojos, más oscuros, entre azul y negro, casi todos son pequeños y de trazos suaves. Aparecen como sobresaltos visuales sobre su piel muy blanca. Cada uno tiene su historia. Un corazón, un anillo rojo muy delgado en su mano izquierda. Otros más en la espalda. Las partes internas de las muñecas, donde la marcan con los sellos violáceos de las cárceles cada vez que hace visitas y recorridos, también están tatuadas. El de la derecha representa a su hijo Simón, y el de la izquierda a las doce mujeres que le dijeron sí a su primera propuesta teatral.

Todo empezó en octubre de 2012, cuando acudió como invitada a un concurso de belleza en la cárcel El Buen Pastor, como parte de la celebración del Día de la Virgen de las Mercedes. En ese entonces ella era la protagonista de la exitosa serie Tres Milagros.

“No me gusta ir a eventos, pero a este sentí que debía asistir. Dije: ¡De una! Llegué y conocí la realidad de una de las cárceles de nuestro país. Uno se imagina que visita un espacio de estos y no quiere volver, pero una vez salí y empecé a imaginar cómo podía volver, qué debía hacer”.

Un sentimiento de retorno la invadía. No sabía a qué o para qué, pero algo interno le pedía regresar allí.

Aprovechó que tenía tres meses de vacaciones y como lo suyo es la actuación se imaginó un montaje teatral. Buscó a Victoria Hernández, su profesora, quien le sugirió que montara la obra de Federico García Lorca, La casa de Bernarda Alba. “Empezamos a ensayarla, yo iba todos los días a la cárcel y Victoria me ayudaba con los ensayos”.

Ella que no fue la más dedicada a sus estudios de bachillerato, elaboró un proyecto completo, estudió el Código Penitenciario, leyó sobre el teatro como terapia y le entregó a la directora de la cárcel una propuesta estructurada y real, para que le aprobaran la obra, de la que hoy todavía se siente orgullosa. En ese entonces, como no le sucedió en el colegio, quería aprobar esta “asignatura personal” a como diera lugar.

 

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En el marco de una alianza estratégica, la Fundación Teatro Interno, dirigida por Johana Bahamón, y la Corporación Mundial de la Mujer Colombia (CMMC) están impulsando la resocialización de los internos del país, a través del programa Emprende Libertad, que tiene como objetivo impulsar su productividad y ampliar sus oportunidades económicas con la metodología integral de formación de la CMMC, en emprendimiento y fortalecimiento empresarial. Foto: Natalia Hernández.

 

24-0

César también estaba en busca de aprobación. La suya tenía un carácter más interno y un origen personal, a causa de la reciente muerte de su padre. Era el año 1994.

Tras varios años de exploración, escritura y composición, presentó su propuesta en un teatro. Era el año 1998.

“Venía tocando con Poligamia, un proyecto muy comercial, que funcionaba solo. Era ir por una autopista y decí tomar la carretera destapada. Nunca volví a la autopista”.

Confiesa que todo surgía de manera sutil e inesperada. El mismo que una noche tenía un concierto con su grupo, estaba al día siguiente ofreciendo una charla en un hogar geriátrico. Conversando con 4 o 10 personas mayores, qué importa el número. La memoria sí recuerda la sensación. “Ese encuentro me generaba más satisfacción que un auditorio lleno. No podía entenderlo en profundidad, pero generaba en mí algo más propio, más esencial. Y me voy detrás de eso”, resume el artista como quien entiende un destino irrefutable.

En ese sentido, de conclusiones íntimas, recuerda lo que le dijo un hombre en un hogar psiquiátrico de Lorica, Córdoba: “No es que esté loco, es que me metí a esto y no me he podido salir”. Con una sonrisa y el brillo que marca su mirada serena, César expresa que esa es su situación: se metió en su cuento y no se ha podido salir. Aunque la verdad, no quiere hacerlo.

 

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El pasado 6 de julio César López presentó en el Planetario de Bogotá la Fundación 24-0 (24 horas, 0 muertes violentas), en la que se propone llevar el arte a todos los rincones del país. “Cada persona cuando está cerca del arte, está teniendo un diálogo interior que lo engrandece y lo sana”, apuntó el músico. Foto: Josmi Amin Mortelo.

 

Ver hacia afuera

Una vez Johana se decidió por la obra, hizo algunas pruebas para elegir a las 12 internas que interpretarían la obra de García Lorca. Dice que fue un casting poco convencional. Cada una llegaba y hacia lo que quería, ya fuera bailar, cantar o hablar… Allí, en esa escena improvisada, de la vida real, Johana les indagaba sobre por qué querían hacer teatro.

Tres meses más tarde llegó la respuesta, o las respuestas de 12 entusiastas: La pieza teatral fue estrenada en uno de los patios de El Buen Pastor.

“Cuando las vi ahí, solo ahí, con sus personajes, me di cuenta de lo que estaba pasando. Los tres meses de trabajo y ensayos las estuve conociendo, compartiendo su día a día, pero no dimensionaba el tamaño de lo que hacíamos. Entonces las vi: eran otros seres humanos y le contagiaban esa energía especial a las otras mujeres. Todas las observaban en silencio y con atención, teniendo en cuenta que la cárcel es un espacio muy ruidoso, había respeto por el trabajo de sus compañeras. Pude notar que allí había una oportunidad y que una oportunidad transforma al ser humano. Sentirse útil es sentirse bien, porque se reconcilia consigo y con los demás, con su familia  y la sociedad”.

El valor de la oportunidad apareció palpable ante sus ojos y decidió hacer de esta palabra su carta de navegación y por eso cuando se le pregunta qué es Teatro Interno ella levanta los dedos índice y medio y responde: segundas oportunidades. La fundación se enfoca en esta palabra de once letras: oportunidad, con la certeza de que se ofrece las veces que sea necesaria, porque “todos las merecemos”: dos, tres o diez. 

Johana empezó a trazar más líneas de trabajo y a imaginar otras maneras de hacer visible a la población de las cárceles. Era necesario, se dijo, que ese trabajo fuera visto más allá de las penitenciarías. Se le metió en la cabeza que las actrices deberían mostrar su talento en otro espacio y ante otro público. Los permisos se tardaron pero ella, obstinada y recia, logró su cometido. La casa de Bernarda Alba se presentó en el Teatro Nacional. Un logro que la llena de orgullo, tanto como los dos festivales nacionales de teatro carcelario que han realizado hasta ahora.

Las emociones de esas jornadas extramuros la conmueven todavía. “Esa sí que es una verdadera reconciliación, ellas se presentan ante sus familiares y ante autoridades como el ministro de Justicia o el director del Inpec. Y así, la misma sociedad que las ha juzgado y condenado, las aplaude y apoya. Siempre procuramos ese tipo de encuentros desde la fundación: entre la población carcelaria y la sociedad civil. Y conseguimos que ellas ya no sientan ese resentimiento hacia afuera y que la sociedad ya no las señale. Después de la obra, sin duda, se siente amor y paz en el aire”.

Viajes creativos

De esos recorridos por territorios por los que han cruzado sin distingo el dolor, la fiesta, la esperanza y el olvido, a César le han marcado el espíritu los contrastes. “Ves un paisaje hermoso y al mismo tiempo, abandono. Una gente hermosa que te acoge, te cuida, te da de comer, pero que ha sufrido vejámenes de la guerrilla o los paramilitares… Siempre me ha llamado la atención cómo habita la creatividad en estos lugares, esa que no tiene que ver con la técnica ni con dinero, y eso para mí es increíble. Me he ido identificando con eso. Admiro que son personas genuinas”.

Y lo cautivaron gestos simples de resistencia ante la violencia. El señor que le decía: “Es que salimos todos a la plaza para impedir que entrara la guerrilla porque si nos queman el jeep no podemos sacar la cosecha”. O “Hicimos un bazar y entre todos recogimos para el vitral de la iglesia, y si lo destruyen, perdemos todos”.

Eso me empezó a inspirar, anota César. Componía canciones desde las verdades que encontraba y que le compartían, pero no las cantaba. Seguía sin superar al maestro de colegio que delante de todos le dijo “Sálgase de ahí que usted canta como un cucarrón”.

“Buscaba quién cantara lo que yo había visto en los pueblos, hasta que un día me dije que lo tenía que cantar porque yo lo viví, aunque no suene bonito. Empecé un trabajo de reconciliación conmigo. Con mi voz, que no es la más bonita pero tiene verdad. Voy a cumplir 43 años y ya no estoy interesado en sacarla del estadio o ser el artista de moda. Aspiro a, por lo menos, cantar cosas que sean verdad, y que si la oye el señor de El Salado o de San José de Apartadó, diga: ‘Sí, eso lo viví, este artista hizo la tarea juicioso’, y eso para mí es muy importante”.

 

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"Tengo doctorado en concierto vacíos por la paz... hoy prefiero visitar colegios y hablar con 15 o 20 pelados a dar un concierto de media hora en la Plaza de Bolívar".

 

Siempre, añade, aunque no es un canal de comunicación permanente, intento mantener una historia de lealtad con ellos, honrándolos, agradeciéndoles que me hayan compartido su dolor.

Por ejemplo, su memoria, aunque siempre habla en presente, lo lleva a Cali, concretamente a Siloé, donde un día compartió con un grupo de pandilleros. “Al conocer sus historias uno empieza a sentir empatía con ellos y ellos con uno.  

Me presentan al bebé, me preguntan que si quiero ser el padrino. Empiezo a ver que son leales con la palabra, que cuidan a sus hermanos menores, que  honran a su mamá”… Esa noche fue invitado a una cena y el dueño de casa le presentó con orgullo la construcción para la que había contratado a un arquitecto holandés, que hizo pasar una quebrada por el centro de la casa y construyó un puente que conectaba la sala y el comedor. ‘Allá abajo se quedaron sin agua y están molestos’, dijo el dueño de casa.

“Vi en los muchachos, precisa el artista, una triste caricatura de la violencia. El hombre, estudiado y viajado, que no porta un arma, dejaba a 25 familias sin agua y sin un asomo de remordimiento. Esa paleta de seres humanos que encuentro me impresiona mucho. En todos habita lo más bonito y lo más perverso”.

Con sentido

A Simón, el hijo mayor de Johana le preguntan ¿qué hace tu mamá? y él responde ‘Está en la cárcel’. Y es que la familia está involucrada con la fundación. Simón ha ido muchas veces y ha pasado navidades con las internas, y la pequeña Mia, de seis meses estuvo hace poco en una jornada familiar.

“Las internas me dan todo, mucho más de lo que la fundación ha hecho por ellas. Amo trabajar con ellas, amo estar en una cárcel, amo como me reciben, su gratitud, y cómo aprovechan cada cosa de la vida. Gracias a ellas valoro cosas que antes no. Mi corazón ha crecido con ellas, vivo tranquila, salgo feliz de la cárcel, dicen que allí habita una energía pesada y yo les respondo que la hay en cualquier lugar”.

Cuando fue testigo de esa reconciliación real a través del teatro, Johana entendió que su trabajo debería trascender y nació la fundación, que hoy trabaja en líneas que fueron surgiendo por las necesidades de los internos. Porque todo surge de ellos, dice con énfasis. “La vida es un pájaro con dos alas y hay que balancear el exterior y el interior para poder volar”.

Hoy, Teatro Interno ofrece capacitaciones y talleres en Arte: teatro, música y artes plásticas, para hacer catarsis y exteriorizar emociones. Crecimiento interno: para potenciar el desarrollo personal y espiritual, así como labores en la rehabilitación de adicciones. Y Trabajo interno: para el aprendizaje productivo de un oficio que les sea útil más adelante.

Además de prepararlos en ese oficio, insiste en la necesidad de acompañarlos en su vida después de la cárcel, porque a veces no saben cómo asumir ciertas diligencias, tomar el bus o, simplemente, incorporarse a la vida civil con todos sus detalles, que resultan cotidianos para muchos y que para ellos pueden ser complejos.

“Hasta ahora hemos estado en 23 cárceles y empieza un proyecto de 15 meses con las 137 cárceles del país. Vamos a formar a las personas que estén a seis meses de salir en libertad en educación financiera, creación de empresa y emprendimiento. Ya llevamos seis atendidas y queremos cubrir la totalidad”.

A eso se suma la creación de becas de estudio y una línea de crédito exclusiva para esta población, a través de Bancamía.

Y a un notable trabajo en equipo. Johana reconoce el apoyo de entidades como el Ministerio de Justicia, el Inpec, el Sena, la fundación City, la CAF y Asela.

 

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"Hasta ahora hemos estado en 23 cárceles y empieza un proyecto de 15 meses con las 137 cárceles del país".

 

Presencia y dolor

Acercarse al dolor humano y a sus verdades, toca la fibra de quien lo hace. Son fuertes, sí, pero sensibles a esas historias que les comparten y que, de una u otra forma, empiezan a hacer parte de su vida.

“Hace tres años, un día cualquiera, empecé a sentirme mal, llorando mucho y durmiendo poco”, dice César. Estaba descompensado y el diagnóstico fue estrés pos traumático transitivo. Es decir, él no vivió las historias, pero las acumuló y no hizo una correcta higiene emocional. 

“Incié un tratamiento de reconciliación con esas historias. Me compuse una canción a mí mismo: Caminé. Aprendí a apropiarme correctamente de las historias. Hoy en día escucho y estoy atento, pero no dejo que la narración termine en un punto de dolor, quiero escucharla hasta el momento en que la persona me diga ‘Y salí’, o que juntos busquemos ese momento, como un nudo que se desata”.

Igual le ocurrió a Johana, quien echó mano de su carácter fuerte. “Al principio me dio duro, porque uno quiere resolver todo y no puede. Antes llegaba a casa llorando todos los días. Mi personalidad es fuerte, de pocos lamentos y muchas soluciones. Soy dura y proactiva. Siempre digo, ‘ok, hay un problema, pero ¡hagamos algo!, ¿qué podemos hacer?’.

Con esa fortaleza de su directora, Teatro Interno seguirá volando con sus dos alas, porque el sueño, como ellas, está extendido: “Que el modelo de la fundación se replique en otras ciudades y países. Sí se puede, no es difícil”.

La Paz

Hoy, cuando se habla de la paz desde los terrenos de la realidad. Johana y César tienen sus sentimientos como gente de paz, a flor de piel.

Johana habla desde la fe. “Se necesita una formación integral. La paz no la hacen unos, es tarea de todos los colombianos. Que haya esa conciencia y ese trabajo colectivo de que la paz se construye desde los gestos más mínimos. Yo sí creo. Yo le tengo mucha fe a la paz”.

César lo vive con emoción y escepticismo. “Me acordé de unos muchachos de la cárcel La 40, de Pereira. En 2006 estábamos haciendo un trabajo de desarme y un grupo me dijo que quería crear una fundación  y que ya tenía nombre: Por el derecho a pensar en el pos conflicto. En ese entonces sonaba tan lejano. Hoy solo pienso que ellos, que tenían preso el cuerpo y podían tener tan libre la mente”.

“Yo que tengo un doctorado en concierto vacíos por la paz, que he participado de ejercicios inapropiados, que he sido mi propia prueba y error, tengo una cierta dosis de escepticismo. Pero sé que hoy prefiero visitar colegios y hablar con 15 o 20 pelados a dar un concierto de media hora en la Plaza Bolívar. El efecto de eso es mil veces más poderoso. Parece que ahora todo lo que hacemos y hemos hecho se resignificara. Eso que hemos venido haciendo cambia de color. Pasó algo y ya no puedo parar”. 

La esperanza le gana al escepticismo, en las últimas frases de César, el deconstructor de la paz.

 

Fotos: Juan Arellano