"La revolución nunca muere": Diana Sánchez, directora de la asociación de derechos humanos Minga

A pesar de que se ha mantenido al filo de la muerte, nunca ha pensado en dejar su profesión.

—Perdona la pregunta, ¿por qué me van a entrevistar a mí, si nadie me conoce? 

 

— Por eso.  

 

*** 
El edificio Andes queda en la Calle 19, en el centro de Bogotá. Un bloque enorme de dieciséis pisos, en medio de un restaurante de comidas rápidas y una de las ópticas que enmarcan la calle. En uno de los ascensores va una mujer con un vestido rojo. Negros son su abrigo –que le llega hasta la mitad de las piernas–, su pelo y la línea perfecta de rímel en sus ojos. Oprime el número trece. Sonríe. Nos bajamos. Ella marca una clave en un tablerito verde al lado de la puerta 1302. Me abre y después se escabulle en uno de los pasillos de Minga, la organización que desde hace más de veinte años opera en esos muros, debajo de ese techo.   

 

—Que pase, Diana la está esperando. 

 

No me alcanzo a levantar de la silla cuando la secretaria de un respingo me detiene. 

 

—Que no, que espere, que se acabó de ocupar.  

 

*** 

Diana Sánchez nació en Ibagué en 1956. Hija de conservadores, la menor de doce hermanos y gemela. Estudió en San Simón, un colegio público que le dio lo necesario para volverse una creyente de la revolución. Un colegio del Estado, pero lleno de los libros de Marx y la Revolución Rusa. Un colegio mediocre, pero con profesores salvavidas, como Néstor Vargas, que un día, cuando Diana Sánchez sentía la adolescencia como una espina en la planta del pie, le contó a ella y a todos sus compañeros la historia de la masacre de las bananeras. "El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro", como la describía García Márquez en Cien años de soledad.   Sánchez tenía quince años y ese profesor larguirucho atravesó el salón y no escribió nada en el tablero. Traía la lengua envenenada y los ojos crispados. Y habló de esos muertos, de esa gente exterminada en la Ciénaga, Magdalena, el 5 y el 6 de diciembre de 1928. 

 

—Me quedó doliendo algo, ¿sabes? Como una punzada. Esa historia cambió algo en mí, me volteó la vida. ¿Me entendés? 

 

***

Casi al final del pasillo principal de Minga está la oficina de Sánchez: un rectángulo amplio alumbrado por luz natural. Al frente está el Bacatá, una bestia dormida que no parece tener final en el cielo. Las paredes son gruesas y los vidrios espesos por el blindaje que le pusieron a la oficina a finales de los 80, cuando Carlos Castaño puso una sentencia de muerte a todos los trabajadores de la corporación. 

 

—Esta oficina es linda, pero muy desordenada, como mi personalidad. Me gustan los cerros. ¿Qué querés saber? 

 

***

Yo soñaba con la revolución. Nunca lo dudé. Nunca me imaginé ser médica u odontóloga. Jamás. Yo siempre soñé trabajar con la gente. ¿Qué era la revolución para mí? Poder cambiar las cosas: que los pobres no fueran tan pobres ni los ricos tan ricos. Que no hubiera tanta exclusión. No sé…  Poder hablar sin temor. En medio de mi precariedad intelectual: no tuve acceso a grandes bibliotecas y no había gran material bibliográfico, le dediqué toda mi juventud a la militancia. Nunca me cansaba, dejaba de comer y pasaba semanas enteras trabajando, leyendo, en mítines. Llegué a pesar 39 kilos, pero ese era mi mundo, ¿me entendés? Creía en la revolución. Creo que la revolución nunca muere. A los primeros de mayo a los que fui cuando tenía 15 y 16 años, fui a escondidas de mis papás; me coquetearon las diferentes fuerzas juveniles de la izquierda: el M-19, el Partido Comunista, el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario). Yo era muy chica y no entendía del todo lo que estaba pasando. Sin embargo, a mí me parecía que todo era muy importante. Yo nunca fui una joven ‘aconductada’, pero tampoco fui loca o aventurera. 

 

***

Diana Sánchez comenzó a trabajar en Minga hace catorce años. Hace parte del Comité de Impulso de la Mesa Social para la Paz,  espacio que se construyó para participar en el proceso de paz, especialmente en la Mesa de Conversaciones entre el Gobierno Nacional y el ELN, una mesa que cada vez parece perderse más en la oscuridad. Además, es la coordinadora del Programa Somos Defensores y vocera de la Plataforma de Derechos Humanos, Coordinación Colombia, Europa, Estados Unidos.

 

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“Una vez nos contaron lo que habían dicho los paras: 'si ven a alguien de Minga, lo matan tres veces'. Hay que vivir con eso. Supongo."

 

 

Cuando salió de la universidad y se graduó como comunicadora social, mutó en varios sitios. Comenzó en el periódico Voz Ploretaria, donde le dieron una página diaria dedicada al feminismo: “Pero yo no quería escribir siempre de mujeres”. También quería hablar del comunismo: “Pero yo no quería escribir siempre de comunismo”. La echaron. Hizo parte de la Unión Patriótica y renunció. 

 

Hubo un año, un momento, en el que Diana Sánchez definió su vida: era 1991.

 

— Hice parte de un proyecto que se llamaba Los Círculos Bernardo Jaramillo. Eso fue una disidencia porque las personas más cultas del partido comunista entraron ahí para dejar el partido: unos expulsados y otros porque ya no cabían en ese dogmatismo. La lucha armada estaba muy en cuestión. Comenzó la Constituyente. 

 

El Hotel Tequendama fue la sede de esa revolución: un piso liberal, un piso conservador y el otro para la Alianza Democrática M-19. Eran 24 curules en el Congreso para un partido popular y de pobretones: el momento de Sánchez. 

 

—Entrar al Congreso fue muy chocante, yo venía con una racionalidad de mucha militancia, de mucha ética profesional, de mucho compromiso. En ese momento, ese Congreso era peor que ahora, era horrible. A finales del 91, ese lugar era de mentiras. Esas oficinas del Congreso son tan chiquiticas, porque ahí nadie trabajaba. Sus secretarias se la pasaban vendiendo Yanbal, Avon, tejiendo y pintándose las uñas. ¿Me entendés lo horrible?

 

Sánchez nunca fue una mujer de escritorio y por eso llegó a Minga. “No hay que cuidarse de los malos sino de los que parecen buenos”, decía Élmer Mendoza. Los villanos manifiestos del paramilitarismo están menos preocupados por las noticias que quienes brindan una fachada, aparentemente legal, al crimen organizado. Quienes tienen más que perder con las denuncias son los empresarios, los políticos, los militares cómplices del delito. Y esos eran quienes no dejaban entrar a Sánchez —ni a nadie de Minga— en el Catatumbo y el Putumayo. 

 

—Teníamos que hacernos pasar por monjas o profesoras para poder ir y hacer talleres con la comunidad. Yo sabía los nexos que tenían los paramilitares con el Ejército, era tan obvio. Una vez nos contaron lo que habían dicho los paras: “Si ven a alguien de Minga, lo matan tres veces”. Hay que vivir con eso. Supongo. 

 

Diana Sánchez actuaba con el mismo temple de la gente de los pueblos; sabía que la mejor forma de superar a los adversarios consiste en no ser como ellos. En medio de la tormenta, preservaba el sentido del humor, el afecto, la empatía por los demás. Su conciencia crítica no estaba animada por el odio, sino por ayudar a los otros. 

 

—¿Alguna vez sintió miedo?

 

—Me daba pánico en los momentos específicos, una vez me imaginé escondiéndome en una alberca vacía —se queda callada y comienza a reírse, una risa que parece el presagio del llanto—. No, no he sentido miedo. No tanto. Por eso hago lo que hago. 

 

Fotos: Daniel Álvarez.

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Camila Builes - @CamilaLaBuiles

Vida Social

"La revolución nunca muere": Diana Sánchez, directora de la asociación de derechos humanos Minga

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