Las heridas con letras cierran

Las novelas de Fennys Tovar son una reflexión sanadora sobre el conflicto, que arrasa con la vida, sobre todo la de las mujeres.

Por: Carlos Torres Tangarife.

 

Hay episodios de violencia que a fuerza de repetirse se van borrando de la memoria. Pero los que se sufren en la niñez tienen un efecto que puede durar décadas. La escritora Fennys Tovar enfrentó uno tras otro, sin poder decir cuál fue más doloroso. Algo en común tenían todos: los sufrió por el hecho de ser mujer. A ella le tomó tiempo darse cuenta de ello, reducía su desgracia familiar a la mala suerte. Otro de los efectos del maltrato es la incapacidad de reconocer la realidad. “Desde niña viví con miedo, vi cómo maltrataban a mi mamá. Mi padrastro era un abusador de tiempo completo, era el verdugo de cuatro mujeres en una habitación. Una de esas mujeres era yo; las otras eran mi mamá y mis dos hermanas”, recuerda la autora de Las tres orillas y Su majestad el miedo.

 

Del grupo de niños en el barrio San Isidro, en Villavicencio, ella era la única que no iba a la escuela. Su abuelo no la matriculó hasta que una vecina, llamada Noelia, lo convenció de la importancia de aprender a leer y a escribir. Después de mucho insistir, él cedió y a los 9 años la matricularon. Sin embargo, el gesto no fue entero: la niña iba a clase sin tener con qué comer. La vecina Noelia volvió a salir al rescate: a escondidas le daba monedas para que pudiera comer en el transcurso del día. A sus ojos, Fennys tenía el mismo derecho que sus amigos de adquirir conocimientos; a los ojos de su abuelo, su nieta se debía dedicar a cocinar, planchar y limpiar la casa. Al fin y al cabo, saber leer no la iba salvar de ese destino.  

 

Fennys Tovar

 

La discriminación es una de las tantas formas de la violencia. Hay otras igual de implacables, como la violencia física. Fennys creció corregida a los golpes, de ahí que naturalizara la agresión a la que la sometió un novio. “Crecí con la idea de que si mi marido me pega es porque me lo merezco. Crecí con la idea de que me tocaba pasar por todo este sufrimiento. Toqué fondo, un día le dije ‘Perdóneme que por culpa mía usted me pegó’”.  Un día no aguantó más, en su cabeza el razonamiento machista dejó de funcionar. Su mente reaccionó tras ser lanzada contra un espejo, luego de que él, su novio, en otro de sus actos brutales, la agarrara del pelo. 

 

Fennys Tovar se separó, sin sospechar que de un conflicto iba a caer en otro. 

 

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“Un año después de que tumbaran las torres gemelas, me salió la oportunidad de irme como cocinera interna en una finca ubicada a dos horas de Puerto López. Dejé a mis hijas con una prima. Me fue bien las dos primeras semanas, al regreso los sábados nos dejaban al frente del terminal, en un bar que ya no existe, cada que paso me acuerdo, porque ahí nos pagaban. 

 

En la finca había dos talleres, uno para mecánicos y otro de latonería. Un día me subí a una Toyota Prado, color azul cielo, revisé unos papeles que eran de una señora de Bogotá, les pregunté si me enseñaban a lijar los carros para que me pagaran un poco más. Aprendí, incluso me enseñaron los números de las lijas. Recuerdo que ese Toyota me causaba una extraña curiosidad, adentro tenía la tarjeta de propiedad y la cédula de la dueña. Preciso cuando yo quise trabajar en los talleres, me pusieron a lijar ese carro, para cambiarlo de color. 

 

En una ocasión llegaron unos camiones con gente vestida de camuflado. No había visto nada sospechoso, asumí que era el Ejército, pero tenían brazaletes de las AUC. A mitad de semana uno de los uniformados me preguntó ¿quiere unirse a la causa? Ahí arrancó mi segunda pesadilla. Quise huir, siempre le tuve miedo a los paramilitares. El sábado les dije gracias, me despedí. El señor en el carro que nos iba a devolver para Villavicencio nos advirtió que ya sabíamos en dónde estaban, que esperaban de nosotros otra reacción. Yo digo que nos dejaron allá más o menos seis meses, porque en esa finca perdí la noción del tiempo. 

 

Me levantaba a cocinar, a la hora que ellos dijeran, me llevaban a otras partes a hacerlo, me ponían a pelar bultos de papa, de yuca, terminaba con las manos hinchadas. Confieso que nunca me golpearon, pero me insultaban, ‘Esta perra hijueputa gonorrea’, me humillaban porque no la iba con un comandante, entré en la etapa de quererme morir. Hice cosas para enfurecerlo, extrañaba a mis hijas, adrede, yo no tenía los almuerzos a las horas que me decían, quería que la muerte me llegara”.

 

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Un día Fennys huyó de la finca. Otra vez decidió protagonizar de otra manera la historia que otros estaban escribiendo. Primero enfrentó el resentimiento. Habiendo sobrevivido a dos violencias, hoy su tarea es domesticar el dolor. Entenderlo, lidiar con él, atacarlo, aprender a interpretarlo. Reconoce que sufrió 15 años de resentimiento, buscó respuestas y soluciones en los demás.  “Las personas que logran escapar viven con delirio de persecución. Uno se la pasa pensando ‘Este tiene cara de paramilitar o cara de guerrillero. Mejor no le hablo’”, sostiene. 

 

Aquí vuelve y aparece un espejo, que podría ser el mismo con el que su expareja la golpeó. Fennys se para al frente, se mira profundo, le habla al reflejo. Ahí se asoma su amargura. La de su casa materna, la de su expareja, la del campamento paramilitar. “Hago el ejercicio de desechar. Le hablo a la persona que está al otro lado, le digo que se vaya, que me deje en paz, no quiero sentir más miedo. Hoy sonrío, porque me nace, antes tenía cara de sufrimiento”, dice. El espejo le sirvió para desintoxicarse. La sensación de sanar se parece a la lectura de una hoja en blanco. Un viejo deseo afloró cuando supo convivir con su doloroso pasado. Sin muchas expectativas, plasmó en la novela Las tres orillas  su experiencia en la guerra, que finalmente se hizo libro. 

 

Su comienzo en las letras es la revelación de una voz que amenazó con apagarse. Su propia vida evidencia la capacidad de las mujeres para reinventarse. “Las tres orillas se lo regalé a un periodista en Tauramena (Casanare).  Al recibirlo se quedó mirándome, sin creer que yo, que me la rebusqué siendo vendedora ambulante, ahora fuera escritora. Me contactó con la Unidad de Víctimas, en donde conocí a una persona maravillosa que me preguntó ‘¿Qué puedo hacer por usted?’. Le dije: ‘Quiero ser visible, que Colombia sepa que nosotros somos los encargados de cambiar la mentalidad de quienes se niegan a un país mejor. Si los que sufrimos no somos capaces de cambiar, ¿quién lo va a hacer?’”. 

 

Foto: David Schwarz.