Lina Caro, la montemariana que le ha entregado su vida a perdonar a quienes le hicieron daño

Ha pagado el precio de ser una mujer pobre en una zona de conflicto. El machismo y la guerra le dejaron heridas que intenta sanar.

Por: Erick González G.

 

Empapada en un Transmilenio, a sus 49 años, cargados de indecibles dolores, Lina Caro tuvo una revelación. Un extraño encuentro que la devolvió a sus primeros meses de vida y le narró un episodio que ni ella conocía de su infancia. Y desde ese momento, repasó cada sufrimiento, cada lágrima derramada por cuenta de la violencia de los hombres. 

 

Tras un día de duro trabajo, Lina va para su casa, en el sur de Bogotá. Enfrascada en sus pensamientos, no repara en que una mujer de 60 a 65 años, con falda larga, blusa roja y chal azul se sienta a su lado. Ella solo piensa en cómo capotear la pobreza, la que esta vez le ha impedido acudir a su cita con la vida. Una cita que cumple desde febrero, cuando los médicos le informaron que tenía 13 tumores malignos esparcidos por la garganta, los pulmones, los senos y el cerebro. Ese día la sentenciaron a ocho meses de vida o, si tenía fortuna, una cirugía que la dejaría sin habla de por vida.

 

De repente, la señora del bus tomó su mano, la miró fijamente a los ojos y le dijo: “No me vas a creer, porque no creo que te lo hayan contado, pero una noche, cuando tú tenías nueve meses de vida, unas mujeres entraron a tu casa, aprovechando la profundidad del sueño, te sacaron de la cama y te dejaron en la orilla de un arroyo. Tu familia se despertó al ratico y te buscó, hasta hallarte guiada por tu llanto; si no sabes eso, pregúntale a un familiar tuyo que confirme lo que te digo”. “No sé nada de eso”, atinó a decir, pero la señora continuó narrando otros episodios de su vida.

 

 

Lina Caro va a cumplir 50 años. Medio siglo de sufrimientos por cuenta de la violencia sexual, el conflicto armado y ahora el cáncer.

 

 

Con la lucidez propia de los que están agonizando, esas palabras hicieron que Lina rememorara, cuando a sus nueve años, en María la Baja (Bolívar), su hermanastro de 24 años, la violó e inauguró así el largo rosario de padecimientos en su vida. “A mi hermanastro lo echaron de la casa. De su accionar solo supieron mi mamá y mi padrastro, a quien quería como si fuera mi verdadero padre”.  

 

En 1999, cuando tenía 31 años, los paramilitares se esparcieron por María la Baja, munición de los Montes de María. “Un 29 de septiembre me llevaron a una finca dizque a vender unos chances, pero cuando llegamos me dijeron que esa no era la verdad. De repente aparecieron varios hombres armados, comandados por alias ‘El Juancho’. En una bolsa metieron muchos papeles, que uno a uno fueron sacando para fijar turnos. Esa tarde, de 2:00 p.m. a 7:00 p.m. me violaron 30 hombres. Me regresaron en la camioneta. Me dijeron que este sería el aporte a su causa y que no podía decirle nada a nadie, o mis tres hijos lo pagarían”. 

 

Los abusos sexuales se repitieron cada ocho días, generalmente cometidos por un número similar de hombres. Con el paso de las semanas ya no era la única. “Eso duró seis meses, hasta que un fin de semana, en Libertad (Sucre), fue la última vez que fui violada, de la forma más inhumana”. Fue tal la crueldad de esa última violación que perdió la matriz. El único alivio fue saber que no tenía VIH. Los médicos, al ver ese maltrato y el silencio que ella guardaba, creyeron que había intentado hacerse un aborto. “Yo no decía nada por temor a que avisaran a la Policía, porque yo sabía que ellos conocían a la gente de mi pueblo y que estaban enterados de todo lo que allí pasaba”.

 

Un hermanastro la violó cuando tenía 9 años, luego lo hicieron también los paramilitares en grupos de 30 hombres, pero aún así cree en el perdón como remedio para el dolor.

 

Si los fines de semana eran dominados por la angustia, los otros días eran dedicados al amor fraternal: Lina exorcizaba ese ultraje haciendo una labor social con un grupo de viejitos, a los que ayudaba en el corregimiento de Matuya.  Su temple le ha permitido enfrentar otras tragedias: el reclutamiento de su hijo mayor por la guerrilla, al que tuvo que ir a buscar a San José del Playón, donde le pidió  al  ‘Negro Antonio’ que se lo devolviera; dos desplazamientos por amenazas, y una denuncia contra un grupo armado ilegal que intentaba reclutarla para microtraficar. 

 

Hace dos años ingresó a una fundación que tiene un programa para visitar cárceles con el objetivo de que víctimas y victimarios se encuentren frente a frente para conjurar resentimientos. En su segunda visita a la prisión de El Espinal (Tolima), Lina vio al último hombre que la violentó. Luego de recordarle lo que le hizo, este, incrédulo, la reconoció; acto seguido lo abrazó y le dijo al oído: “Te perdono”, palabras que hicieron desplomarse en lágrimas a su verdugo.    

 

“Los victimarios están peor que las víctimas, en la cárcel, repudiados y sin ayudas; y el perdón es un acto de liberación de doble vía, para la víctima y para el victimario”, afirmó Lina.  Desde hace un año, junto a otras siete mujeres víctimas del conflicto, crearon un grupo de confeccionistas que sueña con hacer empresa. Se hacen llamar las G-8 porque cuando comenzaron a trabajar vestían, en honor a su condición, una prenda de la Unidad para las Víctimas, que reflexionaba sobre ocho millones de sobrevivientes del conflicto armado.  

 

 
Pero a esta mujer la vida no le da tregua: ahora le diagnosticaron una arritmia cardíaca y un aneurisma cerebral que volvieron a poner a prueba su monumental valor. “Al principio me deprimí, pero ahora ofrezco disculpas al Padre Celestial por esa debilidad, porque yo sé que del fortalecimiento de mis emociones depende mi sanación”, agrega.

 

En el 2008 conoció a Álvaro, su actual esposo, el hombre con el que pudo disfrutar plenamente la sexualidad. Él fue la primera persona a la que le contó sobre su violación, y él, resuelto en llanto, le pidió perdón en nombre de todos los hombres, del machismo y su violencia.   

 

“En el programa psicosocial de recuperación emocional de la Unidad para las Víctimas no fui capaz de contar lo que me sucedió, no estaba lista; sin embargo, fue de mucha ayuda para ir adquiriendo más fortaleza. Ese programa no solo para mí, sino para muchas víctimas, tiene más valor que la indemnización monetaria”. 

 

“Lina, tranquila que no la van a operar. Hay Lina para rato. Después de tanto sufrimiento le van a comenzar a llegar las bendiciones, y nos volveremos a ver”, aseguró la señora desconocida al bajar del TransMilenio. Sorprendida porque supiera su nombre, llamó de inmediato a su tía para comprobar la historia de su breve desaparición cuando era bebé. “Es cierto”, le confirmó.  

 

Desde hace unos 20 días, Lina y el G-8 viven una especie de boom laboral. No dan a basto con el trabajo que les ha salido.  También busca a su hermanastro, el que le causó el daño originario, cuando era apenas una niña. Lo quiere perdonar. De nuevo se encontró, casualmente, con la señora desconocida. Los milagros tienen una deuda con Lina, quien está tan feliz que ahora dice que todo lo que ha sufrido ha valido la pena.  

 

Fotos: Óscar Pérez.

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