Lo que aprendimos de Mocoa (y lo que no)

El saldo lamentable de la tragedia fueron 323 muertos, 103 desaparecidos y 5.883 familias damnificadas.

Avalancha Mocoa

Hace un mes, la historia reciente de Mocoa se partió en dos. En un par de horas, entre la noche del 31 de marzo y la madrugada del primero de abril, sobre esa ciudad llovió lo equivalente a las precipitaciones de unos 30 días. Los ríos que bañan la capital del departamento de Putumayo, al sur del país, se desbordaron y descargaron toda su fuerza sobre 17 barrios, que quedaron triturados por piedras y lodo. 

 


El saldo lamentable fueron 323 muertos, por lo menos 103 desaparecidos y 5.883 familias que perdieron a sus seres queridos, amigos, vecinos y el fruto de años de trabajo. Pero, en medio de la desolación, también quedaron manifestaciones de solidaridad, casi 2.000 toneladas en ayudas humanitarias y un ambicioso plan de reconstrucción.

 


A los pocos días, otra tragedia ocurrió en Manizales, capital de Caldas. Hubo 17 muertos y más de 400 familias damnificadas por los deslizamientos que dejaron las lluvias. Ambos sucesos recordaron, una vez más, la fragilidad de las personas frente a las reacciones de la naturaleza y las falencias de las autoridades locales, que aún no se ponen al día con la planeación y la prevención. Así mismo se vio la capacidad de los seres humanos de ser reactivos, resilientes y solidarios.

 

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Existen organismos fundamentales

 


Cuatro años después de la avalancha que arrasó con Armero en 1985 –desastre que dejó más de 20.000 muertos–, el Gobierno organizó el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres. Luego, a raíz de las repercusiones del fenómeno de La Niña hace siete años, que afectó a cerca de cuatro millones de personas, Colombia buscó fortalecerse para reducir el riesgo y manejar los desastres. 

 


En 2011, nació la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo (UNGRD) y, un año después, el sistema nacional que coordina todas esas acciones. “Existe un sistema articulado entre los organismos de socorro, las Fuerzas Militares, la Policía y las entidades técnicas”, dice Carlos Iván Márquez, director de la UNGRD. 

 

 

Hay protocolos 

 


César Urueña, director de Socorro Nacional de la Cruz Roja, reconoce el avance del país incluso en aspectos tecnológicos, que permiten reaccionar ante una situación como la de Mocoa sin tener que pedir  la ayuda de equipos de otros países. “El primer proceso es salvar vidas. A las 4:00 de la mañana se acordó enviar grupos de búsqueda y rescate de varias seccionales del país”, cuenta. 

 


Lo segundo, dice Urueña, es rescatar a los heridos, estabilizarlos y trasladarlos en las mejores condiciones posibles. “En Mocoa hubo que acudir a todos los medios”. Más de 80 heridos fueron trasladados a Popayán, Neiva y Cali. Igualmente importante fue atender a quienes sobrevivieron, que perdieron todo en un abrir y cerrar de ojos. Además de solucionar el alojamiento, la alimentación o el vestuario, es clave el apoyo psicosocial. 

 


Escuchar es clave

 


Óscar Güesguán, periodista de la unidad de video de El Espectador, quien viajó a hacer el cubrimiento periodístico – junto con los periodistas Pilar Cuartas y Cristian Muñoz, y el fotógrafo Gustavo Torrijos–, afirma: “Las personas necesitan ser escuchadas. Están en medio del shock de una experiencia que nunca se les va a olvidar. Hice un trabajo en Armero, casi 20 años después de lo ocurrido, pero la gente todavía lloraba. Se necesitan las ayudas, lo material es importante, pero la gente necesita ser escuchada”. 

 


En el equipo de reporteros que viajó había algo en común: “Queríamos hacer el registro de la tragedia desde la gente, lo que menos nos ocupaba era lo oficial”. También mostraron la capacidad de las personas de la comunidad para organizarse. Su pericia, según Güesguán, muchas veces es subestimada por las autoridades. “Con leña, los damnificados han cocinado por una semana, y desde las 4:00 de la mañana hasta pasadas las 10:00 de la noche están preparando alimentos”, contó Pilar Cuartas, días después de la avalancha.
  

 

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Existen maneras de ayudar y prevenir

 


Los primeros días después del desastre, hubo personas de todas partes del país, incluso fuera de Colombia, con ganas de ayudar, pero no sabían a dónde acudir o por qué no recibían sus donaciones en especie. “Si las buenas intenciones no se coordinan bien, puede hacer más daño”, dice Urueña. El organismo de socorro prevé, incluso, que las personas que acuden a ayudar tengan una autonomía mínima de ocho días, es decir, que durante una semana no necesiten usar los recursos de la zona afectada.

 


Se debe tener en cuenta la capacidad de una ciudad destruida para recibir personas, camiones, aviones y toneladas y toneladas de ayudas, con precarias condiciones para la organización y el almacenamiento. “No se abre una colecta si la situación no lo amerita”, como en el caso de Manizales, de acuerdo con el director de Socorro de la Cruz Roja.

 


Si algo quedó claro es que aún no hemos aprendido a prevenir y en eso coinciden los organismos de socorro y gestión del riesgo. De acuerdo con el Departamento Nacional de Planeación, 81% de los municipios del país tienen los planes de ordenamiento territorial desactualizados. “El país ha sido construido en zonas de amenaza y hay asentamientos sujetos a la posibilidad de crecientes súbitas o inundaciones”, explica Márquez. Según él, se han retirado 7,5 millones de habitantes de zonas en riesgo, pero el llamado sigue siendo a las autoridades locales para mejorar la planificación.

 

 

Fotos: Gustavo Torrijos.

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María Alejandra Medina

Vida Social

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