Martín de Francisco y Santiago Moure cumplen 25 años de irreverencia

En 1993 lanzaron La Tele, un programa que durante una década les enseñó a los colombianos a burlarse de sí mismos. Tras una larga pausa, desde el año pasado volvieron a juntarse para hacer lo mismo en un país que continúa idéntico, aunque con una salvedad: ellos están más viejos, más burleteros y menos temerosos para criticar a los famosos de turno, sobre todo si son políticos.

Martín de Francisco y Santiago Moure en el set de la Tele LetalFoto: David Schwarz

Se conocieron por Carlos Vives. En la casa donde hoy funciona Gaira, el cantante convocó a un puñado de jóvenes para hacer un programa de televisión. Era diciembre de 1992 y Martín había oído a Carlos hablar de Santiago, mientras que Santiago tenía una idea muy vaga de Martín. Los tres llevaban el pelo largo, la piel sin arrugas y una energía capaz de mover un tren cargado de bultos. Ninguno superaba los veinticinco años.

Carlos estuvo casado con Margarita Rosa, la hermana de Martín. El día en que la actriz lo presentó en familia, durmió con su futuro cuñado. Esa noche fue el punto de partida de una amistad que trascen­dería. Al samario le sorprendió la memoria enciclopédica del caleño cuando hablaba de fútbol. Justamente, esa afición y elocuencia quiso explotarla en el progra­ma de televisión que quería crear.

En cambio, Santiago y Carlos iban al mismo colegio en Bogotá. Aunque Carlos estaba en quinto de bachillera­to y Santiago en segundo, empezaron a forjar una amistad que los fines de semana se consolidaba en el parque de la 87, hoy llamado Parque El Virrey.

 

_DMS4606

“Adoro a martín, nos conocemos mucho, es muy difícil mantener una farsa delante de él. Respetamos lo que es el otro y, sobre todo, tenemos respeto por lo que no es”: Santiago Moure.

Por todo lo anterior, coincidieron los imberbes y desgarbados Martín y Santiago. Con Carlos Vives y el di­rector Rafael Noguera nació La Tele, el programa que salió al aire en 1993. Su emisión se sintió como una bofe­tada, era un quiebre para un público acostumbrado a las telenovelas que rendían culto al amor, los concursos de Pacheco y los noticieros que docu­mentaban la violencia y la inseguridad nacional. Para muchos fue extraño ver a dos veinteañeros expresándose con espontaneidad, repitiendo una y otra vez las palabras “cochino”, “medio­cre”, “puerco”, “chichamenta”, “po­breza”, “mal gusto” en sus informes, a una hora en la que los niños ya estaban durmiendo.

Sus pintas deschabetadas y sus manotazos se convir­tieron en sello. Santiago representaba el pesimismo po­lémico, y Martín la burla permanente. Su irreverencia y su aire rockero era desafiante. “La Tele chocaba con lo que había en los medios, al principio la gente nos critica­ba, recuerdo que alcanzamos a decirle a Carlos que cam­biáramos, porque los contenidos no estaban llegando al público y él siempre decía que esperáramos, que mantu­viéramos la calma, que debíamos seguir siendo nosotros”, dice Santiago.

Entonces, tras su participación en producciones inol­vidables, como Gallito Ramírez y Escalona, entre otras, Carlos Vives era uno de los actores más queridos del país. Y justo en ese 1993 lanzó Clásicos de la provincia, el álbum que popularizó el vallenato con temas como La gota fría, Alicia dorada y Matilde Lina. “El programa no estaba te­niendo buenos resultados, pero como teníamos el apoyo de Carlos, pudimos sostenerlo, con él estábamos protegidos, pudimos apostar por lo que queríamos, teníamos licencia para decir lo que se nos estuviera ocurriendo, por más que no tuviéramos rating”, recuerda Martín.

_DMS4693

La Tele logró sostenerse tres años. Lue­go se mudó a la frecuencia modulada con La Tele radioactiva y, posteriormente, antes del 2000, volvió a la pantalla chi­ca en una versión animada, llamada El siguiente programa. Durante los noven­ta, los espectadores se acostumbraron a ver y a escuchar al dueto conformado por Santiago y Martín. Mientras Colombia estuvo envuelta en sí misma, su esencia contestataria perduró en la parrilla. Es decir, ahí donde hubo contienda entre los líderes de turno (el liberal Ernesto Sam­per y el conservador Andrés Pastrana), el narcotráfico, el Mundial de Francia 98 y el conflicto armado, ellos estaban metiendo mano. En resumen, todas las versiones de La Tele eran una forma de reírse del agobio. Justo antes de que Álvaro Uribe llegara al poder para pensar en una versión extendi­da del programa, la pareja de amigos sintió que era prudente detenerse. Finalmente dejaron las cámaras sin dejar rastros de un posible regreso. El ciclo se había acabado.

Retroceder nunca rendirse jamás

Una tercera versión de La Tele hubiera podido salir muy mal, hecha 17 años des­pués. Uno de los protagonistas está cano­so, el otro perdió el pelo, la televisión es otra y hay una generación que creció sin acompañarlos. Lo que hoy se mantiene intacto, como si continuaran detenidos en el lejano 1993, son los males del país. En ese terreno fértil para los problemas, ambos vieron la oportunidad de regresar al sillón, que tantas ocasiones calentaron, para hacer lo que mejor les sale: criticar, burlarse, criticar y burlarse.

La cita para hablar del pasado y del presente es en la casa de Martín de Fran­cisco. En una sala grande, de paredes blancas, esperan los viejos amigos. Es fácil notar que algo en ellos ha cambiado. Sin embargo, su voz resiste al pasado, es un rasgo sonoro que perdura. Para los que crecimos con La Tele, escucharlos es via­jar a los noventa.

A estas alturas, si quedan dudas de que este retorno iba a salir mal, basta con fijarse en el último capítulo del programa. En año y medio de trabajo, al cierre de esta edición van por el número cincuenta. Se puede ver a cualquier hora en Youtube o todos los lunes un estreno a las 9:00 p.m. en el canal Red+ de Claro.

S: Si todo funcionara bien en Colombia ¿qué haríamos noso­tros dos? De alguna manera vi­vimos de eso. Si todo funciona­ra, quizás usted no nos estaría haciendo esta entrevista. Es una fortuna tener la posibili­dad de tener ese nicho y de­cir lo que uno quiera, es una posición privilegiada, y debe ser agradecida por parte de nosotros.

M: La idea de hacer La Tele Letal fue de Gabriel de las Ca­sas. En el 2016 nos escribió para hacer un programa de­portivo. Yo le tenía miedo a esta especie de tercera parte, de pronto era mejor dejar eso allá, olvidarse. Empezamos a trabajar en el 2017 y en el trayecto surgieron otras co­sas. Nunca hubo una hoja de ruta, nos dejaron ir por la senda de lo que nos divierte.

S: Nos dieron libertad, no hubo imposiciones, simple­mente Gabriel y Red+ de Claro respetaron el rumbo que escogimos.

De los que estuvieron en esa primera reunión en la casa de Carlos Vives, ¿quiénes si­guen en el equipo?

S: Rafael Noguera, que ha sido una suerte de quinto Beatle, el tercer Garzón y Collazos, el se­gundo Elvis…

M: El séptimo Camilo Sexto, el segundo Rafael.

S: Rafael es un gran amigo, un trípode de esta sociedad creativa, es una persona que nos centra. Nosotros le debemos mucho porque es nuestro socio en la sombra. Cuando se acabó El siguien­te programa, cada uno agarró su camino y ahora con La Tele Letal nos volvimos a encontrar. La cosa funcionó, fue como si no hu­biera pasado el tiempo.

M: Solo que ahora estamos cansa­dos, casi no salimos, la rumba se acabó y lo único que queda es traba­jar, dormir...

S: Y morir.

M: Esperar a que llegue el día.

S: Hablando de muerte, cuando empezamos La Tele Letal nos pre­guntamos si a la gente joven le iba a llegar el mensaje, pero curiosa­mente el abanico es amplio, nos ve la gente que era adolescente cuan­do arrancamos y hoy son adultos, y los que apenas nacían y ahora son jóvenes. Realmente, a noso­tros nos ve gente enferma, reflejo de esta sociedad. Es gente que se merece lo que estamos haciendo, se los damos con gusto.

M: En nosotros es clave lo que su­cede en el momento, cuando na­cen cosas espontáneas es bueno para el programa, de este modo hemos funcionado siempre, por supuesto que debajo hay un es­quema, no podemos estar a mer­ced de las ocurrencias. Si tenemos una base para trabajar, es más fá­cil improvisar algo.

_DMS4729

Ustedes son unos privilegiados porque han podido hacer de su amistad un trabajo.

S: En los noventa fueron ocho o nueve años en donde mezclábamos La Tele y salíamos a beber. Teníamos un rumbo pesado.

Además de la fiesta y el estudio de televisión, ¿compartían otros espa­cios? ¿Veían fútbol o todo era tra­bajo y juerga?

S: Me gustaba el Mundial, para mí era una Navidad que ocurría cada cuatro años. Lentamente ese gusto se fue disi­pando, hoy me aburre profundamente. Una vez en Francia 98, Martín, desde que se supo que Colombia iba a jugar contra Inglaterra en fase de grupos, puso una marca grande en el calenda­rio, se preparó. Dos días antes del en­cuentro, nos enrumbamos y, cuando llegó la hora, él estaba dormido. Todavía le duele recordarlo

M: Yo no me puedo perder un par­tido, el que sea, y preciso esa vez me perdí Colombia vs. Inglaterra. El partido era un sueño para mí. Lo que pasa es que ahora lo dan todo, a la gente que le gusta el fút­bol de pronto dirá “ya no es espe­cial porque todo lo dan”. Hace veinte años ver un Mundial era el doble de especial.

S: Hacer plan de fútbol con Martín es hartísimo, porque a él le gusta verlo a dos metros del televisor, en­simismado, no voltea a ver a nadie.

M: Normalmente sigo partidos de la liga inglesa, liga española, la co­lombiana.

S: ¿Boliviana no hay? ¿Ves la liga boliviana?

M: Todavía no la dan aquí en Co­lombia.

S: Él puede ver de principio a fin Itagüí contra Pereira, Tuluá vs. Palmira.

M: Mi gusto por el fútbol es una adicción, me incomunica, me aísla.

S: Ver un partido es una pausa de 90 minutos de este naufragio que es la vida.

¿Cuáles son sus adicciones?

S: La mayoría son inconfesables. Una adicción es ver a la gente y sentir piedad, puede sonar sober­bio esto, pero tengo la costumbre de ir a un café a ver gente. Otra adicción es montar en bicicleta, soy de parque, de ocio, de conec­tarme con la música y de pedalear.

M: ¿Hoy andás en bicicleta, San­tiago?

S: No, porque tengo un día terri­ble. Hay un reemplazo en la obra de teatro que estoy haciendo y ese cambio me afecta. Me toca ensayo y función en la noche.

Para que Martín saque a relucir sus dotes de numerólogo, tan fre­cuentes en el programa, les pre­gunto por la edad.

M: El 22 de septiembre cumplo 52.

S: Yo tengo 54 años: 5+4=9. ¿Eso qué es, Martín?

M: Vos estás en un buen año. ¿Cum­plís 55 años en noviembre?

S: 5+5=10. 1+0 es igual a 1. ¡Ya es­toy aprendiendo numerología con Martín!

M: Estás en el año del conejo, el de la liebre, el saltinbanqui, el de la gracia y la burla.

S: Ayer tuve un sueño terrible, con un lobo que me tenía cogido de las extremidades, no me destrozaba, era imposible moverme. Yo me za­faba del lobo y él se metía por unas paredes y tal, por las ventanas, fue un sueño espantoso. ¡Cómo será que me desperté en medio del sueño a buscar qué significa un lobo!

M: ¿Qué encontraste?

S: No sé por qué acabo de acordar­me.

M: Anoche soñé que se me aflojaban los dientes incisivos, eso tiene que ver con que tengo una muela floja y me la paso pensando en eso. Lo tuyo, en cambio, tiene que ver con el agobio en la obra de teatro que estás haciendo. Cuando uno está arrancando, eso es una presión muy hijueputa.

¿Tienen enemigos? En La Tele Letal se burlan del in­nombrable (así llaman a Álvaro Uribe), de Iván Duque, María Fernanda Cabal, Paloma Valencia, Enrique Peñalosa, el pe­luquero Norberto, Carlos Antonio Vélez...

S: Nuestros enemigos no se han manifestado. Yo, por lo menos, nunca he teni­do un rifirrafe con alguien, al contrario, hay cierta empatía con lo que hacemos.

_DMS4677

M: Uno toma partido a partir del periodismo de investiga­ción, lo de nosotros es pura joda. El público no nos toma en serio, toman en serio a un periodista berraco, con prue­bas, que denuncia a un pode­roso. Ese man o esa mujer sí es un enemigo de verdad para la clase dirigente, es valiente. La Tele Letal es burla, joda, un es­pacio pequeño para reírse de la realidad.

Difícil preguntar lo si­guiente cuando las cosas están yendo bien. ¿Han pensado en parar?

S: Lo que yo valoro descansar no tiene nombre… pero no tengo tiempo de ha­cerlo. El verdadero descanso es ser dueño de mi tiempo. To­dos los días pienso en parar, pienso retirarme pronto, qué pena que te enteres, Martín. Será en unos años porque qué sentido tiene no tener tiempo para uno. La época de pensionarse es necesaria, hay que dar­le duro a estos años para lograr una pensión me­dianamente decente.

M: Quisiera tener unos meses sabáticos para arreglarme los dientes, últimamente me agobia tener un diente flojo y me da miedo que los otros también se aflojen. Me toca hacerme un arre­glo, queda uno adolorido, quiero llegar un día con la sorpresa de tener la piano­la bien hecha.

¿Santiago es pesimista por fuera de la cámara o su inconformismo lo reserva para La Tele Letal?

S: Lo que sale en el pro­grama es un reflejo de mi personalidad, yo soy pe­simista, negativo, es mi manera de devolverle la bofetada a la existencia. Mi malestar es heredado, mi papá buscaba el lado flaco de las cosas, era un tipo muy irónico.

Martín es burletero, por naturaleza.

M: Toda la vida me la he pasado preguntando por qué he sido como soy, me produce angustia la respuesta. La verdad, yo hago de mí mismo. Si lo veo así, el mérito no es mucho; a mí, a veces, me preguntan “¿Qué le ponemos en el crédito? ¿periodista? ¿payaso? ¿hazmerreír?”. No sé qué responder. Podría decir “Martín de Fran­cisco hace de él mismo", porque quizás ese es mi mérito.

S: La pregunta lógica es ¿haces bien de ti mismo, Martín?

M: No, pero es lo que hago y soy el único que lo pue­de hacer. Hago de mí mis­mo y mal. ¿Vos haces bien de vos mismo, Santiago?

S: Me sale perfecto, e s lo único que no sé hacer, pero me sale perfecto.