“Prefiero ver a ‘El paisa’ echando discursos y no bala”, Jaime Lozada Polanco

Las Farc no solo son culpables de su secuestro a los 17 años, el de su mamá y el de su hermano, sino también del asesinato de su padre.

El taxi desemboca en la avenida La toma, justo en el corazón de Neiva, qué ironía que así se llame la quebrada que pasa muy cerca del edificio Torres de Miraflores, epicentro del secuestro de 15 personas realizado por 40 guerrilleros de las Farc, hace ya quince años. 

 

Basta ver su fachada imponente de once pisos con grandes balcones, en plena capital del Huila, para entender lo impactante y temerario de la toma urbana de la guerrilla, ejecutada el 26 de julio de 2001. 

 

Subo al octavo piso y cruzo por la puerta maciza del apartamento  801, la misma que volara ‘El paisa’, para romper el sosiego de la familia Lozada Polanco. Me recibe la ex congresista Gloria Polanco. Quince años atrás ella estaría en el mismo lugar en condiciones de confusion y caos, tratando de defender a su familia frente al comandante de la columna móvil Teofilo Forero de las Farc quien, con gritos y patadas, preguntaba por el paradero de su marido, el senador Jaime Lozada. 

 

Su hijo mayor, Jaime, hoy representante a la Cámara, vio cómo ‘El Paisa’ golpeaba a su mamá durante el asalto, antes de ser arrancados a la fuerza, junto con su hermano Juan Sebastián, de la paz de su hogar. Era el inicio de una pesadilla que terminó con la pérdida de su libertad y el posterior asesinato de su papá.

 

Pese a todo, él le dice sí a la paz con la misma vehemencia que les dice a las Farc, que siempre va a estar recordándoles, hasta el día que se muera, qué fue lo que le hicieron a su departamento, a su ciudad y a su familia. De vuelta en el mismo lugar donde su vida cambió.

 

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“No puede ser que ahora las Farc no paguen un día de cárcel y pasen directamente de La Habana, a curules gratis al Congreso. Si son el ejército del pueblo, como se hacen llamar, por qué le tienen miedo a que el pueblo los elija”.

 

 

Olvidar, Imposible

 

¿Tiene alguna oración en especial?

Un dicho que en el secuestro lo decía todos los días: “persistir, resistir y nunca desistir”, para poder continuar con nuestro camino. Lo leí en el libro de oraciones que siempre cargaba en la selva. 

 

¿En sus sueños vuelven escenas de su secuestro?

Ese episodio tan fuerte nunca se olvida. Por supuesto hay noches en los que todavía lo soñamos y hay momentos cuando llegan estas fechas que lo recordamos y lo vivimos.

 

Una imagen que se repita una y otra vez. 

Sin lugar a dudas, cuando salí de mi cuarto y mi mamá estaba enfrentada a los guerrilleros. Esa imagen fue para mí de mucho impacto, fue lo primero que vi de la toma.

 

Perdona pero no olvida, dice usted, ¿es imposible olvidar todo lo que le pasó?

Lo que las Farc le hizo injustamente a mi familia me tocaría volver a nacer para olvidarlo. Sería más fácil perdonar, pero olvidarlo es imposible porque ese jueves 26 de julio del año 2001 acabaron abruptamente con una ilusión, acabaron con un sueño, acabaron con la unión que existía en una familia.

 

¿Usted anda armado?

No.

 

Después de lo vivido, ¿no le dieron ganas de armarse?

No, le confieso a usted y creo que es al único que le he dicho esto, que tuve propuestas en ese entonces. No le digo más.

 

¿Propuestas de armarse?

Sí. Propuestas que gracias a Dios no acepté, porque creo que la violencia es para los cobardes, eso se le tiene que dejar a ellos. Nosotros tenemos que estar y demostrar que estamos por encima, que somos mejores personas actuando dentro del marco de la legalidad.

 

¿Cómo lidiar con el sentimiento de venganza? 

Dios, si no creyera en Dios muy posiblemente hubiera aceptado la propuesta que me hicieron, pero gracias a Dios no la acepté.

 

¿Sí a la paz?

Sí a la paz, pero sin impunidad, a una paz que sea duradera, estable. Una paz en donde se le diga la verdad a sus víctimas, en donde se reconozcan las víctimas, en la que haya un compromiso cierto y real de las Farc de repararlas y de comprometerse con ellas y no volver a cometer esos delitos atroces. Una paz en donde si quieren hacer política, bienvenidos sean, los aceptamos. Yo prefiero ver a ‘El Paisa’ echando discursos y no bala. Quiero que vaya al municipio y se gane los votos, como me toca a mí, con propuestas, con cariño, con ideas, pero no puede ser que ahora no paguen un día de cárcel y pasen directamente de La Habana a curules gratis al Congreso. Si son el ejército del pueblo, como se hacen llamar, por qué le tienen miedo a que el pueblo los elija. Si quieren llegar al Congreso, háganse elegir por voto popular, convenciendo a la gente. 

 

Reconocer su maldad y aceptarlos, ¿es difícil?

Los aceptaremos en la sociedad, claro que los aceptaremos, pero vuelvo y repito, nunca olvidaremos lo que le hicieron a la sociedad y yo en mi calidad de huilense, de representante a la Cámara, pero sobre todo como víctima, voy a estar recordándoles hasta el día que me muera qué fue lo que le hicieron a mi departamento, a mi ciudad y a mi familia.

 

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“Esta puerta la cargaron de explosivos. La volaron ‘El Paisa’ y cuatro comandantes guerrilleros más. Eran las 11 de la noche del 26 de julio del año 2001. Ese día se llevaron a 15 personas del edificio, entre ellas a mi mamá, mi hermano y a mí”. 

 

Los gritos de mi mamá

 

Descríbame el momento inmediatamente  antes del secuestro.

Era jueves de Copa América, en la vida de un muchacho de 17 años. Con unos amigos, estábamos viendo en el edificio vecino el partido de Colombia contra Honduras, que ganamos 2-0, y pasamos a la final, como ocurrió en todas las ciudades del país, hubo fiesta.

 

¿Y a qué horas llegaron al apartamento?

Llegamos a las 10 de la noche y nos fuimos al cuarto con mi hermano, con Juan Sebastian; Daniel, que tenía 10 años, estaba acostado con mi mamá. Mi papá llegaba ese día, los congresistas normalmente estamos en Bogotá martes, miércoles, que es cuando sesionamos, y los jueves nos regresamos a la región a hacer el trabajo que nos corresponde; ir a las comunas, a las veredas, a los municipios. Las Farc tenían perfectamente claro que mi papá, Jaime Lozada, volvía todos los jueves a su casa, por eso montaron el operativo ese jueves, para secuestrarlo a él, porque era senador de la República. Esa tarde mi papá nos llamó y le dijo a mi mamá: “no puedo viajar, tengo una reunión esta noche de última hora y viajo mañana”, es decir, regresaría el viernes, pero el operativo ya estaba montado, además ellos aprovecharon la coyuntura del partido de fútbol, la celebración y todo eso ayudó para que la toma se pudiera realizar ese día. Estábamos ya dormidos porque al otro día madrugábamos a estudiar, yo estaba en once. 

 

¿Y qué es lo primero que lo despierta?

Los gritos de mi mamá en la sala, yo me despierto y salgo a ver que está pasando y ahí ellos vuelan la puerta. Dicen que son del Gaula, de la Fiscalía, que están buscando a mi papá. Cuando golpean a mi mamá, digamos que empiezo a sentir que esto no es una acción de la fuerza pública sino que aquí hay algo raro. 

 

¿Quién golpea a su mamá?

‘El Paisa’. La golpea cuando mi mamá sale a pedir ayuda por el citófono, pero los porteros ya estaban sometidos, estaban amarrados boca abajo.  

¿Qué hace en ese momento, cuando ‘El Paisa’ golpea a su mamá?

Yo me voy a pegarle a ‘El Paisa’, obviamente soy sometido por los demás guerrilleros que están con él y, al ver que no estaba mi papá, nos secuestran a nosotros tres, menos a mi hermano Daniel Julián, el menor, que tenía 10 años. A mi hermano y a mí nos sacaron en bóxers, y a mi mamá en pijama.

 

¿Por qué no se llevan a su hermano menor?

No se despertó y la guerrilla no lo vio. Él poco ha hablado, es hermético, así no haya estado secuestrado, él es el que más ha sufrido con todos estos episodios. 

 

¿Qué imagen le quedó en la cabeza de los agresores? 

La de ‘El Paisa’, que era el comandante de la columna móvil Teófilo Forero, las fuerzas especiales de las Farc. Cuando hablamos de él no hablamos de un guerrillero raso, no, estamos hablando del que voló el Club El Nogal, estamos hablando del más cruento comandante de las Farc, quien hoy se encuentra en La Habana, disfrutando del clima y de las playas de Cuba, sin reconocer a sus víctimas, sin pedirles perdón, y muy seguramente queriendo no pagar un solo día de cárcel por todo lo que ha cometido. Eso, por supuesto, nos indigna.

 

¿Qué inspira mirar a ‘El Paisa’?

Pues esa noche yo solo forcejeé con él cuando golpeó a mi mamá, después lo volvimos a ver en la zona de distensión un par de veces,  nunca más lo volví a ver, pero es un comandante rabioso, militarmente muy preparado, sagaz, un hombre que nació para el crimen, por eso es que es uno de los consentidos de sus comandantes.

 

Tiros a diestra y siniestra

 

Descríbame esa escena, de pasar de estar  dormido a estar en medio de un tiroteo.

En el camión que me subieron había una ametralladora M-60. Me botaron en el piso y yo estoy debajo del guerrillero que dispara el arma, entonces los casquillos llueven sobre mi espalda. Ese guerrillero es herido en las rodillas y la sangre me cae a mí. Mi mamá, cuando me ve después bañado en sangre, cree que estoy herido, pero no lo estoy, gracias a Dios. 

 

En ese momento, cuando está ahí tirado bajo una lluvia de casquillos de ametralladora ¿cuál es su reacción?

No, duro, ellos estaban disparando como locos, buscando la salida de Neiva, y yo les hablaba a mi mamá y a Juan. Los nombraba para que me respondieran, para que me hablaran, y poder saber que estaban bien.

 

¿Y quién disparaba del otro lado?

Hubo un intercambio de disparos con una patrulla policial que llegó aquí al edificio por casualidad. Y ya cuando salíamos de la ciudad, los guerrilleros disparaban a diestra y siniestra, hubo varios heridos, varios locales impactados, hasta cuando ya nos llevaron al lugar donde nos bajaron y continúo la marcha hacia la zona de distensión. 

 

Un cambio brusco.

Sí, era un muchacho de 17 años al que gracias a Dios no le faltaba nada, que tenía una familia, un apellido, que tenía una cama en la cual dormir, que tenía un pan en la mesa, que si se aburría porque el papá lo castigaba hacía rabietas y, de un momento a otro, pasé a no tener dormida, no tener comida, no tener ducha, no tener nada. Uno debe aprender de todas las experiencias en la vida, incluso de las negativas. Estoy absolutamente seguro de que no sería la persona que soy hoy, si no hubiera pasado por el secuestro, no valoraría la vida como la valoro, no hubiera afrontado a los 21 años de edad, el secuestro de mi mamá, ni la muerte de mi papá, no hubiera podido sacar adelante a mi familia en esos momentos.

 

Descríbame ese escenario obligado durante sus tres años de cautiverio.

Selva absoluta, en donde nuestra vida se reducía a un espacio de 15 pasos por 15. Cuando comenzaba el secuestro, íbamos en una caminata larga y uno de los guerrilleros se agachó a tomar agua de un charco y le dije: ¡uy, no tome agua de ahí!”, y él se volteó y me dijo: “espere, que yo creo que a usted le va a tocar”, y efectivamente me tocó. 

 

¿Esas es de las cosas anormales que se vuelven normales en un cautiverio en la selva? 

Claro, ya usted empiecé a entrar en la cotidianidad de levantarnos a las 5:30 a.m., como los guerrilleros, desayunar cuando había desayuno, irnos para el caño a lavar la ropa, bañarnos, volver al cambuche, almorzar, acostarnos como las gallinas a las 6:00 p.m., orar, orábamos mucho, y esperar que algo ocurriera. En el secuestro hay que buscar hacer alguna actividad o uno se puede enloquecer. Tratábamos de leer lo que cayera en nuestras manos.

 

¿Qué leyó en la selva?

La biografía de Napoleón. Ese libro iba en tránsito para ‘El Paisa’ y paró en mi campamento, y yo le pedí al comandante que me dejara leerlo y lo leí. Me lo devoré como en cuatro o cinco días porque ese fue el plazo que me dieron.

 

¿Qué le tocó aprender a la brava para sobrevivir en ese momento?

Muchas cosas, sobre todo, a armar el cambuche, que era nuestro hogar, por así decirlo. El techo, el plástico negro que es donde uno se resguarda de la lluvia, y abajo la palma de chonta con la que uno arma su cama. Otra cosa que nos tocó aprender fue a ver en la noche. En las primeras marchas nos caíamos cada tres pasos porque nos enredábamos con las matas, ya después en las noches veíamos los árboles y los esquivábamos. Uno se vuelve como un animal, muy perceptivo, muy perspicaz. 

 

¿Cómo es el manejo del tiempo en la selva? 

Eso es lo más difícil. Hay días en los que una tarde se hacía eterna, tú te sentabas debajo de un árbol a contar las hojas de los árboles, una por una, y si tú te pones a hacer eso todos los días te enloqueces. 

 

¿Conserva algún objeto de su secuestro?

Sí, un ángel que hice de madera, no lo tengo acá en Neiva, está en Bogotá, tallado con puñaleta y con machete, nosotros teníamos un librito del rosario y en la carátula había un angelito, es ese ángel.

 

Su mayor enojo en cautiverio.

Yo creo que el día que nos separaron de mi mamá. Ese día, sí, sin lugar a dudas, porque sabíamos que nos estaban mintiendo. El comandante que la separa de nosotros, el que se llevó a mi mamá, nunca volvió al campamento, nunca más lo volvimos a ver.

 

¿Lo reconoce? ¿Sabe quién era?

Era alias Leonardo. Nunca volvió, después supimos que ‘El Paisa’ le había dado la orden de no volver por temor a que nosotros pudiéramos hacer algo. 

 

¿Se ha encontrado después por ahí con algunos de sus carceleros? La vida da tantas vueltas. 

Después, como en el año 2005, uno de ellos desertó y vino aquí. Era de nuestra edad. Vino a hablar conmigo y nunca más lo volví a ver, me llamó después de la muerte de mi papá. Nos contó que había desertado, que a varios los habían asesinado, que lo estaban buscando para matarlo, pero nunca volví a saber más de él.

 

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Eran las 11 de la noche, cuando la explosión que derribó la puerta del apartamento nos despertó a mi hermano Juan Sebastián y a mí. Salí de mi cuarto y vi a mi mamá enfrentada a los guerrilleros. Algo imposible de olvidar”. 

 

La alegría no es completa

 

¿Qué pasa en el 2004?

Se da nuestra liberación, la liberación de mi hermano Juan Sebastian y la mía. Digamos que es un sentimiento encontrado porque teníamos una felicidad a medias, éramos liberados después de tres años de secuestro, volvíamos a ver a mi papá, a mi hermano menor, Daniel Julián, quien el día de la toma tenía 10 años y quedó solo. Pero esa alegría se convierte en tristeza, porque mi mamá continuaba en cautiverio y nuestra ilusión, cuando estuvimos secuestrados los tres, era que los tres teníamos que salir, pero el destino y especialmente la crueldad de las Farc nos jugaron una mala pasada y no permitieron que fuéramos liberados juntos.

 

Un año después, en el 2005, las Farc se cruza otra vez en su vida.

Ese es el acto más difícil de esta historia. Los secuestrados pueden vivir doce años, como nuestros militares, unos héroes que pueden soportar cualquier clase de vejámenes, porque siempre tienen en la cabeza y en su corazón el deseo de ser libres, de volver a reencontrarse con su familia, pero ya cuando hay una muerte, como ocurrió con mi papá, no hay absolutamente nada más que hacer.

 

¿Cómo murió su papá?

Como un luchador a mano de unos cobardes. Mi papá en ese entonces era el mayor promotor del acuerdo humanitario, estaba trabajando incansablemente porque pudieran regresar los secuestrados a la libertad, y las Farc inexplicablemente, el 3 de diciembre del año 2005, lo asesinaron viniendo de Garzón, en el centro del Huila. Estábamos ahí en una reunión política y veníamos ya para Neiva, y nos hicieron un atentado, hubo de todo, explosiones, tiros, de todo, yo resulté herido y él falleció. 

 

¿Usted estaba al lado de su papá?

Sí, claro, al lado de él.

 

¿A usted en dónde lo hieren?

En la pierna, con tres impactos de fusil. 

 

¿Cuál es la última imagen que tiene de su papá en este momento? 

Estaba muy contento porque yo estaba empezando mis primeros pinitos políticos a su lado, me veía siguiéndole los pasos, esa es la imagen que siempre he querido guardar de él, estaba muy contento en esos días.

 

¿Alguna frase le quedó de ese momento? 

Me dijo: “si sigue como va, va a crecer como espuma”. 

 

¿Y se pudo despedir?

Más o menos. En el momento del atentado, hubo cosas que nunca he contado y creo que nunca las voy a contar porque son dolorosas, ni siquiera a mis hermanos ni a mi mamá, ellos no lo saben, porque yo era el único que estaba con mi papá.

 

¿Hay algo de ese momento que pueda decir en esta entrevista?

Imagínese cuando su papá se está muriendo y se despide de usted en un momento trágico.

 

¿Qué llegó a pensar con la muerte de su papá?

No, mucho dolor, mucha tristeza y no solo por lo que nosotros estábamos viviendo acá, sino por mi mamá, pensábamos mucho en cómo estaría ella con esa noticia en cautiverio y pedíamos a Dios que pudiera aguantar ese golpe tan duro. Gracias a Dios lo aguantó, mi mamá es una valiente.

 

Tres años tuvo que esperar después del luto de su papá para que su mamá regresara liberada. Cuando llega ese momento, ¿qué decisiones toma en su vida? 

¿En mi vida? Salir adelante, por mi mamá y por la memoria de mi papá. Seguir el legado que mi papá dejó, hacer la política de la mejor manera posible, ayudarle a mi gente, tratar de corregir los errores que como ser humano y como político pueda tener.

 

¿Cuánto tiempo acompañó a su papá en correrías políticas?

Un mes. Yo salí electo, miembro del Directorio Departamental Conservador, en noviembre de 2005 y mi papá murió el 3 de diciembre.

 

¿Qué pasa en 2008?

En 2008 es la liberación de mi mamá, la alegría más impresionante para nosotros, tener a mi mamá por fin después de tantos años, pero la alegría no es completa porque mi papá ya no está, entonces volvemos al mismo tema, esa unión familiar que soñábamos debido al asesinato de mi papá no pudo ser una realidad...y todo debido al 26 de julio de 2001, que fue donde empezó todo.

 

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“Detrás de estos edificios blancos del oriente de Neiva, queda la antigua zona de distensión, hasta allá nos llevaron y desde ahí, la fuerza pública ya no podía ingresar”.

 

Hay cosas que duelen

 

Todo empezó en este apartamento ¿Cómo ve hoy este lugar?

 

Yo recuerdo una reunión familiar donde todos mis tíos nos recomendaban vender el apartamento e irnos para otro lugar, y yo dije: “no, este apartamento seguirá siendo nuestra casa hasta que mi mamá vuelva y ella decida qué hacer con él, a ella la sacaron de acá, ella vuelve y, si lo quiere vender, lo quiere regalar, lo quiere quemar, es decisión suya”. Mi mamá volvió a este apartamento en 2008 y decidió que aquí quería seguir viviendo y aquí vivimos.

 

¿Cómo va su proceso de pacificación interior?

Bien. Hay un proceso de sanación que da la fe en Dios, por lo menos así lo siento yo. 

 

¿Odio?

No, no tengo odio, a veces me duelen muchas cosas como víctima, me duelen cosas como ver a ‘El Paisa’ en La Habana y bajarse del avión cuando aterriza riéndose como una muestra de burla directa para con sus víctimas, me duele, me duele ver cómo los guerrilleros de las Farc pretenden ahora ser adalides de la buena moral y de las costumbres, cuando no han sido más que un grupo terrorista. 

 

Si tuviera a ‘El Paisa’ de frente, ¿qué le diría?

Que nos diga la verdad, no a nosotros, al país, que le diga la verdad a sus víctimas; que le diga a los familiares del Club El Nogal porque voló el Club El Nogal; que le diga a los familiares del ex gobernador del Caquetá por qué degolló al ex gobernador; que le diga la verdad a los sobrevivientes aquí en Neiva, en el año 2013, que con una casa bomba voló el barrio Villa Magdalena; que le diga la verdad a los desplazados del Caquetá que, huyendo de él, tuvieron que venir aquí al Huila; que le diga la verdad al país.

 

¿Y de su secuestro qué verdad quiere usted saber?

Quiero saber quiénes estuvieron detrás de la toma del edificio Torres de Miraflores, eso me lo tiene que responder ‘El Paisa’ y Joaquín Gómez, ellos saben y que nos digan la razón por la que asesinaron a mi papá.

 

¿Hubo gente infiltrada? 

Sí, gente de la sociedad.

 

¿A ustedes no les llegó antes el rumor del secuestro que se avecinaba? 

Posiblemente, en ese entonces estábamos en plena zona de distensión, durante el gobierno de Andrés Pastrana, y Neiva fue una ciudad sitiada por las Farc, en donde los comerciantes eran extorsionados, en donde los ganaderos eran desplazados, en donde los comerciantes y los políticos eran secuestrados. Una ciudad que vivía llena de temor, de milicias, en donde gente tuvo que salir corriendo, pues aquí ocurrían secuestros a diario, asesinatos por montones. 

 

¿Más fácil perdonar, que olvidar?

Sí, claro. Porque así no nos hayan pedido perdón, como sociedad, como familia y como ser humano, para poder vivir tenemos que perdonar, debemos por lo menos intentarlo, para cerrar las heridas y continuar nuestro camino.

 

¿Les cree a las Farc?

A mi me cuesta mucho creerle a las Farc, vuelvo y repito, creo en las buenas intenciones del gobierno, creo en el jefe negociador, creo que el Presidente ha sido más que generoso en llevar un proceso de paz como el actual. Lo que sí sé es que están negociando con unas personas que aprovechan cualquier debilidad por parte del gobierno para tomar ventaja, porque los conozco, porque sé cómo actúan, porque sé quiénes son. Esperemos que sean ciertas todas las buenas intenciones que dicen tener y que puedan demostrarle al país que así son, pero eso se demuestra con hechos, no con discursos bonitos desde La Habana. ¿Cómo? reconociendo las víctimas, pidiéndoles perdón, reparándolas, no burlándose de ellas.

 

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La última foto en la que estuvieron juntos antes de 2001. Jaime junto a su mamá Gloria Polanco, su padre Jaime Lozada, asesinado en 2005 por las Farc, y sus dos hermanos Daniel Julián y Juan Sebastián. 

 

***

 

Abro por curiosidad el libro de tapa oscura que me prestó mi entrevistado para apoyar la grabadora sobre la mesa del comedor, se trata de una selección de ensayos del inglés, G. k. Cherteston. “Ahi dice —finaliza Jaime Lozada— que uno al entrar a la iglesia se quita el sombrero, más no se quita la cabeza”.

 

¿Para quién es esa frase?

Para las Farc, podemos perdonarlos pero nunca olvidar lo que hicieron.

 

Fotos: Daniel Álvarez.