“Un embarazo es un trauma, por eso ser mamá no es una obligación”: Carolina Vegas

La escritora pasó por un infierno para hacer realidad su ilusión de tener un hijo. Ahora, cuenta su experiencia en el libro Un amor líquido.
Carolina Vegas

Carolina llegó a pensar que no podría quedar embarazada. Ella, que de un día para otro sintió cómo se activaba su reloj biológico. Ella, que veía a un bebé en la calle y, como si fuera un ponqué de chocolate, se le hacía agua la boca. Pero su útero era un campo minado. Sufría de endometriosis y de ovario poliquístico y no lo sabía, así que durante años su vientre se fue llenando de sangre y tejido orgánico. Solo cuando decidió tener un hijo supo de su condición. 

 

Luego de pasar por una cirugía tortuosa para limpiar su útero y por un tratamiento con progesterona que casi le hace perder la cabeza, un médico le dijo que su cuerpo no iba a ser capaz de reproducirse naturalmente. Ella lloró desconsolada. Le dieron la alternativa de recurrir a una clínica de fertilidad, pero su familia tiene un largo historial de cáncer de seno y la bomba de hormonas que se requiere para una fecundación in vitro podría aumentar su riesgo de tener la enfermedad. Así que era una decisión complicadísima.

 

Al final, siguió el consejo de otras médicas más esperanzadoras y puso su mente a confiar en su cuerpo. Entonces, en una noche de súper luna, Luca, su hijo, apareció en ese territorio hostil que era su vientre. 

 

Este es el principio de una historia que se extiende a lo largo del segundo libro de Carolina. Un relato clave para las mujeres, que tan poco sabemos sobre nosotras mismas, y que se presentó en la pasada Feria del Libro de Bogotá.

 

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“Hasta ahora soy consciente de todo lo que me desnudé en el libro. Tengo angustia de que vayan a saber tanto  de mí. Pero ya no hay vuelta atrás”.

 

¿Por qué decide escribir este libro?

 

Este libro nació de una pulsión, de la necesidad absoluta de contar la historia. Yo no entiendo mi mundo ni me entiendo a mí misma si no me narro. 

 

Parece un libro para mamás, pero en realidad es un libro para las mujeres en general...

 

Absolutamente. Todo lo que concierne la vida de las mujeres se ha manejado con un velo de secretismo. Hay tantas cosas que no se dicen... Yo creo que es superimportante hablar de todo eso. Lo más revolucionario que podemos hacer las mujeres es contar nuestras historias. Y contarlas tal y como son, no tratar de maquillarlas a partir de un velo de divinidad. Esa es una trampa muy peligrosa, porque lo único que hace es reivindicar estereotipos. Tenemos tan divinizada a la mujer y a la maternidad que, si no entramos dentro del margen de lo supuestamente aceptable y no estamos del todo de acuerdo con que ser  mamá es lo mejor que le puede pasar a una persona en la vida, nos vamos a sentir extrañas y abyectas. El patriarcado busca que nosotras nunca estemos cómodas con nosotras mismas para que de ninguna manera se nos ocurra subvertir el orden establecido. Por eso este libro es mi gran acto de rebeldía. Porque lo revelo todo sobre la maternidad. Porque invito a que dejemos de sentirle asco a nuestros cuerpos. Tenemos que dejar de pensar que somos imperfectas. La sociedad se ha encargado de que siempre nos sintamos inadecuadas, de que creamos que no encajamos. Y uno piensa que es el único que se siente así y no es verdad. Tenemos que entender que ser mamás no es una obligación, que la maternidad debe ser una decisión personal, que ser mujeres no implica que nuestro fin único sea ser madres. Yo soy mamá, pero eso no me define. 

 

Desde su desarrollo tuvo menstruaciones abundantes y cólicos fuertísimos, ¿no eran suficiente señal para que los médicos pensaran en una endometriosis? ¿Por qué no descubrieron su enfermedad antes? 

 

El sexismo llega hasta lo médico. Los males que sufrimos las mujeres siempre son los últimos que se investigan. Nadie les pone atención porque siempre hemos tenido ese estigma de que somos histéricas y todo es producto de nuestra imaginación. Con el agravante de que supones que ser mujer tiene que ser duro y tiene que doler. Todo eso unido genera un coctel molotv que nos está matando. Me demoré tanto en saber sobre mi enfermedad porque los médicos nunca me pararon bolas. Yo, desde la primera regla les expresé mis dolores, y siempre los desestimaron. Me dijeron que yo tenía que aprender a vivir con eso, porque eso es lo que conlleva ser mujer. Y eso es superinjusto. Lo increíble de la endometriosis, y por fin están saliendo más estadísticas, es que una de cada 10 mujeres en el mundo la sufrimos, pero no sabemos prácticamente nada de la enfermedad. Mientras tanto, uno lee cosas tan ridículas como que probaron una inyección anticonceptiva para hombres y, como les dio un poquito de mareo, se canceló la investigación. Una mujer dice: “Llevo 20 años menstruando con dolor”, y solo recibe como respuesta: “Ah, sí,  la menstruación duele”. Cuando me llega la regla me duele mucho, pero –y esto es superestúpido– he aprendido a vivir con el dolor. Ya sé que voy a estar indispuesta, lo asumo y lo acepto, pero no es chévere. 

 

¿Qué tipo de examen se necesita para que diagnostiquen estas enfermedades? Uno solo tiene en el radar la citología. 

 

La citología lo único que busca es que no tengas cáncer de cuello uterino o virus del papiloma humano. A mí me hicieron una ecografía transvaginal y ahí descubrieron que había unos pequeños quistes de sangre en los ovarios. Y me hicieron un antígeno de cáncer de ovario. Eso les da la idea de que algo no está bien y entonces me hacen una laparoscopia, ya que la única manera de confirmar si alguien tiene la enfermedad es entrar a ver. Y descubrieron que mi útero era un campo minado. Yo tenía una inmensa acumulación de sangre y tejido, tanto, que yo siempre tuve barriguita, nunca fui totalmente plana, y descubrí que era la sangre y la inflamación, porque unas semanas después de la cirugía, la barriga desapareció. 

 

Luego de la cirugía, como parte del posoperatorio, tuvo que detener la regla con progesterona y sintió que iba a perder la cabeza. Cada vez hay más estudios que vinculan el uso de hormonas con enfermedades mentales como la depresión, ¿por qué cree que los médicos no aceptan sus implicaciones o al menos comunican los riesgos que conlleva tomarlas?

 

Porque las hormonas son muy efectivas. Mi cuerpo no produce casi estrógeno, por cuenta del ovario poliquístico, y mi estado ideal fue la época en la que tomé pastillas anticonceptivas con estrógeno: la piel siempre estaba divina, mis menstruaciones eran leves, me sentía feliz. Pero con la progesterona casi me da un yeyo. Son muy efectivas pero, como son recetadas mayoritariamente a mujeres, nadie se preocupa por hacer un estudio que muestre que esas hormonas trabajan en conjunto con todas las funciones químicas y emocionales del cerebro, y pueden generar unos desbalances muy peligrosos. Yo era consciente de que esa persona que tomaba progesterona no era yo. Me daban unos ataques de angustia horribles, pasaba días enteros llorando, peleaba con el mundo entero, tenía unos videos psicóticos terribles. Y nadie me tomó en serio con eso. Fue muy cruel, porque yo sabía que no estaba bien. Alguien con una condición mental a quien le den hormonas puede terminar matándose o matando a alguien. 

 

¿Por qué nace ese deseo tan claro de ser mamá?

 

Mi línea de estudio académico siempre han sido los estudios de género y me encanta la teoría de Jude Butler, quien dice que el género es una construcción cultural que poco tiene que ver con lo biológico. A pesar de eso, yo siento que a mí se me prendió un reloj biológico. Yo no soñaba con tener hijos y nunca había sido de esas mujeres que ve niños y les juega. Pero, hacia los 30 años, veía bebés y era como si tuviera enfrente una torta de chocolate. Empezaba a salivar. Y a eso se sumó que estaba con la persona por quien se despertó en mí el impulso de tener una familia. 

 

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“El posparto es una montaña rusa hormonal, pero no lo decimos. Sentimos que nos van a acusar de ser malas madres”. 

 

¿Por qué en un libro que por momentos parece una oda a la maternidad incluye su visión a favor del aborto?

 

Porque todo está unido. Yo creo que una de las grandes luchas feministas ha sido pelear por  una educación sexual de calidad que les permita a las mujeres conocer sus opciones y tomar decisiones. Yo estoy a favor del aborto porque no creo que un cúmulo de células sean una persona, y porque creo que el cuerpo es nuestro y nosotras tenemos que decidir lo que queremos. Por otra parte, tenemos que entender, por fin, que el aborto no es ir a matar bebés (como dicen los supuestos provida), sino que en ocasiones también es la opción más humana con otra vida. Porque no hay cosa más cruel que los niños abandonados en orfanatos, sin que nadie los quiera, en un sistema que no funciona... Porque cuántas personas están realmente dispuestas a adoptar y luego a cuántas les ponen obstáculos para poder hacerlo. Además, un embarazo y un parto son un trauma para el cuerpo y para el espíritu de una persona. Es absolutamente inhumano someter a alguien a eso si esa persona no lo quiere. Me parece injusto que siempre pongamos la vida de ese ser que no ha nacido por encima de la de una persona con un futuro y unas expectativas. 

 

En el libro hace referencia a esa idea de que el embarazo es un trauma, ¿qué fue lo más duro?

 

A mí me fue muy bien y el embarazo fue lindísimo, pero me traumatizaron las marcas que dejó en mi cuerpo. Puede sonar muy tonto, pero las estrías y la chamba de la cesárea son cicatrices que te quedan por el resto de la vida. Yo no soy capaz de ponerme un bikini, porque no me siento cómoda. Tu cuerpo nunca vuelve a ser el mismo. Y vivimos en una sociedad que todavía tiene unos estándares de belleza, así que, aunque tú seas la persona más revolucionaria del mundo, de alguna manera quieres encajar. Otra parte muy difícil es enfrentarse a la montaña rusa hormonal que es un posparto. Eso es tenaz. Y no hablamos de eso. Ni siquiera nuestras mamás nos lo cuentan. Sentimos que al momento de hablar de eso nos van a acusar de ser malas madres o de no querer a nuestros hijos.

 

Habría querido un parto en la casa, muy natural, pero su esposo se opuso. Si el cuerpo es nuestro y la mayoría de nosotras quisiéramos tener un parto más humanizado, lejos de una clínica, ¿porque la mayoría de mujeres no ponen en práctica esos deseos?

 

En mi caso tuvo que ver con que yo era consciente de que éramos dos quienes estábamos embarazados. Las decisiones que tomáramos sobre la salud y el bienestar de el bebé eran compartidas y negociadas. Al final acepté porque, si llegara a pasar algo –especialmente con mi historial médico–, yo no podía cargar con la responsabilidad de poner en riesgo la vida de nuestro hijo. Es chistoso porque el comentario que te hace toda mamá mayor es que los hijos son de la mamá. ¡Y no! Tenemos que quitarnos ese peso de encima, y hay que hacer una revisión de las leyes porque también somos muy injustos con papás absolutamente capaces y dispuestos. 

 

¿Qué considera que debe cambiar de la legislación actual?

 

Por un lado, la licencia de paternidad tiene que ser mucho más amplia, porque los papás no solo tienen la responsabilidad sino el derecho a participar en la crianza de sus hijos y se las estamos quitando. La ley debería ser más equitativa. En los países nórdicos se habla de tiempo parental y es compartido. En Alemania las mamás tienen hasta dos años y medio de licencia y los papás tienen seis meses. Yo creo que aquí lo que estamos descuidando, más allá de los derechos de las mujeres, son los derechos de los niños. El derecho a una crianza de sus padres. Es una maravilla que en Colombia hayan aumentado la licencia a cuatro meses, ¿pero por qué no pensamos en más alternativas? En algunos países europeos el sueldo completo durante la licencia se cubre unos meses, pero después los padres dejan de recibir una remuneración; es decir, ellos deciden cuánto tiempo quieren estar con el bebé y les aseguran que les cuidan el puesto, pero en cierto punto dejan de recibir un salario. Cuando hablamos de crianza hablamos de la sociedad que queremos formar. Estamos formando a los futuros ciudadanos y determinando qué tanto le aportarán a la sociedad.  

 

En un capítulo habla de que las otras mujeres en el curso psicoprofiláctico no sabían nada de lo que estaba pasando con su cuerpo o de lo que iba a pasar. ¿A qué se debía? 

 

Era falta de curiosidad y temor. Nos han generado miedo hacia la maternidad, hacia el embarazo y hacia el parto. No queremos saber nada al respecto. Pero también es falta de interés. Yo promulgo por una maternidad consciente, porque estamos hablando del milagro de la vida, así que tenemos que tenerle más respeto. Infortunadamente, como en nuestra sociedad creemos en la obligatoriedad de la maternidad para la mujer, entonces pensamos que esto es solo una casilla más que tenemos que llenar. 

 

Carolina Vegas

Carolina escribió su libro en Starbucks, durante ese par de horas al día en que su papá y su tía la reemplezaban en el cuidado de Luca. El tiempo ahora es un regalo que escasea.

 

Habla con recurrencia sobre la lactancia, ¿siempre fue dolorosa?

 

Me dolió el primer mes. Mucho. Pero a mí me fue muy bien desde el principio, porque no tuve mastitis y no se me cayeron pedazos de pezón, como a otras mamás. Pero sí duele, porque la saliva del bebé es como un ácido. Nuestros antepasados vivían con los pezones expuestos a la intemperie, hoy nosotras usamos brasieres supersuaves y es muy raro que hagamos topless. El exceso de ropa y de cuidado ha hecho que la piel del pezón  sea cada vez más sensible y que esté cada vez menos preparada para una lactancia exitosa. Pero vale la pena hacer el esfuerzo y no rendirse. El dolor del principio pasa. Y es un ciclo: si no le das, no produces la leche que él necesita, él va a quedar con hambre y tú vas a dejar de producir. Es superduro cuando uno toma la decisión de lactar, porque uno no para de dar leche en todo el día. 

 

¿Volvería a tener un hijo?

 

Yo no he cerrado esa puerta al 100%, pero creo que sí estamos muy felices con uno. Me he dado cuenta de que soy una mamá tan apegada que no podría con dos si quiero seguir siendo yo, me fundiría completamente en ellos. Además, y este no es un tema secundario, uno siempre quiere darles a sus hijos lo mejor, y en un país como Colombia, con una educación y una salud tan costosas, no es fácil.  Esa teoría de que todos los niños vienen con el pan debajo del brazo es muy bonita pero no es verdad. Uno tiene que ver hasta dónde puede económicamente y ese tiene que ser un factor a la hora de decidir. Creo que mucha gente no es responsable con ese tema. 

 

Pero decidir tener un solo hijo es tan mal visto como decidir no tener hijos... 

 

¡Claro! Todos se sienten expertos en crianza y dicen que es un acto de egoísmo dejar al niño sin hermanos. ¿No es más egoísta no tener para darles comida? ¿O saber que les darás una educación mediocre? Además, yo tengo un hermano que amo, ¿pero quién dijo que todos los hermanos se llevan bien? Eso es mentira. Entonces, ¿cuál es el egoísmo en no querer otro hijo? Para rematar, vivimos en un mundo superpoblado y, por otra parte, yo no sé, sinceramente, si estaría dispuesta a pasar por un posparto. Eso fue ir a la guerra y volver. Y tenemos que empezar a hablar de lo duro que es, para que las mujeres tengamos la posibilidad de dejar de sentirnos culpables.
 

 

Fotos: Daniel Álvarez.

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