Una orquídea, un amor

Andrea Niessen se ha puesto sobre los hombros el nombre de Orquídeas del Valle. Al lado de su esposo y de sus hijos consolidó esta reconocida empresa que exporta orquídeas colombianas al extranjero.

Andrea Niessen en la sede principal de Orquídeas del Valle. @cesilio

Piense en esta escena: Una mujer atiende un local donde se venden orquídeas. La mujer tiene un niño (Andrés) entre los brazos, intenta concentrarse en la venta con una sonrisa que deja ver sus dientes perfectamente alineados, pero otro niño, Miguel, le jala la falda. Piense en la mujer y guarde su nombre: Andrea Niessen, porque es la protagonista de esta historia, la raíz:

En 1920, recién terminada la Primera Guerra Mundial, Erich Barth, un alemán joven llegó a Colombia para trabajar con uno de sus hermanos en una ferretería. Llegó solo. No estaba casado, aunque sí comprometido. Había dejado un romance puro en esa parte de la tierra y le había jurado regresar. Cumplió su palabra varios años después. Cuando llegó a Alemania, supo que su futura esposa, Gertrud, había enviado a Colombia una carta en la que le explicaba que estaba cansada, que había pasado mucho tiempo y que lo liberaba de esa atadura invisible que se habían impuesto mutuamente para salvar y alimentar su amor. Sin embargo, y contra todo pronóstico, al verlo, la mujer olvidó las palabras que había escrito y todo fue fiesta y cariño y un viaje muy largo de vuelta a Colombia.

Terminada la Segunda Guerra, a los esposos, les ocurrió lo que a todos los alemanes en el mundo: fueron llevados a sitios de los que no se podían mover hasta que se aclarara su vínculo con la administración nazi, en este caso, ¿el sitio? Fusagasugá. Allí empezó el hombre a recolectar orquídeas, a preguntarse por ellas, a sembrarse una serie de inquietudes que no se evanescieron con el tiempo, y que, al contrario, lo persiguieron incluso cuando su situación fue resuelta de manera positiva y fue devuelto, al lado la señora Barth, a su cotidianidad, una que ahora tenía que ver con esos especímenes por doquier: hizo un trabajo de reconocimiento empírico que se convirtió en hobby, compró libros y empezó a cultivar un jardín propio con tantas y tan distintas especies a la vez, que su familia ya no recuerda el número exacto. Incluso se le veía a donde fuere con una cámara, alimentando su herbario vivo.

Durante muchos años ese mundo maravilloso que se había creado, esa suerte de religión natural le perteneció solo a él. Después una de sus hijas, Annelies, se convirtió en cómplice y en discípula, y más tarde, una de sus nietas, Andrea. A ella se le ve en una que otra fotografía, de niña, sentada en un trono rodeado de orquídeas color rosa, violetas, amarillas, naranjadas, blancas, se le ve sonriendo, ¿en qué pensaría? ¿Estaría haciendo uso de su capacidad creativa imaginando que estaba en una dimensión mágica donde ella misma era la reina de los elfos? ¿O estaría presagiando el futuro, jugando a ser científica, tal vez bióloga? Nunca lo sabremos. Pero sabemos que cuando estaba en el colegio ya tenía una amplia colección personal y que esa colección fue la que la arrastró a un gremio que nunca le fue desconocido: la botánica.

La Biología con énfasis en Botánica que estudió en la Universidad del Valle le abrió las puertas del CIAT (Centro Internacional de Agricultura Tropical) cuando cursaba séptimo semestre. La llevó a Estados Unidos para hacer una especialización en microscopía electrónica, virología y biología molecular en la Universidad de Florida, en Gainesville. La que unió su camino con el de su esposo Juan Carlos Uribe, y la que le dio luces para crear juntos, en 1986, un laboratorio, un vivero y una tienda que se abriría paso en función de un título que estaba amarrado con dos corazones y una misma afición: Orquídeas del Valle.

Empezaron con los ejemplares personales de cada uno; con un vivero de 8 metros por 12, en Ginebra, un pueblo cerca de Cali; con algunos instrumentos para el laboratorio; y con una tienda que tenía cinco plantas y un cliente. No fue un camino fácil, pero sí muy bello: aunque la empresa fue (y es) de los dos, y aunque Juan Carlos siempre ha sido un apoyo para Andrea, fue ella la que se metió de lleno en su manejo, la que viajaba constantemente a dictar charlas, la que fue miembro del International Orchid Committee (un grupo que asesora al mundo orquideológico en temas de nomenclatura, conservación e investigación), y del Site Sellection Committee, (entidad encargada de escoger la sede para el Congreso Mundial de Orquídeas). Ella dice que "lo más bonito de los 30 años de trabajo en conjunto fue haberlo creado con mi esposo, haber visto a mis hijos ayudarnos, haber generado empleo, porque eso es lo que necesita este país, empleo, y ver que nuestros trabajadores han crecido con nuestro proyecto".

Hoy Orquídeas del Valle está lejos de ser el emprendimiento pequeño que un día fue: tienen entre 3.000 y 4.000 metros cuadrados de vivero en diferentes sitios (Ginebra, la vía al mar y Cali), una tienda principal que está ubicada en la casa del abuelo de Andrea, es decir, en la casa donde se gestaron y vieron la luz todos sus sueños, y el título de ser la mayor exportadora de orquídeas del país. Cuando le pregunté a Andrea qué será de la empresa sin ella, me respondió que es un tema al que no le ha dedicado tiempo: "acabo de cumplir 60 años y me siento de 15, siento que todavía tengo fuerzas para seguir trabajando, ¿qué va a pasar en un futuro? No lo sé". Y nada más. Quién sabe si Erich Barth, en su momento, supo que su nieta haría florecer sus orquideas.

 

últimas noticias

El amor en blanco y negro