Yorleyvi Palacios, la fuerza del perdón

La historia de una chocoana de 32 años que fue víctima de violencia sexual y desplazamiento, pero fue capaz de perdonar.

Primera entrega de la Alianza Unidad para Víctimas y Cromos.

 

Por: César A. marín cárdenas  /  Fotos  felipe suárez

 


Yorleyvi Palacios nació en una comunidad negra del Alto Baudó (Chocó) en 1985. Un año en el que casualmente se estrenó una de las películas más conocidas sobre los derechos de los afro y la tragedia que viven para defenderlos: El color púrpura, de Steven Spielberg, que recoge el drama de Celie Johnson, una adolescente negra, violada por su padrastro, que lucha por recuperar a sus dos hijos, arrebatados por una institucionalidad discriminatoria de las personas por su color de piel. 

 

Yorleyvi comparte con Celie la tragedia del abuso sexual. Tenía apenas 13 años cuando fue violentada por un hombre cuyo único poder era el de la fuerza de su arma y el brazalete de la organización ilegal a la que pertenecía. Fue en los alrededores de Nauca, el pueblo ribereño que hasta ese momento guardaba los recuerdos de la infancia de una chocoana normal, con necesidades como la mayoría, pero construida a partir de juegos y fugaces momentos de satisfacción. 

 

Desde ese día, la vida de esta joven cambió para siempre. A las heridas profundas de la violencia sexual pronto se sumaron nuevos dolores. La guerra entre el Estado, las guerrillas, y los paramilitares anidaron en este puerto sobre el río Baudó. Entonces creció la presión de la violencia, las amenazas contra ella y su familia por todo lo que había visto y vivido los obligaron a dejarlo todo e iniciar un nuevo drama: el viacrucis del desplazamiento forzado. Una realidad que tocó a poco más de ocho millones de colombianos. 

 

Corría 1999, uno de los más violentos en la historia del país por la expansión del paramilitarismo y el auge del fallido proceso de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc. La familia Palacios Arango buscó refugio en otra cuenca del rico Chocó, a orillas del Atrato. Allí se diluyeron sus miedos y mitigaron sus dolores. Pero sus corazones continuaban atados a Nauca, y a mediados del 2001 decidieron volver al río donde derramaron sus lágrimas. 

 

Y allí, nuevamente, la desdicha los alcanzó. Otro violento, con el mismo odio pero diferente rostro, asesinó al esposo de su madre, Elio Marmolejo Rivas. Al Baudó cayeron sus lamentos y sus encabritadas aguas los volvieron a llevar lejos. Esta vez fue la frenética Quibdó la que les dio abrigo. Como cientos de colombianos llegaron sin nada, con una mano adelante y otra atrás, como dice el refrán popular.  “Los primeros días, viviendo donde mis tías, todo estuvo bien, pero al mes ya nos sentíamos hacinados, ajenos, incómodos. Mi padrastro había dejado en Quibdó un lote. No tenía casa ni nada construido, así que montamos un techo y allí nos fuimos a vivir”, recuerda Yorleyvi.

 

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Yorleyvi Palacios nació en el Alto Baudó (Chocó) y a los 13 años fue víctima de violencia sexual. Después vivió el desplazamiento, pero logró superar los dolores y salir adelante. 

 

Y como en toda familia de desplazados, el arte del rebusque hizo su aparición. Vivieron del pastel chocoano –una especie de tamal–, de vender plátanos, bananos o borojó. “Siempre he tenido alma de emprendedora. Así que al tiempo estudiaba y trabajaba para poder ayudar a mi mamá. Incluso algunas veces tuve que suspender mis estudios para ayudar más. Hoy me siento orgullosa del rumbo que hemos tomado cada una. Nos capacitamos y aunque fue con las uñas, le apostamos a salir adelante por el camino legal, porque de nada sirve en la vida enfrentar tantas adversidades si lo que se consigue está manchando a otras personas o pasando por encima de ellas”, señala.

 

La vida siempre va encontrando su cauce, como los ríos del Chocó, y el amor sana las heridas del trasegar tortuoso. Yorleyvi se casó, tuvo dos hijos y se acostumbró a la vida de ciudad. Terminó el bachillerato, adelantó estudios técnicos en atención hospitalaria, desarrollo comunitario y sistemas en el Sena. Y asumió el reto de romper el silencio de lo que le había ocurrido. Por todos los rincones del departamento se oía hablar de una Ley de Víctimas que reconocía a quienes, como ella, habían sido violentados en medio del fuego cruzado. 

 

Así que se registró como víctima y se acogió a la Ley 1448 del 2011, a los beneficios que esta les otorga. “El año pasado recibí la indemnización por parte de la Unidad para las Víctimas, y con ese dinero compré unas baldosas que hacían falta para la casa, arreglé el galpón para mejorar el negocio de engorde y venta de pollos, le di una plata a mi mamá por todo lo que nos ha dado, compré una moto y pagué mi semestre de la universidad. Estoy en la mitad de la carrera de Psicología en la Uniclaretiana”, agrega.

 

Lo que aprendió en las ventas ambulantes, su habilidad para relacionarse y la fuerza de su carácter, han engordado su proyecto de pollos. Cuando habla de su negocio se ve el brillo en sus ojos, se siente orgullosa de cuidar la vida y de vivir de ella. “Uno los compra pequeños y los alimenta por 40 días. En ese momento ya están listos para sacarlos al comercio. En mi caso tengo una clientela que me está llamando cada vez más. Me pide uno o dos pollos semanalmente”.

 

Pero lo más importante de su proceso con la Unidad para la Víctimas no ha sido el apoyo económico. Para Yorleyvi, como para la mayoría de víctimas de violencia sexual, lo más importante ha sido el proceso de sanación emocional.  “Este programa de tres meses fue muy bonito y me sirvió para poder sanar. Cuando empecé no era capaz de contar lo que me pasó, ahora lo asumo como una fuente de fuerza para vivir. No digo que ha sido un proceso fácil, pero sí puedo afirmar que me ha hecho más fácil la vida. El dinero ayuda, pero si uno no se ha curado de sus dolores, no puede desarrollar sus sueños”.

 

Y precisamente este deseo de sanación y perdón es el mensaje que quiere darles a los colombianos cuando ha pasado un año de la firma del Acuerdo de La Habana: “El proceso de paz es lo mejor que le ha pasado a Colombia porque la guerra no ha dejado nada bueno, y si este proceso es serio, podemos cambiar la historia del país”. Y agrega: “Perdono a mis victimarios porque no voy a cargar con eso toda la vida. Decidí sanar mi corazón y vivir en paz conmigo misma y con quienes me hicieron daño. Para qué quedarse con ese resentimiento toda la vida”.