Vuvuzelas Wines

Sudáfrica nos tiene pensando en fútbol. Pero los amantes del vino podrán sentirse seguros de encontrar en la oferta proveniente de dicho país ejemplares que no los defraudarán.

El ensordecedor y penetrante sonido de las vuvuzelas nos ha puesto de presente, en medio de la actual justa futbolera mundial, que existen hábitos de gran arraigo y trascendencia para los locales y de extraño y a veces chocante impacto para los occidentales, en medio del más universal de los deportes populares.

Pero más allá de los goles, las figuras internacionales y el zumbido de las cornetas plásticas, Sudáfrica esconde, desde hace tres siglos, otro tesoro invaluable y cada vez más reconocido por los consumidores de todos los continentes: sus muy particulares vinos. Igual o más significativo es que los viñedos sudafricanos figuran entre los más idílicos y espectaculares del mundo, lo que da lugar a rutas turísticas únicas e irrepetibles, no sólo por su belleza, sino por el carácter ecológico de su manejo.

Si bien América fue el primer gran destino en la historia de la expansión de la bebida por fuera de las fronteras mediterráneas, Sudáfrica fue el segundo, mucho antes que Australia y Nueva Zelanda. La llegada de la cultura enológica al Cabo de la Buena Esperanza coincidió con el establecimiento de la llamada Dutch East India Company.

Ese lugar se convirtió en punto de reabastecimiento de los barcos que recorrían la ruta hacia India y el Lejano Oriente. Mucho antes de que Sudáfrica creara sus cimientos como nación, la zona ya se distinguía por la calidad de sus vinos. El primer gran impulso de la vitivinicultura sudafricana estuvo a cargo del gobernador Jan van Riebeeck, quien plantó, en 1655, los primeros viñedos con uvas procedentes de Europa.

Cuatro años después, Van Rieebeck lanzó sus primeros vinos, que tuvieron relativo éxito. Más tarde, en 1679, se produjo un gran avance cuando Simon van der Stel, el reemplazo de Van Riebeeck, puso pies en Ciudad del Cabo. Van der Stel dominaba el arte de la vitivinicultura y lo aplicó con esmero. Sus primeros vinos, elaborados en la Finca Constancia, se convirtieron, en muy poco tiempo, en verdaderas luminarias internacionales. Aún hoy los vinos de Constancia figuran entre los grandes vinos de la historia de la bebida.

No obstante los importantes avances logrados por Van der Stel y los colonos holandeses que seguían llegando a Sudáfrica, carecían de la experiencia suficiente para llevar el proyecto a buen puerto. Fue con la llegada de los hugonotes franceses, hacia 1690, que la vitivinicultura sudafricana floreció de una vez por todas. En el siglo XIX, la ocupación británica de Ciudad del Cabo trajo una corta prosperidad, lo que garantizó el principal mercado de exportación, es decir, Inglaterra. Los londinenses, en particular, consumían todo el vino que les llegaba, y la declaratoria de guerra entre Francia e Inglaterra les había generado una aguda escasez.

A comienzos del siglo XX, y para darle estabilidad a su actividad, los viñateros sudafricanos se organizaron en cooperativas y sentaron las bases de la actual y próspera producción vitivinícola. La tradición europea y la variada topografía del país, acompañada de interesantes microclimas, ha transferido a los vinos un gran sentido de diversidad, tanto en materia de variedades, como de tipos y estilos. En la actualidad, la mayor parte de los viñedos y bodegas se encuentra a poca distancia de Ciudad del Cabo. Las zonas productoras más conocidas, como Stellenbosch, Constantia, Paarl, Durbanville, Elgin, Darling, Heldelberg, Wellington y Franschoek, están a una hora de distancia por vía terrestre.

Muchas de las zonas han establecido rutas del vino, que se distinguen, además, por una oferta gastronómica interesante y variada. En términos generales, la producción se divide, casi en partes iguales, entre vinos tintos y vinos blancos, aunque estos últimos han tenido muchos más adeptos. Existen más de 4.000 viticultores, quienes envían sus uvas a cerca de 600 bodegas productoras.

La variedad tinta sudafricana por excelencia es la Pinotage, un cruce entre Pinot Noir y Hermitage (o Cinsaut) que se consagró a partir de los años 90 como cepaje capaz de generar vinos complejos y estructurados. Otra variedad tinta, destacada y apreciada, es la Syrah, y dentro de los blancos habría que destacar la Chenin Blanc, que, además, ocupa la mayor cantidad de hectáreas cultivadas. La Sauvignon Blanc, igualmente, produce vinos cada vez más sorprendentes. Por estos días, uno podría atreverse a afirmar que, en los próximos años, las principales etiquetas de los vinos sudafricanos harán tanto ruido en los mercados internacionales como las vuvuzelas del Mundial.

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