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El Mundial Femenino del 75: el baloncesto colombiano se muestra al mundo

Un torneo histórico convirtió a Colombia en escenario de las mejores jugadoras del planeta y dejó al descubierto las carencias y sueños de un deporte que hoy sigue buscando su lugar.

Fernando Camilo Garzón

06 de agosto de 2025 - 07:48 a. m.
Las páginas de El Espectador, en 1975.
Foto: El Espectador
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Entre septiembre y octubre de 1975, Colombia fue el epicentro del baloncesto femenino mundial. Cali, Bogotá y Bucaramanga abrieron sus puertas al VII Campeonato Mundial de Baloncesto Femenino de la FIBA, el evento de mayor envergadura que haya organizado, hasta esa fecha, el país en la historia de este deporte.

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Sin embargo, lo que debía ser el punto de partida para un desarrollo sostenido terminó como un testimonio de promesas rotas, desinterés institucional y una historia que, medio siglo después, sigue repitiéndose: el baloncesto femenino colombiano, sin estructura, sin financiación y sin liga profesional, resistió con dignidad, pero nunca recibió el respaldo que merecía.

Colombia clasificó automáticamente como anfitrión. Era un equipo joven, de baja estatura promedio, armado a contrarreloj, pero con una actitud desafiante que sorprendió a propios y extraños. En un amistoso previo al inicio del torneo, las colombianas cayeron apenas por tres puntos ante Italia (68-65), la tercera mejor selección de Europa. Fue un partido sin control oficial, pero que sirvió de radiografía técnica: Colombia compensaba su desventaja física con velocidad e intensidad, aunque debía corregir sus excesivas faltas en la presión defensiva. Nancy Nieto, la estrella local, fue la gran figura, liderando con carácter a un grupo que poco a poco perdía el “temor a los grandes”.

El debut oficial de la selección nacional fue contra Corea del Sur, en el Coliseo El Pueblo de Cali, y el golpe de realidad no tardó en llegar: las coreanas, consideradas las más veloces del mundo, aplastaron a las anfitrionas con una exhibición de precisión milimétrica. Pero más allá de las derrotas, el equipo tricolor dejó huella por su entrega. Contra la Unión Soviética, el equipo más dominante de la época, Colombia se plantó en la cancha con la única estrategia posible: rotar el balón hasta agotar los 30 segundos de posesión y defender con el corazón. La derrota fue inevitable (92-34), pero el público ovacionó a las locales, reconociendo la valentía de medirse ante un gigante que contaba con Uliana Semiónova, la pivot de 2,13 metros que desafiaba la lógica del baloncesto femenino.

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En Bucaramanga, la pasión desbordó las graderías del Coliseo Vicente Díaz Romero. Aunque la ciudad no acogió partidos de Colombia, su afición adoptó como propias a selecciones como Japón y México, creando atmósferas inolvidables. Fue allí donde Japón protagonizó una de las grandes gestas del torneo al derrotar a Estados Unidos 73-71, en un partido de infarto que terminó con la afición gritando “Nippon, Nippon” como si se tratara de locales. La cultura, la disciplina y la estética del baloncesto femenino sedujeron a una ciudad que, desde los años 20, respiraba este deporte gracias a pioneros como David Martínez Collazos.

El Mundial de 1975 no solo fue un campeonato, sino también una vitrina para la narrativa de David contra Goliat. Mientras la URSS seguía arrasando a sus rivales con un baloncesto de aplanadora, Colombia protagonizó uno de los partidos más recordados de su historia al vender cara su derrota ante Italia. Las locales resistieron durante gran parte del encuentro, con Nancy Nieto anotando 34 puntos y liderando a un equipo que, pese a las limitaciones tácticas, puso en aprietos a las europeas. La descalificación de la italiana Wanda Sandon por una agresión a Patricia Torres encendió al público, que terminó despidiendo a Colombia de pie, como si hubiese ganado.

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El Mundial cerró con la URSS alzando su quinto título consecutivo, Japón como subcampeón moral tras un torneo inolvidable, e Italia relegada al cuarto lugar en un dramático cierre. Para Colombia, el séptimo lugar no significó un título, pero sí la sensación de que, con apoyo y estructura, se podía construir un camino. Nancy Nieto fue la gran figura nacional, finalizando como la séptima máxima anotadora del torneo con 124 puntos, a pesar de haber jugado menos partidos que sus rivales directas.

Sin embargo, la efervescencia de las tribunas no se tradujo en proyectos sostenibles. Pasado el Mundial, el baloncesto femenino colombiano volvió a su cruda realidad: sin liga profesional, sin un sistema de formación y con una Federación que, salvo momentos puntuales, nunca priorizó su desarrollo. Aquella generación quedó en el recuerdo como un símbolo de resistencia y dignidad, pero no como el inicio de un proceso estructurado. El Mundial de 1975 fue un oasis, una ilusión colectiva que se desvaneció al apagarse las luces de los coliseos.

Hoy, casi 50 años después, el panorama no es muy distinto. La selección femenina sigue compitiendo sin una liga profesional que la respalde, los proyectos de desarrollo son frágiles y esporádicos, y la financiación estatal es mínima. Sin embargo, la pasión y el talento sobreviven. La historia de 1975 se mantiene como un testimonio latente de lo que pudo haber sido y no fue, pero también como una inspiración para nuevas generaciones que, a pesar de la adversidad, siguen soñando con cambiar el destino del baloncesto femenino en Colombia.

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