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Eliminatorias en Suramérica

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Jorge Tovar
08 de marzo de 2021 - 02:00 a. m.
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El fútbol suramericano está pasando por una crisis sin precedentes. El subcontinente no celebra la victoria en un Mundial desde 2002. Una generación entera no ha visto jamás a un país de la Conmebol levantar el trofeo más importante del mundo del deporte. A nivel de clubes la crisis es aún más profunda. Lo que antes era motivo de orgullo, hoy es motivo de vergüenza.

La última vez que un equipo de Conmebol fue campeón del Mundial de Clubes fue en 2012. En las ocho versiones que se han disputado desde entonces, en la mitad de ellas la final contra el campeón de la Uefa no fue más que un sueño. En la más reciente edición ni siquiera ganaron la final de consolación. Más abajo no quedaron porque por historia, que no por presente, el campeón de la Copa Libertadores entra directamente a semifinales.

En 2018 el orgullo, si algo nos quedaba, se evaporó por completo. La final de la Copa Libertadores no se pudo jugar en nuestro territorio. Más allá de culpables, especificidades y culpas, lo que realmente ocurrió en esa final River-Boca fue la demostración de nuestra incapacidad para vender nuestro mayor patrimonio deportivo como símbolo de desarrollo cultural. El partido decisivo se tuvo que jugar en Madrid. Allá llegamos con fútbol pobre y cabeza gacha.

Ahora, con motivo de la próxima jornada de las eliminatorias de cara al Mundial de Catar, el mismísimo presidente de la FIFA, Infantino, llegó a plantear jugar las eliminatorias suramericanas en Europa. La justificación, evidentemente, pasa por el gran número de jugadores suramericanos que juegan en el Viejo Continente, y la dificultad del viaje a Suramérica.

Hace solo unos años plantear tal cosa sería recibido hasta como una ofensa. Hoy día nuestro fútbol pesa tan poquito, que nos proponen llevar al exterior la única oportunidad de disfrutar en territorio nuestro de los mejores futbolistas nativos.

Afortunadamente, en esta ocasión Conmebol hizo lo correcto y decidió aplazar la jornada eliminatoria antes que llevar el espectáculo a otro continente. La decisión, seguramente, no se debió a razones futbolísticas ni tampoco entendiendo que nuestro orgullo futbolístico está por el piso. Mover el activo más preciado de Conmebol a Europa debía implicar unas pérdidas millonarias. El resultado es igualmente deseable.

Pero la situación saca a flote nuevamente el problema estructural de nuestro fútbol. La pandemia, que afecta a todo el mundo, impacta proporcionalmente más en aquellos sitios menos preparados. El fútbol suramericano es uno de ellos. Somos dependientes del fútbol europeo. Una de las alternativas, jugar con los futbolistas inscritos en ligas Conmebol, resultaría en equipos de nivel secundario, cuando no terciario. Nuestros grandes cracks están viejos. No hay siquiera candidato para reemplazar a Messi, Neymar, Suárez, James o Sánchez. En nuestras ligas no hay jóvenes talentos que se parezcan a estos a su edad. La institucionalidad del fútbol suramericano debería sacar lecciones de la pandemia más allá de las obvias. Nos hundimos.

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