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La fugaz grandeza de Chelsea

Ahora que Abramóvich, dueño de Chelsea, está en problemas con el gobierno británico, la prensa mundial nos ha recordado que en 2003 compró un equipo tradicional de Londres, pero pobre en títulos. Lo de Chelsea ha sido un sueño que se ha repetido mil veces en la historia del fútbol. Un mecenas que llega, ilusiona y termina volando no es novedad.

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Jorge Tovar
15 de marzo de 2022 - 02:00 a. m.
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Cuando el ruso llegó al Chelsea, apenas una liga inglesa se veía en la vitrina. Se va como campeón de Europa y del mundo. Lo inimaginable cuando a comienzos del siglo XX Chelsea fue casi motivo de mofa en la prensa española porque pretendía hacerse con una de las estrellas del Real Madrid: Raúl González.

La historia del fútbol es de adinerados que a través de la pelota buscan el reconocimiento social que creen merecer. Así nació el balompié, y así crecieron muchos equipos. La FIAT, la familia Agnelli en Italia, hicieron grande a la Juventus de Turín. Inter, con la plata de la refinación de petróleo de Angelo Moratti tuvo una gran época entre 1962 y 1967, copas de Europa y Scudettos incluidos.

No es extraño que la salida de los grandes magnates deje a los equipos a la deriva. Moratti salió de Inter poco después de perder la Copa de Europa de 1967 ante el Celtic de Glasgow. Inter volvería a ganar la Champions hasta 2010, bajo el mando del hijo de Angelo, Massimo.

En Colombia, los magnates no han faltado, algunos de perversa procedencia. Los años de gloria de Millonarios en los 80, y de América por un tiempo aún más largo, terminaron con la casi desaparición del equipo azul de Bogotá, y con el rojo de Cali en la segunda división.

Las historias de propietarios multimillonarios no dejan un patrón claro. Pero si se pregunta uno qué equipos en Europa han sido grandes sistemáticamente desde los años 50, la respuesta es solo uno: Real Madrid. Desde los 70, Bayern Múnich. En el caso alemán, el 75 % del equipo es propiedad del mismo club. Son más de 200.000 socios. En el caso de Real Madrid, son los socios quienes gobiernan el equipo. Esta estructura, tan criticada hace 30 años, que incluso llevó a muchos equipos a convertirse en sociedades anónimas, quizás, a la larga sea la mejor.

Se requiere, por supuesto, cierta profesionalidad de la dirigencia, pero garantiza un sentido de propiedad que no se tiene con los mecenas. Aún no es claro si Abramóvich va a cobrar los miles de millones de euros que metió al Chelsea. Lo que parecía un regalo, es ahora un préstamo. Incluso, cuando el mal manejo los hunde, como sucedió con el Barcelona de Bartomeu, la grandeza social del equipo es la llave para sacar la nave adelante.

Madrid y Bayern seguirán por décadas destacando en Europa. Sabemos que, como Chelsea, City y PSG tienen fecha de expiración.

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