¡Apaga y vámonos!

Tras la victoria de los Yanquis ante los Azulejos de Toronto, el sábado, Mariano Rivera igualó a Trevor Hoffman en el récord de juegos salvados en las Grandes Ligas.

Mariano Rivera había llegado a su rescate 600 cuando los Yanquis de Nueva York vencieron 3-2 a los Marineros de Seattle. En aquel momento, el panameño quedaba a sólo un juego de igualar el récord de Trevor Hoffman, el cerrador que ostentaba la marca de más salvados en la historia del béisbol de las Grandes Ligas.

Rivera intentaría lograrlo unos días después, al enfrentar a los Azulejos de Toronto. No le alcanzó. Los Bombarderos del Bronx perdieron 5-4 y sumaron dos derrotas consecutivas. Pero el sábado, y también frente a la organización canadiense, el panameño lo hizo: tras la victoria de su equipo, el cerrador igualó el récord de Hoffman. Las maneras fueron elegantes, casi perfectas: ponchó a Colby Rasmus, al comienzo de la novena entrada, y retiró a Brett Lawrie y al jardinero Eric Thames. Alex Rodríguez, el tercera base dominicano, le dio un emotivo abrazo.

El camino, que nunca fue fácil, había comenzado en Panamá, con una postal típica de la pobreza en el Caribe: cartones como guantes, palos de escoba como bates y el béisbol como vida, como ilusión. Rivera decidió no seguir los pasos de su padre, un pescador, cuando estuvo a punto de voltearse en un bote.

“Era un trabajo demasiado duro para mí”, confesaría luego de mucho tiempo.

Rivera sería contratado por los Yanquis en 1990, pero sólo debutaría tras su quinta temporada en las Ligas Menores, en 1995. Al año siguiente, el panameño ganaría la Serie Mundial. “No me daba cuenta de lo que estaba haciendo. Sólo estaba feliz de estar en las Grandes Ligas”, admitiría al recordar aquella época.

Vendrían otras series mundiales, otros tantos Juegos de las Estrellas (una docena) y ser el Jugador Más Valioso del Clásico de Otoño de 1999, cuando ya había demostrado de lo que estaba hecho y era conocido con un apelativo que hablaba de su efectividad cerrando los partidos: apaga y vámonos. Con el correr del tiempo, el panameño afirmaría su vigencia y su capacidad de reinventarse. También, y tras descubrirlo accidentalmente en 1997, impondría una marca registrada: el cutter, esa bola rápida, serpenteante, que se convirtió en su firma y arma más poderosa.

Más allá de todo eso, para el panameño parecen quedar retos. Los Yanquis están muy cerca de clasificar a la postemporada y, a sus 41 años, Rivera no quiere perdérselo. Podría ser su sexta Serie Mundial y su paso definitivo a la historia grande del béisbol. Tal vez no sea tiempo de apagar e irse.