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hace 2 horas

El Dios, la adrenalina y yo

La autora del texto cuenta cómo es la experiencia de ser la novia de un automovilista. Dice que el auto está en el medio de la relación y es como un dios.

Archivo familiar.

Soy parte de un equipo frenético, he conocido de cerca muchas profesiones, he aprendido de mecánica, psicología, fisioterapia, he sido relacionista pública y hasta he ejercido de pitonisa. Me he convertido en una pequeña parte de la piedra angular donde empieza la historia de Andrés Méndez, un joven piloto a quien conocí unos años atrás en una tarea de periodismo para la universidad. Un hombre que me ha hecho vivir la vida a las carreras, involucrarme en un deporte de “locos”, una pasión que viven personas que ríen y lloran como nosotros, personas de carne y hueso que sienten no sólo adrenalina, sino también nostalgia.

Aprendo todos los días a festejar su felicidad y a ser su mejor compañía en la derrota, a ser escuchada, pero más a saber escuchar, a recibir críticas y elogios, que aunque no son para mí, los siento como propios He aprendido a conocer a quienes se acercan con sinceridad y a quienes se acercan por “diplomacia”, a quienes les agrada el triunfo y a quienes les corroe, a quienes critican constructivamente y a quienes sólo buscan generar daños.

Andrés termina una de sus grandes competencias automovilísticas en el legendario continente, baja de su auto y lo primero que hace es llamarme, le tiembla la voz y casi puedo ver sus lágrimas. No le ha ido muy bien, una falla con el carro no lo dejó tocar el podio, tuvo una penalización, el comentarista narra de manera prejuiciosa un sobrepaso que hace el piloto y el primer comentario que aparece en sus redes en cuanto a la carrera es de un extranjero que dice: “Al final terminaste último, eres un paquete”. Leer esto genera impotencia, no se puede utilizar el título de “periodista” o “aficionado” para hacer ultraje y humillación.

Me he vuelto dos personas a la vez, pues si me enojo debo aprender a domar mis demonios, a veces me siento tan responsable de su resultado que cuando triunfa me siento como él y en cada fracaso me duele incluso más que a él. He aprendido a valorar las pequeñas cosas de este deporte, he visto de cerca varios casos donde el sueño se ha visto frustrado, incluso más por el mismo público que por el rendimiento del piloto.

El auto siempre ha estado en la mitad de mi relación, no se habla mal de ÉL, con mayúscula, como si fuera un dios. No se discute por el tiempo que Andrés pasa a su lado, no se piden explicaciones de por qué lo consiente más a él que a mí, no se pelea porque suba fotos en ÉL; en pocas palabras, el auto y la pista siempre serán “la otra”. “La otra” es mi aliada también, a quien le hablo y le digo en cada válida: “Vamos, no te me vayas a varar, tú cuídalo en la carrera, que yo lo cuido cuando se baje”.

Vivir el mundo también a las carreras es una virtud que sólo pocos tenemos, pisar el asfalto de una grilla y sentir cómo parte de tu vida va sobre cuatro llantas a más de 280 kilómetros por hora, eso es verdaderamente un lujo. Pocos conocemos de cerca este deporte en el que se entrega el alma y se arriesga la vida, en el que un grupo selecto es aficionado y en el que la vida de valientes depende de una mala maniobra.

El automovilismo visto desde este ángulo se ha convertido en un deporte donde pocos quieren estar. Para quien desea tocar el escalón de un podio la vida se le vuelve una competencia de obstáculos, y no sólo hablo por los pilotos, en general, su entorno participa en todas las pruebas que recorre el deportista.

Colombia es un país de triunfalismo, de victoria, de ganancia, Colombia es un país donde vale el primer lugar, donde pocos se deleitan con un segundo y tercer lugar, porque desafortunadamente lo que más vende es siempre ser el primero. Se le reconoce al deportista cuando suena el himno en un país diferente al nuestro, se le reconoce y se da mérito al deportista según sus resultados, sin saber que cada día deja un poco de sí en la pista real y en la carrera de los pensamientos que cruzan por su cabeza.

Escucho el sonido de los motores, veo cómo Andrés inicia y se me aguan los ojos, es de no creer, respiro profundo y la verdad no sé si son nervios o es frío, al cerrar los ojos sólo puedo concentrarme en tratar de hacer telepatía con él, no sé si funcione, pero como si fuera una niña creo que el poder de la mente en este caso pueda funcionar, sólo junto las palmas de mis manos y pido a Dios no desprotegerlo. Quisiera escucharlo, pero no puedo hacer más, debo esperar a que su carrera culmine.

Escuchar un coro de motores ha llegado a ser la sensación más sublime que he experimentado en mis 22 años de vida, sólo me deleito mirando al cielo y esperando a verlo pasar por la meta, pocas veces puedo mirar la pantalla con los tiempos y posiciones, los gritos del equipo me lo cuentan todo. Ya no importa el lugar, lo que importa es verlo llegar caminando, sudado, tal vez enojado, temblando, y en el mejor de los casos, bañado en champaña. He presenciado casi todas sus carreras nacionales y algunas de sus carreras internacionales, ha sido como conocer nuevas culturas, además, con olor a gasolina.

Me atrevo a decir que el mayor de los miedos para la novia de un piloto automovilístico y para la familia misma es no verlo en la largada después de que todos han pasado. Una noche fría a finales de diciembre del año 2012 “corrí” mi primera carrera a su lado; el comentarista narró de manera acelerada dos carros que se enfrentaban en la recta. Yo sólo miraba a la tribuna, hasta que escuché un estruendo, ¡es Andy! – gritó su padre, todo esto es nuevo para mí, no sabía qué podía hacer y sólo le pedía a Dios que no fuera nada malo. Efectivamente, nada malo pasó, Andrés se bajó del auto, mientras a éste lo llevaron en grúa. La tribuna lo aplaudió y yo sólo pude sentirme feliz de verlo caminando hacia la zona de pits.

Vivo en un país futbolero hasta la médula, con el corazón colgando en las manos de la guerra y la enemistad, con una historia donde pesa más lo malo que lo bueno, donde nos matamos entre nosotros aun si nuestra selección de fútbol gana, ¿y si pierde? Bueno, prefiero no imaginar, la historia tiene sangrientas cifras al respecto. Estamos acostumbrados a juzgar y a vivir de percepciones, a brindarles buena publicidad a los que en su momento hicieron daños, a llamar héroes a quienes con desprecio nos llaman pueblo y a catalogar como engreídos a aquellos que ondean nuestra bandera y arriesgan su vida por un poco de atención.

La vida siempre está en riesgo, la vida es frágil. Son frases de cajón, pero cuando se es la compañera de un piloto de carreras todo ese vértigo alimenta los latidos de mi corazón y me hace sentir cada momento con verdadera intensidad. Meterme en la competencia, estar en la pista y fuera de ella es adrenalina pura. Vivo el automovilismo en primera persona y eso que casi no sé manejar. Mantengo la esperanza viva pierda o gane, confío en su talento, pero también en mis presentimientos.

Voy en cámara lenta disfrutando el recorrido, dejándome fascinar por el vértigo que siento cada vez que suena el motor, confundiendo los nervios con frío y saboreando en mi mente el dulce sabor de la champaña, porque la champaña siempre sabrá mejor si Andrés está en lo alto del podio.

Andrés Méndez

El piloto colombiano nació el 30 de julio de 1992. Forma parte de una tercera generación de pilotos que buscan una oportunidad en el mundo automovilístico.
Inicialmente quería ser futbolista y es hincha de millonarios. Su primera carrera fue a sus 15 años, en el Autódromo de Tocancipá quedando en tercer lugar. En ese momento se dio cuenta de que quería dedicarse al automovilismo.

Curiosamente, no sueña con llegar a la Fórmula 1, aunque sí quiere vivir del automovilismo. Cuenta con el apoyo de su padre, quien también fue piloto.
A pesar de su corta edad, ha obtenido una amplia experiencia y ha recibido diversos títulos.
Méndez ha corrido en Alemania, Estados Unidos e Italia. Asimismo, ha competido y representado a Colombia en circuitos como Silverstone, Nurburgring y Jerez.
Hoy es parte del Oregon Racing Team.

 

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