El rally más cruel

Una mirada al rally más famoso del mundo que terminó hoy en Lima, después de 9.000 kilómetros, y hasta ahora ha sido esquivo para los colombianos en Suramérica y África.

Desde que se corre (1979) hasta hoy, el Rally Dakar registra 57 muertos, entre ellos 22 pilotos y copilotos y el resto auxiliares logísticos y espectadores. Este año la víctima deportiva fue el argentino Jorge Andrés Martínez Boero, de 38 años, al caer de su moto en la primera etapa entre Necochea y Energía. También perecieron Luis Marcelo Soldavini, de 37 años, y su hijo Tomás, de 11 años, quienes se aventuraron a seguir a los competidores en un avión ultraliviano y se estrellaron en la región de Tres Arroyos.

Se le llama “el rally más cruel” por su extensión, exigencia y peligrosidad. Entre los muertos está el creador del París-Dakar, Thierry Sabine, quien cayó del helicóptero en el que sobrevolaba la competencia en el desierto de Malí en 1986. El francés se inventó la épica prueba en 1977 luego de perderse con su moto en el desierto de Libia, durante el rally Abidjan-Niza.

La versión 2012, la tercera consecutiva que se realiza en Suramérica luego de que fuera cancelada indefinidamente por problemas de seguridad en África, incluyó este año 14 etapas desde las playas del océano Atlántico en Mar del Plata, Argentina, atravesando el desierto chileno de Atacama y playas del océano Pacífico, hasta terminar hoy en Lima, la capital de Perú. Participaron un total de 465 vehículos: 171 automóviles, 185 motos, 76 camiones y 33 cuatriciclos, así como pilotos y copilotos de 50 nacionalidades incluidas 11 mujeres.

Una vez más dos colombianos se le midieron a la proeza. El Café de Colombia Dakar Team estuvo integrado por Juan Manuel Linares y Andrés Campuzano, con un carro Nissan Springbok T1, marcado con el número 381. Terminaron la primera etapa entre los 50 primeros, pero en la segunda, el 2 de enero, se estrellaron con una piedra y dañaron el tanque de gasolina y el cardán. Debieron retirarse porque por reglamento de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA) el tanque de la gasolina no se puede cambiar. Linares ya lo había intentado, acompañado por Camilo Perdomo, en la versión 2011, en la que completaron 6 de 13 etapas en un Mitsubishi Pajero, número 429, pero daños mecánicos insalvables los obligaron al retiro entre Iquique y Arica.

En el capítulo África, el más legendario, Colombia también ya pagó la novatada con Fernando Jaramillo, piloto, Ana Cristina Orjuela, copiloto 1, y Ricardo Soler, copiloto 2 y periodista. El recuerdo que tienen es que sufrieron desde el primer día y la conclusión es que en la categoría autos se requieren millones de dólares para ser competitivos. La camioneta Toyota Hilux 4X4 del equipo Café de Colombia era el único vehículo participante no fabricado en Europa. Los jueces franceses se tomaron medio día para revisarla. Después de conseguir patrocinios por 150 mil dólares y transportarla hasta el viejo continente, estuvieron a punto de ser descalificados antes de tomar la partida. No contaban con un sistema de extintores automáticos en la cabina ni en el motor. Después de una intensa discusión técnica les permitieron salir a cumplir su sueño en la categoría T5, sin clasificación ni puntuación pero a través de los mismos 11.300 kilómetros que recorrieron los grandes equipos del mundo.

Decidieron cumplir la promesa de atravesar Francia, España y el desierto del Sahara hasta llegar a la capital africana de Senegal, entre el 1° y el 17 de enero de 2004. Ana Cristina estaba desmoralizada. Sólo recuperaron el ánimo gracias a una leyenda viviente: la alemana Yuta Kleinschmidt, campeona del París Dakar 2001. Se enteró de sus problemas y se acercó a ellos para darles una palmada en la espalda. Les recordó que ella y muchas de las figuras del deporte empezaron así, en el segundo lote hasta abrirse paso hacia el podium. Los colombianos respondieron su gesto regalándole una manilla tricolor de origen wayuú. Una de varias aseguranzas que los indígenas le entregaron al equipo nacional cuando estuvo entrenando en las arenas de La Guajira para sortear las temidas dunas del desierto africano.

Antes del calor pagaron la novatada en una etapa de 400 kilómetros sobre la nieve francesa. La camioneta se deslizaba hacia un lado y otro. El frío era intenso y apenas empezaban a acostumbrarse a la información que les suministraba un sistema GPS y el libro de ruta. Después de siete horas llegaron ilesos. En España ya una veintena de carros se había retirado por fallas mecánicas o accidentes. La emoción mayor empezó cuando atravesaron en barco el estrecho de Gibraltar. Ahora tenían en frente 9.000 kilómetros de arenas movedizas entre Marruecos, Mauritania, Malí, Burkina Faso y Senegal. El calor fue benigno. Nunca superó los 23 grados. En cambio en las noches la temperatura bajó hasta cero grados. En promedio cada día recorrieron 800 kilómetros de desierto en once horas de manejo.

A las seis de la mañana estaban listos para tomar la partida de cada etapa. Recibían la información de los jueces para encontrar una ruta en medio de la nada. No hay más puntos de referencia que dunas y más dunas. En medio de las tormentas de arena buscaban uno que otro árbol, rocas y poblaciones empobrecidas que son los puntos de referencia más importantes. Cada uno de los tripulantes recibió una lonchera diaria con alimentos de sal y dulce y líquidos. Debían tomar no menos de tres litros de agua por cabeza para combatir la deshidratación.

El día más duro fue el 7 de enero. Una jornada de 1.100 kilómetros. Salieron a las 6:00 de la mañana y llegaron a las 2:00 de la madrugada del día siguiente. Se perdieron cuatro veces. Lo más difícil fue navegar de noche entre montañas de arena. Salvaron abismos y milagrosamente no se enterraron ni se volcaron como muchos. La camioneta colombiana, blindada en Bogotá por debajo para proteger el motor los salvó, aunque una piedra alcanzó el radiador y lo rompió. Quedaron varados hasta que un francés y un suizo, participantes en la categoría de camiones, accedieron a remolcarlos durante 190 kilómetros. En medio de la dureza del París-Dakar, la solidaridad abunda.

El daño tuvo al equipo Café de Colombia nuevamente al borde del retiro. Había pagado por asistencia mecánica pero no por mecánicos. Cada uno costaba 20 mil euros más. Fernando, Ricardo y Ana Cristina tuvieron que reparar su radiador a partir de consejos europeos, especialmente del equipo Toyota. Y les funcionó. En la siguiente travesía les llegó el momento de devolver los favores recibidos. Dos de sus llantas de repuesto salvaron del retiro a dos carros del equipo Mitsubishi.

Cumplir con los protocolos de seguridad de la carrera fue muy difícil porque los africanos querían acercarse a la camioneta y a los tripulantes. En Mauritania un grupo de hombres armados con fusiles los detuvo y los obligó a pagar un peaje de 50 euros. El copiloto 2, Ricardo Soler, admite que el sufrimiento de un participante no tiene punto de comparación con el de los habitantes del desierto. Casi todos los días regaló parte de su comida y bebida. Lo terminó pagando el 13 de enero. La deshidratación lo dejó al borde del desmayo. Fueron 550 kilómetros de sufrimiento. “Creí que ese día me moría”, recuerda. Cuando llegó a la meta se lesionó una rodilla bajando de la camioneta. Terminó en primeros auxilios. Pensó en el retiro, pero sus compañeros no lo dejaron desfallecer.

Nuevamente recibieron el saludo de ánimo de verdaderos lobos del desierto como el japonés Iroshi Masuoka, el ganador del rally del 2002 después de quince veces de intentarlo. Otra voz de ánimo fue la del triunfador de ese año, el francés Stéphane Peterhansel, un piloto que ya había logrado la hazaña en la categoría de motos. Tal vez la más sentida amistad que encontraron fue la del chileno Carlos de Gabardo, un motociclista que empezó como los colombianos y ahora completa tres años disputando el título. Todos recibieron las manillas guajiras, libros sobre Colombia y café.

Para que un carro colombiano participe en el París-Dakar con opción competitiva tiene que ser fabricado en Europa con las especificaciones de los favoritos. Un equipo que gana el rally invierte al menos cinco millones de dólares por automotor. Los colombianos reunieron entonces sólo 150 mil dólares en patrocinios. Por eso, coinciden en que haber llegado a Dakar en 2004 fue un milagro. Mientras los colombianos celebraban con la bandera nacional la realización de su sueño, se les acercó la impresionante alemana Yuta Kleinschmidt y les dijo que la aseguranza wayuú la salvó de un accidente fatal. Estar vivo es el mejor trofeo después de terminar el rally más cruel.

(Vea el resultado de la versión 2012 en www.elespectador.com y www.dakar.com)

Homenaje a las víctimas

Pilotos y copilotos víctimas del Dakar:

1979: Patrick Dodin (motociclista)

1982: Bert Oosterhuis (motociclista)

1983: Jean Noël Pineau (motociclista)

1986: Yasuo Kaneko (motociclista)

1988: Kees Van Loevezijn (copiloto de camión) y Patrick Canado (copiloto de auto)

1991: Charles Cabannes (piloto de camión) por un disparo, Laurent Le Bourgeois y Jean Marie Sounillac (piloto y copiloto del mismo auto)

1992: Gilles Lalay (motociclista).

1994: Michel Sansen (motociclista).

1996: Laurent Gueguen (piloto de camión). Al pisar el vehículo una mina.

1997: Jean Pierre Leduc (motociclista).

2003: Bruno Cauvy (copiloto de auto).

2005: José Manuel Pérez (motociclista) y Fabrizio Meoni (motociclista).

2006: Andy Caldecott (motociclista).

2007: Elmer Symonds (motociclista) y Eric Aubijoux (motociclista).

2009: Pascal Terry (motociclista).

2012: Jorge Martínez Boero hijo (motociclista).

Temas relacionados

 

últimas noticias