Los Mauricio Salazar acabaron el Rally Dakar 2019 por los niños con cáncer

Mauricio Salazar Sierra, copiloto del MS2 Team, sufrió en dos ocasiones esta enfermedad. Sueño cumplido para el dúo colombiano luego de los 5.000 kilómetros de recorrido en Perú repartidos en diez peligrosas etapas. El antioqueño Nicolás Robledo, en cuatrimotos, también finalizó con éxito la prueba.

Mauricio Salazar Velásquez (izq.) y Mauricio Salazar Sierra terminaron su segundo Rally Dakar. Cortesía

A bordo de una Volkswagen Amarok V6 doble cabina con tracción en las cuatro ruedas, de 240 caballos de fuerza, 3.000 centímetros cúbicos y motor a diésel iban dos colombianos que por cosas de la vida tienen el mismo nombre y apellido. Pero también estaban montados 275 niños que desde pequeños fueron marcados por esa burda palabra que ningún ser humano quiere escuchar: cáncer.

Una enfermedad que Mauricio Salazar Sierra padeció en dos oportunidades. “El cáncer no es sinónimo de muerte”, dice el copiloto del MS2 Team. Él y su compañero Mauricio Salazar Velásquez llegaron a Lima luego de los 5.000 kilómetros de recorrido en Perú repartidos en las diez etapas abrumadoras del Rally Dakar 2019. Los nacidos en Manizales culminaron la competencia en la casilla 34 a un tiempo de 31 horas, siete minutos y 14 segundos del vencedor de la categoría de coches, el catarí Nasser Al-Attiyah (Toyota).

Y el otro colombiano destacado fue Nicolás Robledo, quien finalizó la competencia a motor más peligrosa del planeta en la posición 14 en la modalidad de cuatrimotos. El otro de los nuestros, Giordano Pacheco, abandonó la carrera en los primeros días por problemas en su moto. 

Es un calvario, el cuerpo dice “basta”, pero la mente y el corazón susurran: “Un día más”. El hambre, el dolor físico y el miedo de coquetear con la muerte pasan a segundo plano. Esos niños son la gasolina —o, más bien, el diésel— de esa camioneta que lleva grabado el número 365 junto a una bandera de Colombia y la frase “Corremos por los niños con cáncer”.

Este fue el tercer Dakar que corrieron los Mauricio Salazar, el segundo culminaron, pues en 2018 fueron forzados a abandonarlo en la penúltima etapa. No tienen el equipo ni el automóvil más sofisticado. Tampoco se iban en helicóptero a un hotel a tomar vino tras las etapas, como los pilotos más renombrados de la competencia. Se quedaron en un modesto campamento atestiguando en vivo y en directo los paisajes intransitados y mejor pintados del universo. Esa vista sin fin, de dunas, de arena.

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Cada una de las jornadas fueron ofrecidas a Dios en acto de agradecimiento por la vida, por los que se fueron, por los que perdieron la fe y por los que luchan por quedarse. “La vida me ha dado una segunda oportunidad... bueno, tercera, y no voy a desaprovecharla. Quiero ayudarles a los demás a cargar esa cruz tan pesada que he tenido que llevar”, dice quien en 2005 tuvo cáncer de testículo. Y en 2010, cuando la enfermedad parecía asunto expirado, sufrió un sarcoma que se alojó entre la aorta y la columna. Caer es permitido, levantarse fue obligado para Salazar Sierra.

“Recuerdo lo primero que me dijo el médico: ‘Mauricio, yo a usted lo voy a llevar al infierno, pero le prometo que lo voy a sacar’. La quimioterapia es algo muy fuerte: llegué a pesar cuarenta kilogramos, pero nunca pensé que me iba a morir. Todo en la vida depende de la actitud que uno le meta a las cosas. El apoyo de Dios y de mi familia fue fundamental”, dice quien corre el Rally Dakar por los niños que sufren la misma enfermedad que él padeció.

Sus notables participaciones han permitido que lograran comprar un lote en Manizales que llevará como nombre Fundación Alejandra Vélez Mejía, que espera atender a 275 niños con cáncer de escasos recursos del país. El sueño de los Mauricio Salazar es acompañarlos, alegrarles la vida, porque cuando hay tristeza, las defensas se bajan, y cuando están felices, se suben. “Mauricio tiene una gratitud especial por la vida. Cada vez que puede, se entrega por los demás sin esperar nada a cambio”, dice Salazar Velásquez. Y Salazar Sierra añade: “Hemos recibido tanto de la vida que uno tiene que devolver. Y no es dar lo fácil; a uno le tiene que costar, hasta que duela. No lo que sobra”.

Cuando llaman a alguno, los dos se voltean. Ya están acostumbrados.Muchos creen que son padre e hijo. “Él me dice nené y yo le digo papá”, agrega entre risas.

En la edición de 2018 se volcaron en dos ocasiones y estuvieron una noche atrapados en una olleta gigante de arena en medio de las dunas peruanas. En la penúltima jornada, cuando llevaban tres días sin dormir, la camioneta sin doble tracción y con el cronómetro como principal enemigo, fueron forzados a dar un paso al costado.

La convivencia es uno de los puntos más importantes del Rally Dakar. Por fortuna, los Mauricio Salazar tienen una amistad con lazos muy fuertes. “Solo hemos tenido una diferencia, fue en el de 2016. Íbamos en una etapa en Argentina por una trocha, lloviendo. Le dije que suave porque había una tierra suelta y nos fuimos de lado, casi nos volcamos y la rueda delantera salió a volar. Llegaron unos argentinos a ayudarnos y yo solté el freno cuando no debía y se nos quedó el gato atrapado en la camioneta. Luego nos montamos muy molestos, no hablábamos. Tras dos kilómetros, le dije: ‘Quedamos 1-1’. Nos morimos de la risa”, rememora Sierra. 

Hay dos Dakar distintos: en un lado están los que corren por ganarlo y en el otro los que luchan por terminarlo. ¿El factor diferencial? El presupuesto.

“Como es una carrera que quiere sacarte, todos los pilotos nos unimos para salir adelante. Se vuelve una prueba de solidaridad y deja de ser competencia. Lo que no pasa con los corredores de punta”, señala Salazar Sierra, quien sigue cumpliendo su sueño de correr la competencia a motor más difícil del mundo por los niños con cáncer. 

Thomas Blanco Lineros- @thomblalin