Mauricio Salazar Sierra y Mauricio Salazar Velásquez

Un Dakar, por los niños con cáncer

La noble motivación de los colombianos Mauricio Salazar Sierra y Mauricio Salazar Velásquez para participar en la carrera a motor más dura del mundo.

La Toyota Hilux doble cabina del MS2 Racing Team. / Cortesía

A bordo de una Toyota Hilux doble cabina con tracción en las cuatro ruedas y motor diésel van dos personas que por cosas de la vida tienen el mismo nombre y apellido. Pero también van montados 275 niños que desde pequeños fueron marcados por esa burda palabra que ningún ser humano quiere escuchar: cáncer.

Una enfermedad que Mauricio Salazar Sierra padeció en dos oportunidades. “El cáncer no es sinónimo de muerte”, dice el copiloto del MS2 Team en su día de descanso del Rally Dakar, acompañado de su tocayo y piloto, Mauricio Salazar Velásquez.

Ha sido un calvario, el cuerpo dice basta, pero la mente y el corazón susurran: “un día más”. El hambre, el dolor físico y el miedo de coquetear con la muerte pasan a segundo plano. Esos niños son la gasolina –o el diésel, más bien– de esa camioneta que lleva grabado el número 363 junto a una bandera de Colombia y la frase “Corremos por los niños con cáncer”.

No tienen el equipo ni el automóvil más sofisticado. Tampoco se van en helicóptero a un hotel a tomar vino tras las etapas, como los pilotos más renombrados de la competencia. Se quedan en un modesto campamento atestiguando en vivo y en directo los paisajes intransitados y mejor pintados del universo. Esa vista sin fin, de dunas, de arena.

Un nuevo día que la dupla colombiana le ofrece a Dios en acto de agradecimiento por la vida. Por los que se fueron. Por los que perdieron la fe. Y por los que luchan por quedarse. “La vida me ha dado una segunda oportunidad... bueno, tercera, y no voy a desaprovecharla. Quiero ayudarles a los demás a cargar esa cruz tan pesada que he tenido que llevar”, dice quien en 2005 tuvo cáncer de testículo. Y en 2010, cuando la enfermedad parecía asunto expirado, sufrió un sarcoma que se alojó entre la aorta y la columna. Caer es permitido, levantarse fue obligado.

En 2016 cumplieron el designio que nunca un colombiano en coches había conseguido: acabar el Rally Dakar. Su notable participación permitió que lograran comprar un lote en Manizales que llevará como nombre Fundación Alejandra Vélez Mejía, que espera recibir 275 niños con cáncer del Eje Cafetero. “Mauricio, tiene una gratitud especial por la vida. Cada vez que puede, se entrega por los demás sin esperar nada a cambio”, dice Salazar Velásquez.

Cuando llaman a alguno, los dos se voltean. Ya están acostumbrados. Muchos creen que son padre e hijo. “Él me dice nené y yo le digo papá”, agrega entre risas. Esas primeras ocho etapas del Dakar han dejado como saldo una noche atrapados en una olleta gigante de arena en medio de las dunas peruanas. Así celebró Salazar Sierra su cumpleaños 52. Durmiendo en el piso y comiendo enlatados hasta que la organización del Rally fue a auxiliarlos a las seis de la mañana para que siguieran de largo a correr la próxima jornada. Luego sufrieron un accidente que no truncó sus aspiraciones de retomar la carrera.

“Hemos pasado muchas dificultades. En la segunda etapa quedamos atrapados muchas horas en un cenicero. Luego en la cuarta nos volcamos. La gente no se imagina lo que es un Dakar, todo está hecho para destruirte y tirar la toalla. Pero con ayuda de Dios vamos a seguir adelante hasta el final. Ya pasamos las dunas, ahora se viene el norte de Argentina”, señala Salazar Sierra.

La novena etapa, programada para hoy, entre Tupiza (Bolivia) y Salta (Argentina), fue anulada por mal tiempo, indicaron los organizadores. Pero no habrá descanso, para los Salazar, quienes deberán trabajar en la puesta a punto de su coche. Todavía queda una semana de lucha.

 

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