Balón, poder y negocios

La federación, con sus ocho presidentes en 110 años de existencia, supera al mismísimo Vaticano, que en igual período posesionó a 11 papas.

El logo de la FIFA en la sede de la organización en Zúrich, Suiza. / EFE
Zúrich es sinónimo de prosperidad y abundancia desde hace ya varios siglos. Sencillamente, la ciudad más rica de uno de los países más poderosos del mundo, símbolo de la banca mundial.

En el centro de la ciudad, una tras otra desfilan grandes boutiques de marcas costosas, intercaladas con sedes de los bancos más poderosos de todo el mundo y hoteles en extremo elegantes. Se adivina rápidamente que en estos locales deslumbrantes se han cocido gran parte de los negocios más prestantes y cuantiosos de la historia financiera mundial.

Por ello, no causa gran sorpresa que, entre los grandes bancos y multinacionales que han decidido instalarse en esta próspera ciudad, se encuentre también la FIFA, la organización más poderosa del deporte más popular del mundo. Definitivamente, Zúrich y la FIFA hacen buena pareja. La gran metáfora del fútbol moderno: balón, poder, negocios y lujos, todos del mismo lado de la acera.

Y por supuesto, donde hay tal poder hay una tendencia fuerte a la corrupción, al amaño, a las dádivas, a los cuchicheos. A los que cierran grandes negocios en esta ciudad les es suficiente con cruzar una plaza para hacer las transferencias necesarias en cualquiera de los mejores y más seguros bancos del mundo. Éstos, como es sabido, hacen gala del célebre secreto bancario suizo y no revelan nunca ni la procedencia, ni los titulares de sus cuentas. Por ello, la mayoría de mafiosos, corruptos y evasores fiscales del mundo tienen cuentas bancarias en esta ciudad.

La sede de la FIFA, esa gran fortaleza, no está situada en el viejo centro histórico, sino en el margen nordeste de la urbe. Queda en un barrio donde los árboles enmarcan las calles y grandes jardines se imponen ante los caminantes. El área ocupada por el organismo internacional hace honor al decoro de Zúrich y no desentona con su glamur y elegancia. Desde que se atraviesa la primera reja automática se entra en una serie de jardines coloridos por un camino empedrado. Poco a poco se avanza descendiendo hasta el edificio principal. Este último tiene una cierta elegancia moderna, evoca a la vez el hermetismo y la pompa de la FIFA. Sendos guardias de seguridad impiden el paso a toda persona ajena.

El mayor representante de este organismo, el gran patrón, Joseph Blatter, encarna perfectamente todo este escenario. No es difícil imaginarlo recorriendo la ciudad en su caravana de autos lujosos, moviéndose a su gusto entre los lobbys de hoteles cinco estrellas, con grandes señores en vestidos de Armani sonriendo a su paso y negociando hasta el más mínimo detalle. No en vano la prensa italiana lo compara con don Vito Corleone, el personaje principal del mítico filme El Padrino, al que no es posible nunca rechazar una de sus proposiciones. Descrito así, parece una caricatura grotesca y, sin embargo, es la sensación que queda después de vivir todo lo que rodea este congreso número 65 de la FIFA.

Antes de la algarabía generada por las detenciones de los delgados el miércoles pasado, se preveía que este congreso sería uno más, un simple trámite para la eternización de Blatter como presidente. Una parafernalia digna de una de esas democracias que parecen más una monarquía que una república. La FIFA, con sus ocho presidentes en 110 años de existencia, supera al mismísimo Vaticano, que en el mismo período posicionó 11 papas.

Pero una vez el escándalo se destapó, algunos pensaron en el fin de la era Blatter. Llegaron a la ciudad periodistas, fotógrafos y redactores del mundo entero. Desde el miércoles en la noche, todos ellos se agolpaban sin cesar en los alrededores del centro de convenciones Hallenstadion, donde se lleva a cabo el congreso, esperando una declaración de algún delegado, o una revelación nueva sobre otros miembros de la federación. Los pocos que se pronunciaron se dividen en dos grupos: los que se muestran indignados ante la corrupción del sistema y que piden un cambio, y los que apoyan todavía a Blatter y que promulgan la falta de pruebas contra el máximo dirigente.

No faltaron los manifestantes que desde ya hace un buen tiempo, antes del arresto de los miembros del comité ejecutivo, se habían dado cita para gritar en inglés “no más FIFA” y “no más corrupción”. Incluso, 50 personas realizaron una representación fúnebre: simulaban ser cadáveres extendidos en el suelo. La escena pretendía recordar a los 1.380 trabajadores de Pakistán, Nepal, Filipinas y Bangladesh que han perdido la vida trabajando en las construcciones en Catar para el Mundial de 2022. De acuerdo con uno de los manifestantes, la FIFA es cómplice de los malos tratos contra los miles de obreros inmigrantes en el país árabe.

Pero todo quedó en protesta. A pesar de todos los hechos conocidos, el reino de Blatter continúa y se adivina que serán cuatro años más de lo mismo. Zúrich seguirá escondiendo los secretos financieros del mundo entero y la FIFA continuará siendo la misma fortaleza intocable que maneja el destino del fútbol mundial.

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Los retos de Joseph Blatter

En su quinto mandato frente a la FIFA, Joseph Blatter enfrenta tres grandes retos. El primero y quizás el más urgente será recuperar la credibilidad perdida, en lo referente a las soepechas de corrupción. La imagen del organismo ha sufrido un fuerte golpe y el dirigente deberá demostrar que las denuncias no son ciertas. El segundo gran reto es mejorar las condiciones de los trabajadores de las obras de preparación para el Mundial 2022 en Catar, que siguen despertando gran preocupación. Amnistía Internacional acusa a Catar de haber faltado a su promesade introducir reformas.

Y, el tercero, sin duda tiene que ver con los patrocinadores. El escándalo planetario ha enfriado el ánimo de los patrocinadores de la FIFA y de la Copa del Mundo. Marcas (Nike, Adidas, Coca Cola, Budweiser) también animaron a la FIFA a tomar medidas y aclarar la situación.