El histórico, Mariano Rivera

El hijo de un humilde pescador de Puerto Caimito, Panamá, se convirtió en el primer pelotero de toda la historia del béisbol de las Grandes Ligas en ser exaltado al Salón de la Fama de manera unánime. Sus marcas respaldan la decisión en las papeletas.

El pitcher panameño Mariano Rivera.AFP

No sabía quién era Hank Aaron. Desconocía qué significaba firmar un contrato con una organización de las Grandes Ligas. A las puertas de su casa, en Puerto Caimito, una pequeña aldea panameña en donde vivía con sus padres, llegó un señor norteamericano, a quien calificaron como un ‘’caza-talentos’’.

Mariano Rivera recuerda en su libro biográfico, ‘’El Cerrador’’, escrito por el periodista Wayne Coffey, que a los 20 años firmó por 3.000 dólares con los Yanquis de Nueva York, a solicitud del buscador de peloteros, Herb Raybourn, y que en vez de ir a los campos de entrenamientos para menores que tiene la novena en República Dominicana, debió viajar directamente a Tampa, Estados Unidos, en donde se encuentran los campos de preparación en la época primaveral.

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Su padre, también de nombre Mariano como él, creyó que su hijo, bien pronto estaría de regreso, para seguirlo ayudando en las faenas de la pesca diaria, como parte del sustento de la humilde familia del pescador de Puerto Caimito, en donde percibía 50 pesos diarios de salario.

Así comenzó lo que, en aquellos primeros días de febrero de 1990, iba a ser la gran prueba de fuego del lanzador panameño Mariano Rivera, exaltado con todos los honores, y con el hecho histórico de ser el primero de todos los tiempos en llegar al Salón de la Fama por decisión unánime de 425 papeletas depositadas por los periodistas, miembros de la organización de escritores del béisbol de las Grandes Ligas.

De la noche a la mañana

Sorprendió bien pronto a los instructores de los Yanquis en las sesiones de entrenamientos, por la forma rápida en que aprendía los secretos del béisbol, y por encima de todo, del comportamiento que debía tener dentro de la organización de un equipo de la Gran Carpa, en este caso, de los Mulos del Bronx.

Caminó rápidamente por las ‘’fincas’’ instructivas de las menores de los Yanquis, y al lado de él, surgieron otras tres grandes figuras, como lo son Jorge Posada, el receptor puertorriqueño; el inigualable torpedero Derek Jeter y el lanzador zurdo Andy Pettitte, llegando a la nómina de las mayores en 1995, estando la novena bajo la dirección de Joe Torre.

Era tanta su clase, su talento y su calidad para jugar sobre los diamantes, que de la noche a la mañana, luego de estar en el grupo de los relevistas del equipo, que Mel Stottlemyre, para entonces el instructor de lanzador del club, recientemente fallecido, encontró en él esa clase de lanzamientos que aun cuando el bateador sepa lo que le van a enviar, pocas veces tropieza de manera contundente la esférica.

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Stottlemyre trabajó incansablemente con él, para moldearlo como un relevista preparador para el cierre del juego, y cuando John Wetteland abandona la nómina de los Yanquis, ya Mel sabía que Mariano estaba listo para hacerse cargo de ser el taponero del equipo, tras una brillante campaña un año antes.

Eso fue en el verano de 1997, cuando ya los Yanquis habían capturado un título de Serie Mundial de 1996 y el panameño hacía parte del club.

Mariano a partir de entonces, se convirtió en un auténtico ganador en el cierre de los partidos de su equipo, y su recta cortada, esquiva hacia afuera para los bateadores derechos pero cerrada para los bateadores zurdos, empezaba a hacer estragos frente a sus rivales de turno.

Impresionantes registros

Entre 1995 y el 2013, Mariano Rivera esculpió la más grande carrera de todos los tiempos para un cerrador en el béisbol de la crema y nata, con impresionantes registros que, con el transcurrir de los años, serán mucho reconocidos y elogiados.

Compiló 652 juegos salvados en su larga travesía por la Gran Carpa, en donde actuó en 952 encuentros, dejando una efectividad de 2.21 de carreras limpias por juego.

Más destacado aún es la marca que deja para las jornadas de postemporada en el béisbol: 42 partidos salvados con la raquítica efectividad de 0.70 carreras limpias por juego.

Convocado a 13 Juegos de Estrellas, el derecho de los Yanquis sumó cinco anillos de Serie Mundial; siete títulos de la Liga Americana; trece títulos divisionales del circuito y obtuvo registros de 25 o más partidos salvados en 15 temporadas del béisbol de las Grandes Ligas.

Todas esas cifras representan, sencillamente, lo mejor que ha logrado un pelotero en la Gran Carpa, muchas de ellas, difíciles de igualar y otras tantas, casi inalcanzables.

Por todo eso, y por muchas otras cosas más, porque además de su calidad beisbolera, Mariano siempre ha exhibido ser un auténtico caballero dentro y fuera de los diamantes, el panameño obtuvo a su favor la totalidad de las 425 papeletas depositadas para ungirlo como nuevo ciudadano de Cooperstown.

Desde 1936, cuando fue creado el Salón de la Fama para el béisbol de las Grandes Ligas, es la primera vez que un pelotero consigue la exaltación con la totalidad de los votos depositados por los miembros de la crónica beisbolera de los Estados Unidos.

Siempre con los Yanquis

Aun cuando Mariano en par de ocasiones estuvo en la lista para ser cambiado a otra novena por parte de los Yanquis, el panameño desarrolló toda su carrera con el uniforme de los ‘’Bombarderos’’ del Bronx, luego de desechar una tentadora oferta de los Filis de Filadelfia de 64 millones de dólares por un contrato a 4 años, en el 2005, lo que le representaban 20 millones de dólares más del que tenía con su club, quizás la más ambiciosa propuesta que recibió en todo su carrera.

Pero Mariano siempre ha sostenido que el dinero es importante, ‘’pero nunca he jugado por dinero’’. Y agrega que ‘’no ha habido ni una sola vez en mi carrera en que vea lo que alguna otra persona estaba ganando y sintiera que yo me merecía más’’.

‘’Eso no me haría ni una pizca de bien’’, sostiene en su libro biográfico, ‘’me dejaría inquieto e infeliz, equiparar mi alegría al tamaño de mi cuenta bancaria’’.

Mariano se convierte en el primer pelotero latinoamericano en llegar a Cooperstown con el uniforme de los Yanquis, pero es el segundo jugador del pequeño país centroamericano en ocupar un nicho en el salón de los inmortales.

Rod Carew, inolvidable guardabases de los Mellizos de Minnesota y formidable bateador, fue el primer pelotero panameño en llegar al Salón de la Fama, exaltación que se produjo en 1991.

Dolorosas derrotas

Los Yanquis perdieron dos Series Mundiales cuando todos los pronósticos los catalogaban con buenas opciones para conquistarlas.

Una de ellas fue la del 2001, precisamente cuando Mariano Rivera aceptó un indiscutible de Luis González, en el séptimo y último desafío del clásico, para que los Cascabeles de Arizona se llevaran la corona de la Cita de Otoño frente a unos Yanquis que venían de ganar cuatro títulos.

Con ese sencillo, Mariano dejó escapar el juego salvado y la opción de que los Yanquis ganaran el título. Pero la jugada fue desafortunada, pues el batazo de Gonzalez salió corto, cuando el campo interior estaba jugando a mitad de camino, en procura de hacer out en el plato y evitar una carrera. Si ese mismo batazo se produce con el campo interior jugando de manera regular, quizás la bola no hubiese caído a terrenos de nadie.

Ya hace parte de la historia.

Con el mismo profesionalismo de siempre y con su don de gentes, Mariano respondió sin alterarse en ningún momento, todas y cada una de las preguntas de los periodistas apenas concluyó ese desafío, que dejó por fuera a su equipo amado de una nueva corona de laureles en las Grandes Ligas.

Y en el 2003, frente a los Marlins de Miami, los Yanquis eran los favoritos para conseguir el título de la Serie Mundial, tras eliminar en una sensacional final a los Medias Rojas de Boston, en la disputa por el título de la Liga Americana, con un cuadrangular de Aaron Boone, actual capataz de la novena, en el undécimo episodio del séptimo y último desafío de la final.

Precisamente en esa final del 2003 frente a los eternos rivales, los Medias Rojas, en ese séptimo juego, Mariano tuvo que laborar en tres episodios, pintando de blanco las casillas para Boston con 48 formidables lanzamientos que dominó por completo la artillería de los ‘’Pati-Rojos’’.

En esa disputa por el título de la Liga Americana, Mariano recibió el honor de ser declarado el Jugador Más Valioso, al permitir apenas una carrera en ocho actos en plan de relevista.

Pero ya Mariano había sido el Jugador Más Valioso, pero de la Serie Mundial del 1999, cuando colgó el último out del cuarto juego del Clásico de Otoño, para completar la barrida de los Yanquis frente a los campeones de la Liga Nacional, los Bravos de Atlanta, aquél 27 de octubre, en el ‘’Yankee Stadium’’. 

Ganando 101 partidos en la campaña regular, los Yanquis contaban con una lujosa nómina para pensar en ganar la Serie Mundial del 2003. Pero los Marlins se crecieron, incluyendo la formidable actuación del entonces novato venezolano, Miguel Cabrera, del joven lanzador derecho Josh Becket, del veterano receptor boricua, Iván ‘’Pudge’’ Rodríguez y Derrek Lee, entre otros destacados jugadores.

‘’Fueron dos derrotas dolorosas, las del 2001 frente a los Cascabeles y la del 2003 ante los Marlins. Pero fue en el 2004 cuando nos dimos cuenta que las agallas triunfadoras que tenía la novena, lentamente se fueron esfumando’’, sostuvo Mariano.

Algunas opiniones

‘’Mariano fue un feroz competidor y un humilde campeón, lo que lo ha convertido en una leyenda del béisbol’’, sostuvo Hall Steinbrenner, la cabeza visible del grupo que tiene la propiedad de los Yanquis, una vez conoció la exaltación del pelotero panameño.

‘’No importa qué tan alto llegó, siempre mantuvo los pies en la tierra y supo manejarse con profesionalismo y clase’’, destacó el gerente general de los Yanquis, Brian Cashman, al referirse a la consagración de Mariano al Salón de la Fama.

’’No hay nadie que vaya a hacer lo que él hizo desde el cuerpo de relevistas’’, dijo Joe Torre, el inmortal dirigente de los Yanquis, quien manejó deportivamente a Mariano, entre 1995 y el 2008.

La última presentación de Mariano con los Yanquis se produjo el 23 de septiembre de 2013, cuando su novena perdía frente a los Orioles de Baltimore en el nuevo ‘’Yankee Stadium’’. Laboró para dos outs en el cierre del octavo y dos más en el noveno.

Joe Torre no salió a removerlo del montículo. Envió a dos de sus grandes compañeros y amigos para hacerlo: Derek Jeter y Andy Pettitte. Derek fue el encargado de pedirle la esférica para enviarlo al banco de juego.

‘’Es hora de irse’’, le dijo Jeter a Mariano, quien respondió con una enorme sonrisa. Pero el estadio de los ‘’Bombarderos’’ estalló en júbilo, proporcionándole una estruendosa y prolongada ovación, viéndose al gigante taponero derramar lágrimas, las que seguramente en otras ocasiones también habían aflorado en su rostro en momentos difíciles, pero esas tantas veces fueron en privado lo que en esta oportunidad fue en público.

‘’Aquí en Nueva York dejo parte de mi corazón’’, confesó Mariano Rivera al despedirse como jugador activo del beisbol y dejar para siempre el uniforme de los Yanquis, con el inolvidable número 42, el mismo que fue retirado el 22 de septiembre de 2013, y el cual inmortalizó el primer pelotero de color en llegar a las Grandes Ligas, Jackie Robinson.

Mariano Rivera es el primer pelotero de todos los tiempos en ser exaltado por unanimidad al Salón de la Fama; es el décimo-segundo pelotero latinoamericano en ocupar un nicho entre los inmortales, y es el segundo panameño en hacerse ciudadano de Cooperstown.

Su nombre se une a los inolvidables Yanquis miembros del Salón de la Fama, como Babe Ruth, Lou Gehrig, Joe DiMaggio, Mickey Mantle, Yogi Berra, Whitey Ford y Reggie Jackson, entre otros. 

Loor a un inmortal. Loor al sempiterno taponero. Loor a un pelotero especial. Loor al jugador y al caballero. Loor a un yanqui de tiempo completo.

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Antonio Andraus Burgos * / Especial para El Espectador

Béisbol

El histórico, Mariano Rivera

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