Kirk Gibson y un cuadrangular memorable con los Dodgers en la Serie Mundial de 1988

El jardinero, quien sufría de molestias en sus piernas, le dio el triunfo a la novena de Los Ángeles en el primer partido del Clásico de Otoño en esa temporada. Esa fue la última escuadra de Los Dodgers que logró el título en las Grandes Ligas.

Kirk Gibson, jardinero de los Dodgers de Los Ángeles, que se coronaron campeones de la Serie Mundial de 1988.MLB

En la temporada de 1988 los Dodgers de Los Ángeles no aparecían como grandes favoritos para ganar la Serie Mundial. El manager Tommy Lasorda tuvo que afrontar varias adversidades. El destino parecía no sonreírles a los californianos, que sufrieron para quedarse con el título de la Liga Nacional contra los Mets de Nueva York. “Nadie creyó que podríamos ganar el banderín”, dijo el manager después del séptimo partido en el que su equipo ganó 6-0 gracias a una magistral salida del lanzador Orel Hershiser. Para el Clásico de Otoño, en el que enfrentaron a los Atléticos de Oakland, Lasorda tuvo que rearmar su equipo debido a las lesiones que sufrieron algunos pilares de la alineación: los jardineros Kirk Gibson y Mike Marshall, el abridor John Tudor y el receptor Mike Scioscia no estuvieron totalmente disponibles. A pesar de los infortunios y ante la incredulidad de muchos, los Dodgers se coronaron campeones por sexta vez.

El gran impulso para el triunfo en esa Serie Mundial fue el cuadrangular de Kirk Gibson en el juego uno. Fue el único turno al bate que vio contra los Atléticos de Oakland debido a un par de lesiones. La primera en el tendón de la corva izquierda y la otra en la rodilla derecha, que se agravaron en la serie contra los Mets. Estas molestias terminaron sacándolo del Clásico de Otoño. Sin embargo, aprovechó al máximo la única oportunidad que tuvo. Conectó un cuadrangular inolvidable para ganar el partido, que se repetirá una y otra vez en la memoria de los fanáticos de los Dodgers y de los seguidores del béisbol.

En ese primer encuentro, Gibson recibió terapias en el gimnasio durante ocho entradas. Los médicos de la organización trataban incansablemente de recuperarlo para la serie. “Si usted está buscando a Kirk Gibson, no lo va a encontrar”, expresó el recordado comentarista de los Dodgers, Vin Scully, cuando la toma de televisión hacía un recorrido por el dugout de la novena de Los Ángeles. El deseo del jardinero era poder ayudar a su equipo y en su cabeza solo rondaba una idea: jugar. No pensaba en nada más. Nunca se le vio la frustración en su mirada, en ella solo se veía el deseo de estar en el terreno de juego.

Las lesiones en ambas piernas le dificultaban caminar. Lo hacía con mucho cuidado, pero en la octava entrada con los Dodgers abajo en el marcador 4-3, los dolores quedaron de lado. De la nada sacó el impulso para levantarse de la camilla, se uniformó y empezó a hacer swings en la jaula de bateo. Cada impulso que tomaba y cada golpe a la pelota le sacaba un gemido de dolor, pero aguantó. A pesar de las molestias creyó sentirse bien, así que le pidió al bat boy (ayudante) que le llevara el mensaje al manager Tommy Lasorda y que estaba listo para entrar a batear si así lo requería. Sorpresa absoluta. 

En la parte baja de la novena entrada salió al dugout por primera vez. “Lo miré y vi que él tenía una actitud especial”, escribió Hershiser en su libro Lanzando a la fama. “Quizá podría batear, pero tenía problemas al caminar. No podía favorecer una pierna porque las dos estaban igualmente adoloridas. Sacó fuerzas de la nada”, agregó el lanzador que en esa Serie Mundial fue el Jugador Más Valioso. El manager recibió el aval de los médicos y Gibson se organizó para salir a batear. Se puso el casco, los guantes y se sentó en el banquillo. Su mirada solo se enfocaba en el terreno de juego mientras sostenía el bate con ambas manos.

Por los Atléticos de Oakland lanzaba el estelar cerrador, Denis Eckersley, quien en esa campaña había logrado 45 salvamentos y apenas había permitido cinco cuadrangulares. Eckersley no sudó para retirar a Mike Scioscia y a Jeff Hamilton. Todo parecía estar a favor de Oakland con esos dos outs. Pero el lanzador se complicó con el rápido Mike Davis. Le dio base por bolas. Lasorda no lo pensó dos veces y mandó a batear a Gibson. La multitud se encendió. Aplausos y gritos se tomaron el Dodger Stadium. Con dificultades el jardinero se dirigió a la caja de bateo y batalló como guerrero contra el mejor cerrador de la época.

El dolor en cada lanzamiento era evidente. Las piernas, tan importantes al momento de hacer swing, estaban abandonando a Gibson quien seguía bateando los pitcheos de Eckersley. En su carrera en postemporada había conectado seis cuadrangulares y tenía 19 carreras impulsadas. Un peligro con el bate, que no daba su brazo a torcer. Sabía que era su única oportunidad en esa Serie Mundial. Le había visto siete lanzamientos al pitcher, en ese último Davis se robó segunda. Solo necesitaba un sencillo para empatar el partido.

Se cogió el casco con la mano izquierda, con la derecha le pegaba a los spikes con el bate para quitarles la tierra. Miraba fijamente a Eckersley, cojeando entró a la caja de bateo, pidió tiempo para sacarse los nervios, respiró y regresó. La cuenta estaba en tres bolas y dos strikes. El cerrador lanzó una recta al centro del plato y el bate del jugador de los Dodgers apareció. Conectó con fuerza la pelota, que voló por todo el jardín derecho y fue a dar a las graderías. Cuadrangular de dos carreras, victoria para los Dodgers 5-4 y emoción en la ciudad de Los Ángeles. Gibson, con una pierna, se encargó de darle la primera victoria en el Clásico de Otoño a los Dodgers de 1988.

@J_delahoz

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