Los insólitos riesgos para el público en un partido de béisbol

Aunque no son casos comunes, sentarse en las sillas detrás del dogout obliga al aficionado a no quitarle el ojo a la bola para no llevarse sorpresas durante el encuentro.

Partido entre los Colorado Rockies y los San Francisco Giants en Scottsdale Stadium. Foto: AFP

Visitar un estadio de béisbol para ver un partido es sentarse a degustar diferentes delicias culinarias. Admirar los batazos de poder, las jugadas de fantasía que hacen los jugadores sobre el terreno. Extasiarse con la labor monticular de un lanzador y de vez en cuando sufrir y juntar las manos en las últimas entradas para que el equipo al que se le hace fuerza revierta el marcador o mantenga la diferencia.

Pero este juego exige concentración total. Incluso a los aficionados. Aquellos que adquieren un boleto detrás de los dogouts (banquillos) para ver mejor a los jugadores, seguir lanzamiento a lanzamiento un partido o quedarse con algún souvenir son los que más riesgos corren si no están pendientes de lo que sucede en el campo.

Fue el caso de Tonya Carpenter. La aficionada, que fue a ver un partido entre los Medias Rojas de Boston y los Atlético de Oakland en 2015, recibió un fuerte golpe en la cabeza de un bate roto. Carpenter se encontraba sentada unas filas detrás en la zona entre el home y la tercera base, cuando el bate de Brett Lawrie (de los Atléticos) se rompió durante un rodado, la parte gruesa salió disparada a las graderías y se encontró con la cabeza de la mujer quien salió del parque en silla de ruedas antes de ser colocada en una camilla.

“Uno trata de tenerla en su mente y de desear que todo salga bien, pero luego debe seguir con su tarea”, dijo el pelotero cuando se le preguntó cómo pudo concentrarse de nuevo después de lo ocurrido. “Ojalá que todo salga bien y que ella mejore. He visto bates que se les escapan a los jugadores hacia el graderío y no pasa nada, pero cuando un bate se rompe así, tiene bordes astillados y cualquier cosa puede ocurrir”.

Otro caso sucedió el pasado sábado en los entrenamientos primaverales de la Florida. En el partido entre los Bravos de Atlanta y los Piratas de Pittsburgh un bate se escapó de las manos del jugador Danny Ortiz (Piratas) y salió a las graderías donde Landon Cunningham, un niño que cumplía nueve años, distraído con un teléfono celular, fue salvado por su padre, Shaun, de ser golpeado. El señor Cunningham extendió su brazo izquierdo y desvió la trayectoria del madero.

Estos son algunos de los riesgos que toman los aficionados cuando van a ver un partido de béisbol, teniendo en cuenta la naturaleza del juego. En 2015 hubo varias situaciones con pelotas que se iban a las tribunas. Una de las más recordadas es el de Keith Hartley, un hombre de 29 años y aficionado de los Cachorros de Chicago, que pudo atajar una pelota mientras alimentaba a su bebé de siete meses.

En un partido entre Dodgers y Cubs una pelota salió despedida del bate de Jason Hammel hacia donde él estaba sentado. En una fracción de segundo Hartley tuvo que reaccionar ante la encrucijada del destino: ¿la pelota o su bebé? Con calma se levantó de su asiento, cargó a su bebé con un brazo y mientras lo seguía alimentando agarró la pelota con su mano derecha, sin guante.

"Sólo trataba de protegerlo", explicó el aficionado, quien dijo que su primera reacción fue evitar que la pelota golpeará en un saliente de la grada y rebotará hacia su hijo. "Creo que quise tocar primero la pelota", dijo al Chicago Tribune.

Es vital no perder la concentración. No dejarse llevar por los aparatos electrónicos y disfrutar del juego cuando se asiste al estadio. La organización de las Grandes Ligas estudió el tema de los bates rotos en 2008 e implementó una serie de cambio a las regulaciones de los bates para la siguiente temporada. Desde el inicio de 2009, las fallas de bates rotos en varias piezas se han reducido en 50%, de acuerdo al vocero de Grandes Ligas, Michael Teevan.

Pese a que decenas de aficionados reciben golpes de pelotas cada temporada, solo se ha reportado una muerte según los investigadores, un niño de 14 años que murió al ser impactado por una pelota de foul conectada por Manny Mota en Dodger Stadium en 1970.