¡Las odiosas comparaciones!

Juan Marichal en su época, cuando la barrera del color apenas se había superado para el béisbol de las Grandes Ligas, fue sencillamente formidable. Pedro Martínez en nuestros tiempos, fue el hombre que rompió los parámetros para los lanzadores de las Mayores.-

Pedro Martínez, segundo dominicano electo al Salón de la Fama. Foto: AFP

Pocos recuerdan algo que sucedió hace más de medio siglo, pero que por esos años, rompió la tradición y el formato del béisbol, especialmente el de las Grandes Ligas, para darle paso a lo que con el transcurrir de los años, se convirtió en lo que hoy se denomina el cerrador de los juegos o el taponero del equipo.

Fue Casey Stengel, el afamado estratega de los Yanquis de Nueva York, el encargado de poner en vigencia, sin querer queriéndolo, la presencia del lanzador ‘’apagafuegos’’ en las novenas del Béisbol Organizado. Y Stengel, que fue duramente criticado por la decisión, fue despedido del cargo - a nuestro modo de interpretar los hechos de esos días, pero otros cronistas de la época sostienen que renunció al puesto -, dándose las primeras pautas para que el juego pensara en otras cosas para la finalización de cada partido.

Stengel, en el séptimo y último juego de la Serie Mundial de 1960, que se efectuó en el parque de pelota de los Piratas de Pittsburgh, el Forbes Field de esos años, con casa llena y con el tablero igualado a 9 carreras por novena, en un toma y daca desde el primero hasta el propio noveno episodio del compromiso, pensó que con Ralph Terry en la loma de los sustos podía encarar el cierre del noveno, sin mayores complicaciones y confiar en que en los episodios extras, su poderosa novena podía conquistar el título.

Pero un hombre de poca estatura, descendiente de una familia polaca, Bill Mazeroski, el segunda base de los Piratas, se encargó de decir lo contrario, y despachó la esférica a las graderías del bosque izquierdo para derrotar a los Yanquis 10 carreras por 9, en una final dramática.

Los Yanquis ciertamente eran los favoritos para ganar el Clásico de Octubre de ese año, pero los Piratas sentenciaron otra cosa, con el tablazo de cuatro esquinas de Mazeroski, y entonces se desató la ola de especulación sobre la decisión de Casey de que se había equivocado al traer a Terry como relevo.

¿En dónde dicen que se equivocó Stengel? En recurrir a los servicios de un abridor como lo era Terry y despreciar a su relevista, Luis ‘’Tite’’ Arroyo, por cierto, jugador de Puerto Rico, para que se hiciera cargo de la situación.

A partir de ese momento, los taponeros y cerradores cobraron la importancia del caso para el juego del béisbol, y 55 años más tarde, el ‘’apagafuegos’’ de un equipo es tan importante como el abridor, y si no, que le pregunten al extraordinario Mariano Rivera, el pelotero panameño camino a un nicho reservado en el Salón de la Fama, con sus 652 juegos salvados, el indiscutible líder de todos los tiempos, todos con el uniforme de los Yanquis de Nueva York.

Épocas diferentes

Ese largo preámbulo es para señalar que cada época tiene matices y formatos que obligan a descartar las comparaciones, de por sí odiosas, como lo que está ocurriendo en los actuales momentos, entre lo que fue Juan Marichal desde la loma de los sustos y Pedro Martínez, el nuevo ciudadano de Cooperstown a partir de este año.

Fueron épocas diferentes en las cuales actuaron Marichal y Pedro, con estrategias nada comparables, con sistemas aplicables muy distintos, con cuatro décadas entre una tarea y la otra, en donde los cambios han sido tan vertiginosos, como la llegada de las aplicaciones de la cibernética en el ámbito del ser humano.

Cuando Marichal se ganó el puesto de titular en la rotación de los Gigantes de San Francisco, apenas se acababa de superar la barrera del color en el béisbol de las Grandes Ligas, tres años antes con Jackie Robinson en la segunda base de los Dodgers de Brooklyn, y a los jugadores que no eran blancos, la discriminación era más que sentida, humillante, como, por ejemplo, no poder alojarse en el mismo hotel con los demás compañeros de equipo.

Y hablando del juego, por esos años, no se tenían en cuenta la cantidad de lanzamientos de los serpentineros y trabajaban desde la lomita de los suspiros, hasta cuando el técnico de su club lo consideraba necesario; los relevistas cortos o largos no existían, como se definen hoy día, como parte de la estrategia regular de los juegos; y mucho menos, se pensaba en que la novena debía contar con un taponero, un pelotero inevitable en la era moderna en las estrategias del béisbol.

Por esos años, tampoco existía el bateador designado en la Liga Americana, una norma que, como bien se sabe, apenas se aplica en el nuevo circuito, pero que en la Liga Nacional, como efectivamente lo es, no es usada. Sin embargo, cuando equipos de la Nacional juegan en estadios de la Americana, tienen que jugar con bateador designado. Eso hace parte de la modernización del béisbol de los años 70 para acá.

Para citar un solo ejemplo histórico para el Béisbol Organizado, ¿cuándo se dará en esta época que dos lanzadores se enfrenten por más de 9 episodios para definir un partido? Pues Juan Marichal, el 2 de julio de 1963, trabajó durante 16 episodios - léase bien 16 entradas de juego - nada más y nada menos que frente al zurdo de oro de los Bravos por esos años jugando en Milwaukee, Warren Spahn, ganando la estrella dominicana 1 carrera por 0, gracias a un ‘’bambinazo’’ del inolvidable Willie Mays.

Por esos días, jamás se habló de la famosa cirugía de Tommy John, hoy tan de moda como tomarse un café en cualquiera esquina, ni de la preservación de los brazos de los lanzadores para no permitirles trabajar por encima de los 130 lanzamientos de manera normal en un partido, como sucede hoy día.

Para el ‘’elegante’’ de los lanzamientos de Laguna Verde, Juan Marichal, cuya ejecutoria desde el montículo era tan particular, que muchos sostenían que hipnotizaba a los bateadores, con su pierna izquierda elevada a la máxima potencia, hasta ocultar su cara y sus lanzamientos, su tarea fue encomiable en una época distinta a la que se vive en el béisbol de lo que se denomina la era moderna.

Hay diferencias

En cambio, Pedro Martinez, el hombre que desafío el biotipo físico para ser lanzador en las Grandes Ligas —sin estatura aceptable, sin corpulencia física mediana y con manos de dedos cortos—, anduvo por los estadios del béisbol dejando una estela indiscutible de grandeza, aterrizó en la Gran Carpa cuando ya estaba consagrado el ‘’apagafuegos’’ para asegurar una victoria, el relevista corto o largo, para transitar uno o dos de los últimos episodios y finalmente, preservar algunas de sus victorias con la ayuda de otros brazos de sus compañeros de equipo.

De los 219 triunfos de Pedro, en su trayectoria sumó 46 juegos completos. Marichal, en cambio, muestra en su tarjeta de apariciones desde la loma de los sustos, un gran total de 244 partidos completos en las Grandes Ligas. La diferencia es abismal. Pero es que don Juan laboró en una época diferente a la de don Pedro, por lo que de los 457 partidos iniciados por Marichal, con registro de 243 victorias y 142 derrotas, con 72 partidos sin decisión, no puede compararse con los 409 juegos empezados por Martínez, con 219 triunfos y 100 derrotas, con 90 desafíos sin apuntársele ganados o perdidos.

Don Pedro, el hijo de Manoguayabo, trabajó a su manera frente a los bateadores a los que se enfrentaba, sin temerle a ninguno, pero respetándolos a todos, convirtiéndose en un gigante desde la lomita para dominar a sus rivales, cualquiera que fuese el encopetado bateador con el cual se veía cara a cara.

De tal manera que tanto don Juan como don Pedro son orgullo de República Dominicana, del béisbol latinoamericano y sin duda alguna, del béisbol de las Grandes Ligas, porque sin la necesidad de hacer comparaciones, los dos surcaron sus caminos con la categoría, el talento y la capacidad de juego de muy pocos lanzadores que en el último medio siglo han exhibido para la pelota organizada.

Desechen de un solo tajo las comparaciones, porque además de ser odiosas de por sí, en este caso, como seguramente en muchos otros, de nada valen las mismas cuando los dos, Juan Marichal y Pedro Martínez, ya están en el Salón de los inmortales del Béisbol de las Grandes Ligas.

Lo demás es simplemente darle libertad a la mente, a los críticos, a los comentaristas, para que, como todo lo que sucede en el béisbol, las controversias enciendan las pasiones a favor o en contra de los seguidores de uno y otro, pero jamás se podrá borrar lo que este par de latinos han hecho para honra y gloria de América Latina y del béisbol.

¡Bienvenidos a Cooperstown, Randy Johnson, Craig Biggio, John Smoltz y Pedro Martínez!

Temas relacionados