Entre el fuego y el hielo

Son las dos figuras más grandes del boxeo en la actualidad, dos estilos diferentes y millones de dólares sobre sus nombres. Los rumores hablan de una próxima pelea.

Manny Pacquiao

Kibawe, Filipinas. 1990.

Esa noche la lluvia se oyó más triste sobre el techo de cartón. En un rincón de la casa, si se le podía llamar así, el pequeño Emmanuel Dapidran Pacquiao era torturado en las entrañas, donde más duele. Los golpes eran asunto de todos los días, pero el dolor físico no se comparaba con el desgarro emocional de ver a su padre masticando a su perro, el único ser leal del rancho. “Sabe bien tu perro”, “ahora que no está vivo ya no volverás a buscarlo”, “¿quieres probarlo?, sabes que no tenemos comida”.

Manny, de 12 años, sólo escuchaba al viejo, al padre que dejaba una estela de tufo con cada palabra y parecía excitarse con cada bocado. En resumen, la culpa de esa cena perversa la tenía el perro. El desgraciado animal había escapado de repente y el niño salió a buscarlo debajo del suelo si era necesario. Las extensas horas de búsqueda y la alegría del encuentro se consumieron en el fuego que luego lo asó. El hombre que nunca se preocupaba por su hijo se preocupó y tanto él como su mascota debían pagar las consecuencias.

Así era la vida y así Manny no quería vivirla. Huyó del lado de su papá, del maltrato, el olor a alcohol y los tugurios. ¿Qué pasaría si lo encontraba?, ¿lo asaría también?. La suerte lo condujo a Ciudad Santos, un centro del comercio, donde un desconocido le tendió la mano y lo llevó a vivir a su gimnasio de tae bo, el arte que une el taekwondo y el boxeo en una sola disciplina. Por la noche dormía en el piso, separado del concreto por algún cartón. De día vendía rosquillas y entrenaba. Allí, Pacquiao comenzaba a forjar sus nudillos como si fueran piezas de hierro para dar golpes en la puerta del éxito.

Mandalay Bay, Las Vegas, EE.UU. Noviembre de 2009

Hora y media después del combate contra el puertorriqueño Miguel Ángel Cotto que le significaría el título en la categoría welter de la Organización Mundial de Boxeo, Manny ‘Pac-Man’ Pacquiao cantaba La Bamba en el escenario, la canción que dedica a todos los púgiles hispanos que ha doblegado, en especial a los mexicanos. MP Band, su banda, lo acompañaba y él pronunciaba la lírica con un español limpio, la cara hinchada y una venda blanca que le cubría una oreja por debajo del sombrero. Su simpatía lo hacía lucir diferente, casi como otra persona, como si el demonio que lo poseía en el cuadrilátero fuera exorcizado por la campana.

Ese es su estilo, las bromas y la hilaridad vienen después del sudor y la sangre. Sobre la lona Pacquiao luce incansable, como una pistola automática a la que se le queda pegado el gatillo. Golpe tras golpe, arriba, abajo, uno, dos, uno, dos, gancho de derecha, demolición a las costillas y aturdimiento a la mandíbula. “Es condenadamente rápido”, dijo en alguna oportunidad, todavía agitado, el boxeador estadounidense David Díaz, maltrecho y derrotado por el filipino.

Es el mejor libra por libra según la revista The Ring. Ha boxeado en seis categorías diferentes coleccionando cinturones, desde mosca (50,8 kg) hasta welter (66,7 kg), pasando por supergallo, pluma, ligero y superligero. Uno, dos y Manny arrecia nuevamente, se inclina y baila en sus pies. Es cruel porque pareciera que su objetivo no fuera ganar sino destruir a su rival. “El tifón filipino” devasta cuerpos y rostros. Nombres como Óscar de la Hoya, Érik “El Terrible” Morales, Marco Antonio Barrera y Riky Hatton figuran en la lista de damnificados.

El último round lo libró fuera del ring, en la provincia filipina de Sarangani, por un escaño como diputado en el Congreso. El retador, un político de los pesos pesados de la tradición, Roy Chiongbian, no pudo contrarrestar la ofensiva electoral de ‘Pac-Man’, a quien le bastaba levantar los puños en señal de victoria para recibir ovaciones multitudinarias y escuchar, como en los coliseos, el coro “¡Manny! ¡Manny! ¡Manny!”. Por lo pronto, su mira apunta al próximo 14 de noviembre, día en el que enfrentará a Antonio Margarito, “El huracán de Tijuana”.

Pacquiao no piensa descuidar ni su forma ni su labor legislativa. La semana pasada anunció que para ahorrar tiempo entrenaría y dormiría en las dependencias del Congreso.

Floyd Mayweather Jr

Fue un descarado golpe bajo. El aire de Floyd Mayweather Jr. se fue con el anuncio de los últimos diez segundos del décimo asalto. Era usual que The Pretty Boy bailara en el ring, exhibiendo los pasos del hip hop que se aprenden en el gueto, la espalda encorvada hacia delante y la actitud de “estoy enfrentando a un insecto”. Sin embargo, esta vez fue diferente, caminaba graciosamente, pero tambaleante, como quemándose por dentro. Zab Judah, el campeón peso wélter de la Federación Internacional de Boxeo, lo acababa de conectar con un sólido gancho de izquierda allí, donde la protección nunca será suficiente.

Desesperación. Judah pasó la pelea derrochando golpes y Mayweather cubriéndose como un escorpión, esperando el momento para impactar, clavar su aguijón y de a pequeñas dosis envenenar al contendor. Su especialidad, la defensa, su ir y venir de lado a lado y los brazos siempre bien puestos, llevaron a Judah por el camino de la ansiedad y el juego sucio. Pocas veces The Pretty Boy dejaba que le tocaran el rostro. Su tío y entrenador, Roger The Black Mamba Mayweather, campeón mundial de otros días, entró al ring a repudiar el golpe. Joel Judah, el padre, hizo lo propio y la campana no bastó para evitar la gresca. La Policía intervino, y al final los jueces dieron la victoria al retador.

Floyd Mayweather Jr. era el protegido de su tío, de no ser por él probablemente su destino se encontraría en una cárcel de algún lugar de Estados Unidos o en un camposanto para pandilleros. Por momentos, el futuro del clan Mayweather sobre las lonas parecía estar amenazado por la turbulencia de la vida en los barrios marginales de Grand Rapids, Michigan, donde Floyd Mayweather Sr., boxeador también, traficaba a pequeña escala con drogas, mientras su esposa y madre de sus siete hijos vivía limpiando casas y consumiendo heroína.

El tío Roger se encargó de calzarle los guantes y de advertirle que más valía ser un peleador cauto, que una máquina de lanzar golpes. La cautela espantaba los errores e indicaba con frialdad el momento justo para hacer crujir el cartílago nasal del otro. En cinco categorías distintas la clave fue la misma y los títulos llegaron siempre de la mano con la paciencia. En cada ocasión que The Pretty Boy ha subido al cuadrilátero, la ruta de salida ha sido la victoria. Aún no existe el boxeador que lo haya derrotado, razón suficiente para que se ufane de ser el mejor de la historia, un hombre con muchos millones en el banco, escándalos por tiroteos y otras excentricidades.

La brecha entre Floyd Sr. y Floyd Jr. ha estado alimentada por el creciente éxito del joven y el apego a su tío. Durante varios años Mayweather, el viejo, entrenó a Óscar de la Hoya, a quien su hijo derrotó por decisión dividida en abril de 2007. Esa noche, el padre no acompañó al mexicano en la esquina. Dicen que el boxeador no quiso pagar la suma millonaria que exigía el preparador por el conflicto emocional de enfrentar a su descendencia. Mientras tanto, The Pretty Boy se montó al cuadrilátero vistiendo pantalones verde, blanco y rojo, y una camisa que decía “Mexico loves Mayweather”. Así peleó, así ganó.

dalarcon@elespectador.com

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