Brocado de mentiras

Lee Harvey Oswald fue amigo del mejor portero soviético de la historia, Lev Yashin. Pormenores de una relación interesada.

Lee Harvey Oswald poco después de ser detenido por el asesinato de John. F. Kennedy. /Archivo

Todo fue una mentira finamente elaborada. Casi bordada. Una de esas mentiras imposibles de percibir, y cuyas repercusiones son, igual, imposibles de rastrear. La primera puntada se dio en un partido de fútbol en Malmö, y la dio un hincha cualquiera llamado Lee Harvey Oswald, quien después del juego bajó a los vestuarios para tomarse una foto con la gran figura del fútbol soviético de entonces, Lev Yashin. Corría el año de 1958. Yashin posó al lado de aquel esmirriado hincha tono medio que no dijo mayor cosa más allá de una escuetas “gracias” que, se notaba, eran foráneas. Tiempo después recibió una carta desde Japón, firmada por Lee Harvey Oswald, en la que el remitente le recordaba su encuentro en Malmö y se declaraba admirador suyo a carta cabal. Entre otros asuntos, Oswald le escribió que era marine, que admiraba a la Unión Soviética y que pronto iría a vivir allá. Aquella fue la segunda puntada.

La tercera fue ejecutada por Yashin, que le entregó la carta a su compañero de selección, Valeriy Voronin, quien más allá de jugar a la pelota era agente del Partido Comunista soviético. Voronin la remitió a la KGB, como correspondía dentro del régimen de José Stalin. La misiva fue archivada junto con otros varios documentos sobre Lev Yashin. Por aquellos tiempos fue casi una misiva más, la declaración de un simple hombre que se sentía atraído por la Unión Soviética. El único punto subrayado por Voronin y sus colegas fue que el firmante, Oswald, era un marine. A finales de 1959, Oswald llegó a Moscú. Había desertado del ejército estadounidense y quería hacerse ciudadano soviético. Quienes lo recordaban de sus tiempos como marine declararon años más tarde que era un poco solitario, que cantaba en voz alta en ruso, que cambiaba de humor constantemente, y que, incluso, creían que era homosexual.

Fue juzgado en una corte marcial por haber escondido en su casillero una pistola calibre .22 que se le disparó por accidente, y estuvo involucrado en la muerte de otro recluta, Martin Schrand, mientras prestaban servicio en las Filipinas. Tiempo después, mientras vivía en la Unión Soviética, intentó suicidarse porque los oficiales soviéticos le rechazaron una petición de permanencia en su país. En su diario, en la página correspondiente al 21 de octubre, escribió: “Decidí terminar con esto. Empapar la muñeca en agua fría para adormecer el dolor. Luego, cortar la muñeca izquierda. Luego, sumergir la muñeca en la tina con agua caliente”. Un guía de turistas lo descubrió y se lo llevó al hospital, donde lo cosieron con cinco puntos.

Fuera de las canchas, Yashin era un hombre sombrío. Fumaba, bebía y callaba. Parecía más un personaje secundario de Dostoievski que el mejor arquero del mundo, como lo calificaba la prensa. Se vestía siempre de negro, tanto dentro del fútbol como fuera de él. Por temor, más que por convicción, solía obedecer las órdenes de sus superiores. Una de ellas fue hacerse amigo del tal Lee Harvey Oswald, quien había aterrizado en la Unión Soviética, “quién sabe con qué intenciones”, como le dijo Voronin. Fue Yashin quien le presentó a Oswald a Marina Nololaevna Prukova, una muchacha de 19 años con quien se casó en abril del 61, hija y sobrina de comisarios del Partido Comunista. Fue Yashin quien introdujo a Oswald en las reuniones que tenía con algunos miembros del Gobierno, y fue Yashin quien conoció, como pocos, los más recónditos secretos de la vida de un marine, y en especial, de la vida del hombre que el 22 de noviembre de 1963 le dispararía al presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy.

Oswald retornó a los Estados Unidos de la mano de Marina Nikolaevna Prukova y de su hija de un año. Anduvo por Dallas y Nueva Orleans. Trabajó como pintor de fachadas, y, por último, como acomodador en el Depósito de Libros de Texas, en Dallas. Repartía folletos a favor de la Cuba de Fidel Castro y se hizo amigo de algunos extraños personajes, como George de Mohrenschildt, un descendiente de la nobleza rusa que terminó en los Estados Unidos con negocios de petróleo. Todos dirían que era hosco, difícil, algo lunático. A todos les convenía que el mundo creyera que un loco, y que sólo él había sido el culpable del asesinato del presidente Kennedy. Meses antes de disparar su rifle Carcanno desde el sexto piso del Depósito de Libros contra la caravana de Kennedy, Oswald anduvo por Ciudad de México. Allí fue a una corrida de toros y allí, en la embajada cubana, juró, dirían algunos, que mataría al presidente de los Estados Unidos.

Yashin permaneció en la Unión Soviética, siempre como portero de la selección y del Dínamo de Moscú. Jugó los Mundiales del 58, 62, 66 y 70. Cuando se retiró, perdió una de sus piernas a causa de una diabetes que no pudo sobrellevar por su adicción al alcohol. Falleció el 20 de marzo de 1990. Jamás habló de Oswald, nunca confesó de qué habían conversado durante sus recurrentes encuentros, aunque tuvo que admitir que se escribían a menudo. La última comunicación fue en septiembre del 63, y el más sospechoso de los documentos que lograron encontrar la KGB, el FBI y la CIA fue una fotografía en la que aparecían Yashin, Oswald, y un personaje llamado Yury Nossenko, espía de la KGB por aquel entonces y quien luego, en 1964, viajó a los Estados Unidos para ponerse a órdenes de J. Edgar Hoover, el legendario director del FBI. Nossenko aseguró una y mil veces que los soviéticos no habían tenido nada que ver con la muerte de Kennedy.

La historia terminó de escribirse con sangre, dolor, negligencia, extorsiones, silencios, dinero, aparentes investigaciones y mentiras, más mentiras. Oswald fue asesinado ante decenas de policías y periodistas en los pasillos subterráneos de la estación de policía de Dallas por un hombre llamado Jack Ruby, quien enloqueció y murió de cáncer años más tarde. El antiguo marine sólo alcanzó a decir que era una “cabeza de turco”, pero no pudo decir por qué ni dar nombres. Tal vez nunca supo que su vida en los últimos años, desde aquel partido de fútbol en Malmö, había estado signada por las mentiras. Y que sus viajes, sus conocidos, su esposa, sus amigos y conocidos, sus pasos hacían parte de un inmenso bordado de mentiras. Lev Yashin, por su parte, siempre calló, y si alguna vez habló fue de fútbol, únicamente del fútbol sobre el verde césped, la manera más sencilla para no meterse en problemas.

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