Catherine Ibargüen: No prometo antes de competir

Se espera que la antioqueña se suba al podio en salto triple, prueba que se disputará el 5 de agosto en el estadio olímpico.

Tenía 15 días de recibir su primera clase de atletismo en el estadio de Apartadó, cuando participó en una prueba infantil de 150 metros en Medellín. Catherine Ibargüen, entonces de 12 años, no era la velocista más diestra: corrió lo más que pudo mientras su entrenador y descubridor Wílder Zapata la animaba desde afuera. El cansancio le cerró el paso, se detuvo a descansar y terminó penúltima.

Sabrá Dios por qué le vieron madera como velocista de 75 y 150 metros en unas pruebas en su colegio San Francisco de Asís. “Usted déjela entrenar, que yo me encargo del colegio y los permisos para competir”, le dijo el entrenador Wílder Zapata a Ayola Rivas, abuela paterna que crió a Catherine después de la separación de sus padres. Su madre Francisca trabajó como cocinera en las minas de oro de Zaragoza, Antioquia, y su papá William se radicó en Venezuela.

“Yo jugaba voleibol y no me iba mal. Pero me dijeron que con el atletismo podría viajar más. Aunque al principio no me iba como quería. Era dizque velocista”, se burla Catherine Ibargüen, nacida el 12 de febrero de 1984 entre la pobreza y el hambre en su casa de Apartadó (“lloraba porque a veces no tenía para darle de comer”, dijo hace poco su abuela en una entrevista).

A medida que crecía sus rivales en 75 y 150 m la rezagaban por más metros. Pero esos descalabros la condujeron al camino del salto alto y largo. A los 14, sin mucha voluntad, se estableció en Medellín, en donde tendría más recursos para entrenar. Allí, la entrenadora cubana Regla Sandrino la convenció para que practicara saltos, pues su contextura física estaba diseñada para ganar en estas pruebas.

“Nos dimos cuenta de que me iba muy bien en salto alto. Y nos enfocamos y luego alcancé a coger varias medallas a nivel departamental y nacional”, cuenta Ibargüen, quien entonces eligió como modelo a seguir al cubano Javier Sotomayor, campeón olímpico en Barcelona 92.

“Pero cuando empecé a competir internacionalmente, en salto largo y alto me fui quedando. Ya no iba con el objetivo de ganarles a unas muchachas que hacían más de dos metros. Llegaba con la mentalidad de participar y listo”. Así como en Atenas 2004, Olímpicos a los que clasificó por una marca B, pero en donde tuvo una participación tan inadvertida que ni la recuerda.

A Catherine Ibargüen aún le quedaba un paso más en la escala evolutiva para alcanzar su perfección: el salto triple. La transición llegó luego de un nuevo descalabro, cuando no logró clasificar a los Olímpicos de Pekín 2008, por apenas centímetros faltantes de las marcas requeridas. Las ciencias exactas, en su mayoría, no aceptan apelaciones ni segundas instancias.

“En salto alto hice como 89 y me pedían 91, en largo me pedían 60 e hice 58. En triple quedé a un centímetro. Algo así. Me frustré mucho porque me había entrenado muy bien para clasificar”. Lloró, maldijo y consideró el retiro definitivo del atletismo.

Entonces el entrenador cubano Ubaldo Duany, que apenas distinguía, le comentó sobre una posibilidad de realizar estudios superiores en la Universidad Metropolitana de Puerto Rico, donde él aún trabaja. Por fortuna la beca para estudiar enfermería la obligaba a seguir corriendo y a olvidar la amargura del retiro.

El crédito de aquella conversión a salto triple se le atribuye al cubano Duany, quien había seguido sus pasos en categorías menores. “Él me dijo que era buena, pero no excelente en salto alto, porque era muy voluminosa. Pero me dijo que tenía mucho talento en triple, que quería que hiciéramos cosas grandes, que tenía que saltar 2,5 m para llegar a mundiales y eventos importantes”.

“Tenía referencias suyas por lo que había hecho con atletas como Rosibel García (quien también estará en Londres). Entonces le dije que sí y me tiré al agua. Y nos ha ido muy bien”, recuerda Ibargüen Mena. Desde entonces Ubaldo Duany se convirtió en su sombra, en su escudero y protector. “Trabajo con ella como la madre Teresa de Calcuta, sólo por amor”, dijo Duany hace poco. “Si me llamas o visitas él está conmigo, es como un padre para mí”, confiesa Catherine Ibargüen.

En 2011 consiguió sus mejores resultados junto a él. Obtuvo el tercer puesto en el Diamond League de Estocolmo al saltar 14,83 metros; igualó la marca mundial en el Gran Prix de Bogotá con 14,99 metros; consiguió la medalla de bronce en el Mundial de Daegu, y cerró la temporada con medalla de oro y récord panamericano en Guadalajara al saltar 14,92 metros. Además, batió más de 10 veces su propio récord —y el nacional— en salto triple. El COC ha patrocinado el fogueo internacional, así como su preparación y alimentación.

Todos vaticinan podio

Para entrevistar a Catherine Ibargüen hay que armarse de paciencia, de un reportorio ingenioso de preguntas que venzan su timidez e inocencia. No hay nada cercano a una conversación, ella es más bien de frases cortas y pausas incómodas. Nada que ver con la atrevida y vehemente que salta por encima de tantos metros.

La sonrisa, eso sí, nunca la borra de su cara, tampoco cambia sus rituales para competir. En Londres la verán con los aretes que le regaló su madre, la cadena con la joya de café y las uñas pintadas con los colores de la bandera. Esos accesorios la acompañan en Londres, donde se hospeda junto con la delegación nacional en el edificio 34 de la Villa Olímpica.

Si las predicciones no fallan, como mínimo Ibargüen se subiría al podio este 5 de agosto en las justas de salto triple. Y con más veras luego de que en la reunión de atletismo de Londres, octava de la Liga de Diamante, se impusiera frente a las mejores del mundo, a menos de dos semanas de los Olímpicos. Una semana después se impuso en la reunión de Mónaco luego de conseguir un tiempo de 14,80 metros.

Ella, más bien cauta, prefiere no dar pronósticos. Como motivación evocará seguramente la imagen de su abuela, la que “hizo la mujer que soy: una luchadora”. Fijos, el trabajo y la disciplina, prefiere decir antes que anticipar una medalla olímpica.

“No he pensado en un pronóstico. Prefiero no prometer antes de competir. Esperemos a que llegue el día de las pruebas, antes no puedo decir nada. No he pensado en ni siquiera cómo celebrar en caso de obtener un buen logro, tal vez se lo dedique a mi abuela, a mi todo. No sé. O de pronto improvisado sale mejor”.