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Con cada partido celebrado y con todo lo que rodeó el desarrollo del Mundial de fútbol que acaba de terminar, fuimos viendo cómo este deporte de masas reproduce tensiones políticas, culturales y sociales que también nos afectan como ciudadanos. Hoy, con mayor intensidad que antes, el fútbol es un fenómeno político, económico y mediático cuya importancia desborda el marco del deporte. La Copa Mundial de 2026 ofreció partidos fascinantes y una gran cantidad de goles bellísimos; sin embargo, muchos amantes del fútbol nos quedamos con una sensación de traición ante la interferencia, cada vez más visible, de poderes políticos e intereses económicos —concentrados en la FIFA— en las reglas mismas del juego. A partir de ese reconocimiento, dos aficionados al fútbol decidimos poner por escrito esta conversación y compartirla con lectores y lectoras que participan de la misma pasión.
Gernot: Quiero empezar con una pequeña reflexión sobre la historia del fútbol y sobre la razón por la cual nos fascina, desde hace generaciones, casi en el mundo entero. Ese deporte que tanto nos gusta proviene de una forma simple y universal: dos equipos de once jugadores, un terreno delimitado, un balón, noventa minutos y el respeto de unas reglas fundamentales. Esa estructura elemental permite que el juego sea comprendido en contextos sociales, lingüísticos y nacionales muy distintos. Al mismo tiempo, su simplicidad abre un campo complejo de emociones, gestos, rituales e identificaciones colectivas. El fútbol no solo se juega de manera semejante en casi todo el planeta, sino que también se mira de manera casi igual: se celebra en estadios, transmisiones televisivas, reuniones familiares, espacios públicos, bares, zonas de hinchas y también en lugares de trabajo o de reclusión, incluso cárceles, donde excepcionalmente se transmiten algunos partidos.
Una clave de la fascinación por el fútbol es antropológica. Jugar con los pies implica invertir parcialmente el uso habitual del cuerpo humano: las manos, asociadas a la precisión técnica y a la creación artística, quedan excluidas, mientras que los pies deben controlar, conducir y golpear el balón. Este cambio no empobrece el juego, sino que lo vuelve mágico, artístico. Como ciertas prácticas estéticas basadas en reglas o restricciones, el fútbol transforma una dificultad corporal en belleza, coordinación y acontecimiento. Por eso puede ser visto como uno de los juegos más simples y, al mismo tiempo, más complejos de lo humano.
Históricamente, el fútbol se inscribe en una larga tradición de juegos de combate, fiestas populares y espectáculos rituales. Aunque sus instituciones modernas se consolidan en Inglaterra durante el siglo XIX, sus antecedentes remiten a prácticas más antiguas. En la Italia del siglo XVI se jugaba al calcio storico, una mezcla de fútbol, rugby y combate físico, practicada como espectáculo aristocrático y militar en fiestas vinculadas al poder de los príncipes. Con el tiempo, ese espectáculo se transformó en diversión popular. El fútbol contemporáneo conserva, en su principio, una raíz plebeya: aunque empresas, medios e instituciones lo exploten económicamente, no eliminan del todo su carácter de cultura del pueblo.
La codificación moderna ocurre en Inglaterra. Antes, los ‘partidos’ entre pueblos o pequeñas ciudades podían reunir a cientos de hombres, incluso con armas, que empujaban un objeto hacia metas simbólicamente asociadas a las puertas urbanas. Para que de esa práctica secular surgiera el fútbol actual fue necesaria una intervención normativa: las reglas de Cambridge de 1848, la fundación de la Football Association en 1863, la reducción a once jugadores por equipo y la prohibición completa del uso de la mano. Así, la historia del fútbol puede entenderse como una transformación de la violencia colectiva y festiva en un juego reglamentado, capaz de conservar la energía del combate bajo una forma civilizada y pacificada.
Esta dimensión permite leer el fútbol como una sublimación de la guerra. El juego aparece como una forma de transformar el conflicto en regla, la batalla en competencia y la violencia en espectáculo. Los once jugadores son guerreros sublimados: combaten, pero dentro de límites estrictos. Parte de esa energía se desplaza hacia las tribunas, los cantos, los colores, las banderas y las culturas de hinchas y aficionados. El estadio representa una batalla controlada, aunque también puede reactivar pasiones colectivas difíciles de contener. Esta potencia es ambivalente: puede generar fraternidad y reconocimiento mutuo, pero también alimentar nacionalismos, racismos, desigualdades, discriminación, injusticias y violencias entre hinchas e incluso entre pueblos, cuando la pasión se politiza y se polariza. Así ocurrió, por ejemplo, en la “guerra del fútbol” entre Honduras y El Salvador, en julio de 1969, que estalló en el contexto de disturbios entre hinchas durante un partido de clasificación para la Copa del Mundo de 1970.
La dimensión cultural, mediática y económica completa el panorama moderno del fútbol. Las finales de las Copas Mundiales se cuentan entre los grandes acontecimientos de comunicación simultánea de la historia contemporánea: millones de espectadores comparten un mismo presente a través de la televisión y las plataformas digitales. Al mismo tiempo, son momentos de máxima integración del fútbol en el capitalismo global. Desde hace ya medio siglo y ahora con mucho más énfasis, se mercantilizan jugadores, clubes, estadios, derechos de transmisión e imágenes. Sin embargo, las cifras que alcanza la compra de jugadores por parte de los clubes más ricos del mundo, especialmente desde hace unos quince años, son vertiginosas. Como demuestra la venta de Kylian Mbappé del París Saint-Germain al Real Madrid, en el verano de 2024, el mercado futbolístico implica ahora también los intereses nacionales de Estados poderosos de Europa y del Próximo Oriente.
En este contexto, la FIFA y su presidente, Gianni Infantino, actúan como si fueran un Estado: una institución con alto poder político, afanado por aumentar su poder económico a toda costa, aunque eso implique cambiar las normas del juego, sostenida por el hecho de poder decidir dónde se juega la Copa Mundial y, por tanto, dónde se realizan grandes inversiones en infraestructura. Tal vez este haya sido uno de los aspectos más visibles y antipáticos de la Copa 2026: la sensación de una implicación política y económica cada vez mayor en el juego mismo del fútbol. Las reglas inherentes al fútbol ya no parecen “sagradas” y pueden ser alteradas al arbitrio de intereses ajenos al deporte. El medio técnico de esta alteración es el VAR.
Quedémonos con el VAR, un momento, que es tal vez el ejemplo más notable del cambio en el fútbol. ¿Cómo sientes la ampliación de los motivos de intervención por parte del VAR? ¿Asistimos a una tecnificación casi inhumana del juego, según la cual tres centímetros de un dedo del pie pueden decidir si una jugada es ilícita?
Andrés: El VAR fue concebido para intervenir solo en casos que necesiten la corrección de errores claros y decisivos, y no para revisar cada jugada polémica del partido. Recuerdo una frase que me gustaría poner de presente en ese punto: “La vida pone el tablero, nosotros hacemos las jugadas y el azar mueve algunas piezas sin pedir permiso”. Sin embargo, si la técnica empezara a revisar absolutamente cada contacto, cada pase, cada decisión, el partido podría volverse interminable e insoportable. Ganar o perder, elementos propios del todo juego, ya no dependería solo de jugar, sino de una auditoría permanente. El fútbol perdería parte de su fluidez, de su espontaneidad y hasta de las historias imprevisibles que lo hacen apasionante. Los 1300 goles de Pelé podrían ser anulados en un 50% por causa de la revisión, las copas mundiales ganadas por algunos equipos podrían entregarse a otros retrotrayendo las jugadas, los ídolos del fútbol, podrían pasar a ser estafadores por hacernos creer que intervino la “mano de Dios”.
Me parece muy justo, por cierto, que algunas faltas evidentes, que producen un gol ilegalmente, como él de la ‘mano de Dios’, sean revisadas y corregidas. También me gusta que acelere el juego, que no se pierda tiempo para cambios o interrupciones. No obstante, en el fútbol, como en la vida, la incertidumbre no es simplemente un defecto de la realidad. Es el espacio donde coexisten la sorpresa, la creatividad, la libertad, el riesgo y la esperanza. Si intentamos controlar la incertidumbre, más convertimos la vida y el fútbol en un procedimiento y menos en una experiencia. Algunos filósofos sostienen que una vida sin incertidumbre sería menos un juego y más una demostración matemática. Si le permitimos al VAR revisar cada segundo del partido, terminaríamos reemplazando al juego mismo. Entre el orden y el azar absolutos es donde aparece la experiencia humana. De lo contrario, los próximos mundiales serán dominados por la maquina y seguramente estaremos en un juego diferente.
Gernot: Los aficionados queremos creer en el arte del fútbol. Los hinchas practican sus ritos como una religión. Seguir al equipo en el estadio es como ir a la iglesia. Las intervenciones no solo interrompen el rito, sino también perjudican el arte del juego. Igual que las pausas de hidratación, ¿cierto? De hecho, un partido de fútbol ya no tiene dos tiempos, sino cuatro. La razón climática parece hipócrita, aunque en algunos estadios hizo mucho calor, de hecho, porque todas las pausas fueron usadas para poner propaganda comercial en las cadenas de televisión que habían comprado los derechos de transmisión.
Andrés: Es evidente que las pausas de hidratación rompen el ritmo del partido. No solo muchos aficionados, sino también jugadores y entrenadores consideran que cortan la intensidad y la continuidad natural del juego. Cuando un equipo está dominando, el parón puede beneficiar al rival al darle tiempo para reorganizarse. Se aplican incluso cuando no son necesarias, las pausas se realizan en todos los partidos, incluso en estadios climatizados, con temperaturas moderadas o incluso durante la lluvia. Si se aplicara a todas las ligas, imagínate lo absurdo de pasar 3 minutos de ‘hidratación’ en un partido de invierno, con nieve, en Alemania…
En el mundial del 94 en EE. UU. se solicitó a la FIFA que se permitiera introducir propagandas durante el partido, en ese momento la FIFA se opuso radicalmente. Hoy, con otra dirección y con idénticos intereses a los del país anfitrión, se han inventado una pausa para, no tanto para la hidratación de los jugadores, sino mas bien para crear espacios adicionales de publicidad televisiva. Esto ha alimentado la percepción de que hay motivaciones comerciales detrás de una medida presentada como sanitaria. Otros críticos se han referido a lo que han denominado la “Americanización” del fútbol, copiando el modelo de deportes estadounidenses, como el básquet, con interrupciones programadas que modifican la tradición de dos tiempos continuos de 45 minutos.
Las reflexiones anteriores sobre el VAR y ahora sobre las pausas de hidratación, coinciden en que introducen interrupciones y mecanismos de control en un juego que históricamente ha valorado el flujo continuo y la incertidumbre. Nos surge una pregunta como aficionados: ¿cuánto control puede añadirse al fútbol sin alterar su esencia?
Gernot: Parece también, que el VAR y el comité de los árbitros son órganos directamente dirigidos por intereses ajenos. El presidente de Estados Unidos intervino ante el presidente de la FIFA para que se levantara una sanción por tarjeta roja. Este último logró que la tarjeta fuera efectivamente levantada, mintiendo abiertamente en la declaración oficial sobre los hechos. Una forma tan abierta de injerencia política en el deporte no se veía desde la Italia de Mussolini o desde la dictadura militar en Argentina. Este ejemplo es solo el caso más pronunciado y llamativo de una FIFA que, por intereses propios, parece trabajar contra el fútbol mismo.
Andrés: Es una vergüenza: La FIFA y el señor Infantino deberían recibir la misma Tarjeta Roja que le retiraron de manera vergonzosa al jugador Folarin Balogun del equipo de EE. UU. La anulación de la sanción a Balogun marcó un precedente polémico en este mundial, que será muy difícil erradicar en futuras competiciones deportivas. Quedó clara la injerencia del poder sobre la imparcialidad de la FIFA y la influencia política que fue aceptada en las decisiones disciplinarias. El reglamento, la normatividad que debe regir la competición, quedo vulnerada por un telefonazo del presidente Trump al presidente de la FIFA. Quedó demostrada la politización del fútbol, la inequidad competitiva ante el poder y, lo más grave, la pérdida de confianza por la decisión arbitraria y la inseguridad jurídica frente a las decisiones del comité disciplinarios de la FIFA.
Gernot: ¿Cómo te pareció el aspecto internacional de esta copa? ¿La competencia entre tantos equipos y naciones, que permitió también la presencia de países provenientes del Sur global, que normalmente no están en el enfoque de los medios internacionales?
Andrés: Otra novedad que nos trajo la FIFA para este mundial, fue la celebración de los partidos en tres sedes (México, Estados Unidos y Canadá), nuevamente, por intereses económicos y sin consideración ninguna por el espectáculo, se afectó con viajes extensos entre países, el rendimiento físico de los jugadores. Los traslados de miles de kilómetros, las diferencias de horarios, de clima y altitud, y también las restricciones migratorias impuestas a seleccionados como el de Irán o el arbitro de Somalia, han sido señalados como factores que complicaron la competición. Solamente para constatar la afectación de los viajes por avión, tengamos en cuenta que los cuatro finalistas del Mundial 2026 recorrieron distancias muy diferentes: Inglaterra fue el más castigado con 20.600 km, España acumuló 14.200 km, Argentina unos 8.025 km, y Francia apenas 5.500 km. Esta disparidad logística generó críticas por el impacto en el rendimiento físico y la equidad del torneo.
Al mismo tiempo, sentí que la competición futbolera replicó dentro de la competición las realidades que nos aquejan como sociedad. En este sentido el Mundial también fue un espejo de las fracturas sociales que nos atraviesan. En los estadios, entre aficionados, comentaristas deportivos, jugadores, políticos de diferentes países, en las decisiones del comité disciplinario de la FIFA, se replicaron las mismas dinámicas de racismo, discriminación y desigualdad que vivimos cotidianamente. Los obstáculos migratorios que impidieron la participación de jugadores y árbitros, los privilegios políticos que alteraron sanciones disciplinarias, los comentarios racistas de políticos de algunos países reflejaron las tensiones y exclusiones que persisten en nuestra sociedad global. La senadora Celeste Amarilla, por ejemplo, congresista paraguaya que lanzó comentarios racistas contra Kylian Mbappé, y el expresidente del gobierno español Mariano Rajoy que manifestó que la selección francesa de fútbol no tenía en sus filas ningún francés. Solamente con propósitos estadísticos, en el Mundial la desigualdad económica entre selecciones fue abismal: mientras equipos como Francia, Inglaterra y España superaron los 1.400 millones de euros en valor de mercado, equipos como Jordania, Irak o Irán apenas alcanzaron los 12 o 19 millones de euros. La brecha entre la selección más cara y la más barata fue de más de 90 veces.
Gernot: No vamos a poder cambiar las condiciones económicas del fútbol moderno que se ha convertido en un gran negocio internacional. No obstante, creo que sentimos de igual manera la urgencia de defender las reglas mismas del juego y al manejo de tiempo, que es su condición esencial. Hay una frase famosa en Alemania atribuida al entrenador Sepp Herrberger, en tiempos en que el equipo de Alemania solía llegar lejos en los campeonatos, que dice: “Un partido de fútbol tiene 90 minutos”. Parece que ya no es el caso. ¿Qué mejoras te gustaría ver para la próxima copa?
Andrés: Si, el asunto del tiempo me parece esencial también. La extensión y parcelación de los 90 minutos se hizo cada vez más notable en esta copa. La última alteración al reglamento y otra afrenta para los amantes del fútbol por parte de la FIFA ocurrió en la final, donde el medio tiempo de descanso demoró más de los 15 minutos como está reglamentado. Ese nuevo cambio es otra ‘americanización’ del fútbol para permitir la realización de eventos ajenos a este deporte, un concierto de música rock, que nuevamente garanticen ingresos desorbitantes para la FIFA y para las cadenas y plataformas que transmitirán el partido, sin consideración alguna por los aficionados y jugadores.
Ojalá para el próximo mundial recuperemos la esencia del certamen, respetemos las normas, a los jugadores, a los aficionados, a los comités disciplinarios, garanticemos que el VAR ayude a impartir justicia, de manera objetiva y no subjetiva, sin reemplazar la magia, que volvamos a ver y entender el fútbol como un espacio de pasión, error y azar y que la intervención de algoritmos y máquinas no disminuya la dimensión emocional que siempre nos ha generado ese espectacular deporte. Que en el próximo mundial el juego no se convierta en un espectáculo “robotizado”, donde las decisiones se tomen sin sensibilidad ni contexto. El fútbol tiene que mantener su aspecto humano.