33 años después…

Tuvieron que pasar más de tres décadas para que un colombiano pudiera luchar de igual a igual por la camiseta amarilla.

Hace 33 años un equipo colombiano, patrocinado por Pilas Varta, la única empresa que creyó en la loca ilusión de Miguel Ángel Bermúdez, esperaba impaciente a la sombra de los Pirineos el inicio del Tour de Francia de 1.983. Había llegado quince días antes a un pueblito llamado Nogaro sin tener la más mínima idea de la aventura en que se iba a meter, sin que nadie les hubiera contado que la forma de correr de los profesionales europeos era muy diferente a la que se acostumbraba por estos lares. Se creía que todo sería igual a lo poco que sabían de las carreras de aficionados en el viejo mundo, como en el Tour de L’Avenir en el que habían derrotado a los rusos, encabezados por el legendario Sukho. Por primera vez en la historia moderna de la Gran Vuelta un equipo aficionado iba a disputar la más difícil, exigente y dura carrera del mundo.

Otros ocho equipos nacionales de aficionados habían sido invitados por Félix Levitán, el entonces patrón del Tour, quien quería darle un vuelco espectacular a la carrera pero uno a uno se negaron a meterse en camisa de once varas, en especial cuando supieron todas las condiciones que las escuadras profesionales habían impuesto: Francia, España, Italia, Rusia, Gran Bretaña, Holanda, Bélgica y Australia se hicieron a un lado y dejaron que fuera Colombia la que llevara solitaria la bandera de los aficionados.

Las condiciones eran etapas larguísimas, cronos agotadoras y pavés de pura piedra y con bastantes huecos, no de ladrillo y parchadas en algunos tramos como los de estos últimos años. Esta vez la situación será bien diferente. No habrá pavé y no habrá cronómetro por equipos, en el 83 el Tour tuvo 3.809 kilómetros, una cronómetro por equipos de 100 kilómetros, 113 kilómetros en dos contra reloj llanas y un prólogo y 15.6 en otra en ascenso (la mitad era plana). En el 2.016 la prueba tiene 290 kilómetros menos y en contra reloj sólo encontrarán una llana de 37 kilómetros y una en ascenso (no muy duro), de 17.

La etapa más larga de entonces, corrida entre Roubaix y Le Havre, tenía en el papel 300 kilómetros a los que se le agregaron unos 25 neutralizados desde la salida hasta el sitio oficial de partida. Ese día se pedaleó desde las siete de la mañana hasta las siete y media de la tarde (allá a esa hora en verano hay luz plena) y cuenta el médico Carlos Osorio que para que los corredores colombianos pudieran llegar al tercer piso del hotel debieron subirlos alzados porque no había ascensor. Este año la etapa más larga tendrá 237,5 kilómetros.
Los ascensos fueron acumulados en los Pirineos y en los Alpes y eso perjudicó bastante por la terquedad de los colombianos que se negaban a usar una “pacha” con más de 21 dientes. No estaban acostumbrados a ello pues no habían aprendido a subir más rotados y cuando una etapa tenía más de tres o cuatro ascensos duros comenzaban a “pasar aceite”.

Otras gavelas

Fueron tantos los estragos que causaron los “escarabajos” en los ascensos, a pesar de que con múltiples errores pagaban  “la novatada”, pues provocaban caídas en los lotes y en cualquier bajada todos iban a dar al fondo del pelotón y hasta eran desprendidos con facilidad, que al terminar el Tour el quíntuple campeón de la prueba, el francés Jacques Anquetil, quien se enamoró de la forma de subir de los nuestros, tituló su nota en el diario deportivo más importante del mundo, L´Equipe, de la siguiente manera: “Si vuelven serán terribles”.

Si solamente son terribles tres décadas después se debe a que hoy nuestros corredores son los líderes de equipos europeos, cuentan con la tecnología de sus adversarios, se preparan en las mismas condiciones y conocen a fondo los secretos del ciclismo profesional. Cyrille Guimard, técnico de la Renault impulsó la estrategia de llevar a tope las grandes vueltas en el llano para molerle las piernas a los “escarabajos” en las ocho o nueve etapas planas que se encontraban matemáticamente en los primeros días y eso les funcionó a los europeos algún tiempo. Los colombianos fueron los “culpables” de que se llevaran las grandes vueltas a toda velocidad y no solamente en los 50 o 60 kilómetros finales. El promedio de la Vuelta del 83 fue de 36.230 kilómetros por hora pero, para desgastar a los nuestros en el llano fue subiendo año tras año hasta llegar a pasar de 40 en el 2.013 y en el 2.014 y estuvo en 39.639 el año pasado. Pero cuando los nuestros aprendieron a defenderse en ese terreno sus médicos y sus técnicos utilizaron el EPO, una droga para la anemia, con la que nivelaron la desventaja que tenían con nuestros muchachos en la calidad de la sangre, pues los colombianos además de verse obligados a correr y entrenar todos los días en las cuestas por la topografía del país; por nacer, crecer y vivir en altura tenían en forma natural un mayor nivel de hematocritos en la sangre y con ello una capacidad superior de resistir los grandes esfuerzos.

Los numerosos escándalos por el uso de esteroides y anabolizantes y, en especial por la forma descarada en que utilizaban las transfusiones de sangre, el EPO y otras sustancias, que salieron a la luz a raíz de la llamada Operación Puerto, obligaron a la UCI y a las autoridades olímpicas a encontrar la forma de detectar a los tramposos. Los rígidos controles de hoy, que se realizan hasta fuera de competencia, hacen una diferencia abismal en la forma de correr del pasado y la de la actualidad. Con carreras limpias los “escarabajos” ganan competencias en toda Europa como ha ocurrido este año. Por todo ello y por la capacidad excepcional de Nairo Quintana hoy se puede pelear de igual a igual el título del Tour de Francia.

Y este año habrá un control más que favorecerá a los colombianos. El año pasado causó mucho revuelo el comparar el latir del corazón de Froome cuando realizaba esfuerzos descomunales para dejar a Nairo pues no se subía la frecuencia absolutamente nada… Se sospechó de un motorcito en el interior de los tubos. No había cómo probarlo. El gobierno francés, que considera el Tour como un asunto de Estado y que no quiere que se desprestigie, que sabe que el Tour es la máxima prueba ciclística del mundo y la que aglutina a más de diez millones de franceses en las carreteras y la que se ve en todo el mundo durante 21 días, le prestó a la carrera una cámara térmica de alta tecnología usada por la Armada, que vale más de 200.000 euros, que irá en una moto y que permitirá detectar en plena competencia cualquier motor. Así mismo se harán los controles de las bicicletas en las salidas de las etapas, con un sistema de resonancia magnética.

Una serie de victorias parciales y de honrosas figuraciones nos han acercado poco a poco al objetivo máximo: Lucho fue quinto en el 95, Álvaro Mejía cuarto en el 93, Fabio Parra subió al podio como tercero  en el 88 y Nairo fue segundo en el 2013 y 2.015. Luis Herrera fue campeón de montaña en el 85 y 87, Santiago Botero en el 2.000 y Mauricio Soler en el 2.007. Con la camiseta del mejor joven han subido al podio Fabio Parra en el 85, Alvaro Mejía en el 91 y Nairo Quintana en el 2.013 y 2.015 y además los colombianos han ganado hasta el momento 14 etapas en la carrera francesa.

Que Nairo va a ganar el Tour no lo puede garantizar hoy nadie porque en una prueba tan complicada hay mil factores que pueden acabar con cualquier ilusión, -un accidente, un corte, el viento, un segundo de descuido, una enfermedad y mil cosas más- pero que está preparado para ganarlo, que se ha endurecido para superar a sus rivales hasta en la cronómetro, que cuenta con el mejor equipo y que va con el convencimiento de que puede estar de amarillo en los Campos Elíseos nos hace soñar que llegó el día en que la predicción de Anquetil se puede cumplir.

• Mañana: cómo es el Tour 2.016
 

Temas relacionados

 

últimas noticias