Caída de Contador en un sprint que deja como ganador a Greipel

El pedalista alemán del Loto venció a ocho italianos en un accidentado final donde los colombianos mantuvieron su posición.
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Alberto Contador sufre dolores en la mano tras la caída. Foto: AFP

Los días en los que no pasa nada, la narración del Giro, la novela de 21 capítulos como etapas, avanza no con relatos de sueños o quimeras o castillos en el aire de los que vivía y cantaba el poeta bohemio muerto de hambre, de los que viven decenas de corredores ilusionados, sino a base de insidias y calor, de emboscadas y palabras de doble sentido que quien quiera ganar debe superar como supera puertos y contrarrelojes y que emanan del pelotón envenenadas como las fumarolas de ácido bórico que se enredaban en las ruedas y engranajes de las bicicletas mientras atravesaban, una cálida tarde de mayo, un jueves, las colinas metalíferas de la Toscana de Alfredo Martini, ciclista, técnico y comunista que recitaba a Lorca, camino de Castiglione della Pescaia, de la playa por la que caminaban antaño del brazo Italo Calvino y Georg Solti, hablando y soñando con música, poesía y ciclismo.

Ganó al sprint la dura realidad, tan dura como el asfalto contra el que chocaron una veintena de corredores, caídos en la última recta. Ganó el tren del Lotto y el gorila André Greipel, como se esperaba, y el pelotón, antes de que el viento de costado en las rectas sin fin del final les pusiera a todos de los nervios, habló de Alberto Contador, el patrón, quien se vio atrapado por la caída, de la que salió con fuertes dolores que no le permitieron ponerse la maia rosa en el podio. Inmerso en una ola de velocistas hacia la derecha provocada por un fotógrafo aficionado, Contador chocó contra la valla publicitaria, rebotó y cayó de cola aparatosamente, golpeándose sobre todo en un brazo.

Mientras la fuga del día, la de la sexta etapa, con su rumano incluido, como es debido (la nueva carne de los equipos, la nueva mano de obra millonaria en sueños y castillos en el aire, es balcánica: un albanés, Zhupa, en fuga el lunes; un rumano, Tvetcov, el miércoles; otro rumano, Grosu, el jueves), marca el ritmo moroso del pelotón, la gente del Giro habla de Contador, de su maglia rosa tan temprana, y no habla de Contador.

Se habla de que cambió de bici antes de ascender al Abetone el miércoles (una costumbre antigua del ciclista de Pinto, quien así da gusto y sustancia a los sueños de su mecánico, Faustino), lo que no sería grave sino fuera porque en los últimos meses hablar de cambiar de bici es sacar a colación el tema del día, el supuesto uso de motores escondidos entre bielas, tubos y platos. “No, no llevaba un motor, llevaba cinco”, bromeó el líder del Giro, quien, tras largos años rodeado de polémicas sin fin, sabe hablar sin decir lo que piensa, sin mirar a los ojos de quien pregunta, como el que sabe que si dice la verdad siempre será malinterpretado. “No, más en serio. Suelo cambiar de bici para las subidas finales porque así puedo usar ruedas más hinchadas, lo que no puedo hacer si hay descensos peligrosos, y rodamientos más ajustados, con un aceite lubricante especial, y cosas de esas”. Y dicho esto, se fue a tirar de las orejas a su querido gregario Matteo Tosatto, que cumplía 41 años, el segundo más viejo del pelotón, cuatro meses más joven que Alessandro Petacchi.

Se habla de Contador, que es una forma de hablar de Oleg Tinkov, el dueño de su equipo, el millonario al que le gusta incordiar y desquiciar a sus empleados, convencido de que es la mejor forma de que rindan. Como anunció que dirigiría al equipo en lugar del soso Bjarne Riis, la corriente mayoritaria de pensamiento Giro ha colegido que si Contador atacó en el Abetone y se tiñó de rosa tan pronto (y es un rosa fosforito como el del rotulador que usan los chavales para subrayar los apuntes y que Contador parece usar más como un spray de pintura aplicado sobre todo el folio, pues para él todas las líneas del libro, todos los kilómetros del Giro, son importantes) fue impelido por el aliento insaciable de su jefe, lo que no deja de ser un ejercicio de desmemoria. Para Contador, y ha sido así siempre, desde que de neoprofesional le plantó cara a Manolo Saiz, y luego le llevó la contraria a Johan Bruyneel, y más tarde le dictaba a Riis la táctica, la carrera es su cabeza y es su instinto, y el equipo está para secundarle. No parece que el fogoso Tinkov tenga más ascendente que sus anteriores jefes. Hace cuatro años, un ataque de Contador en Tropea, en vísperas del Etna, sorprendió a todos en el Giro, incluido a su director, Riis. Y terminó de rosa en Milán, que es de lo que se trataba.