Desde chiquito se enamoró de la bicicleta

Aracely Urán le contó a cómo se inició su hijo en el ciclismo.

Junto a sus padres, Rigoberto y Aracely. / Fotos: Luis Benavides
Junto a sus padres, Rigoberto y Aracely. / Fotos: Luis Benavides

Urrao, un bello municipio en el suroeste de Antioquia, es la tierra de la granadilla. Hay un valle enorme a la entrada y verde por todos lados. De allá somos nosotros, toda la vida estuvimos, hasta hace año y medio que Rigoberto me trajo para Medellín, pero mucha familia está todavía en el pueblo.

Cuando me di cuenta de que estaba en embarazo mi esposo me dijo: “Si es niño le ponemos Rigoberto, como el papá”, y así fue. Desde que nació se la pasaba siempre con el papá de arriba para abajo. Él vendía chance y se recorría todo el pueblo en bicicleta; entonces, para poder ir con el niño, le mandó a poner una sillita y todos los días salían los dos a trabajar. Toda la vida Rigoberto ha estado encima de una bicicleta, aún antes de aprender a caminar. Cuando cumplió cinco años, mi esposo le compró su primera bicicleta, entonces salían los dos. Yo veía cómo se iban alejando por el camino, uno y otro orgullosos, pedaleando. Pero en ese momento no me imaginaba que mi niño iba a querer ser ciclista, sino que, como a cualquier muchachito, le gustaba jugar en esos aparatos.

Cuando el niño tenía como seis años llegó al pueblo una escuela de ciclismo y el entrenador era JL. Todavía está él. Ese señor ha sido un papá para Rigoberto y es el que les enseña a todos los niños de Urrao. Rigo comenzó a entrenar con ellos; el papá salía y los acompañaba. Siempre ha sido muy juicioso, así que vieron que era berraquito, y a los 10 años ganó la primera competencia en el municipio de La Pintada.

En el colegio fue bastante plaguita. Era buen estudiante pero mi esposo se la pasaba hablando con los profesores que lo mandaban a llamar para ponerle muchas quejas. Se juntaba con otros compañeritos y quemaban cosas químicas en los salones y hacían salir a todo el mundo y terminar las clases. Ese muchacho era horrible de necio, pero, eso sí, bien disciplinado con el deporte. Desde chiquito se enamoró de la bicicleta y no se ha bajado de ahí, y el papá lo apoyaba. Tanto era así que salía a entrenar con los niños hasta cuando Rigoberto no iba. Así fue el día que lo mataron. El niño se quedó haciendo un trabajo para el colegio y mi esposo se fue con el equipo a entrenar. Estaban en la vereda El Tigre cuando se encontraron a los paramilitares. Lo llamaron a él para que les ayudara a arriar un ganado y más tarde supimos que lo habían matado. Gracias a Dios Rigoberto no estaba ahí, no vio cómo se le llevaron al papá. Me acompañó al levantamiento a orillas del río.

Nos quedamos solos. Rigoberto, que para esa época tenía 14 años, la niña, que tenía cuatro, y yo. Mi muchacho se hizo cargo de todo. Siguió entrenado, estudiando y montando en bicicleta, vendiendo el chance en todo el pueblo. Me decía: “No se preocupe que juntos salimos adelante”. Madrugaba y se acostaba a las 10 u 11 de la noche, casi todo el día dando pedal. A los 15 años se lo trajeron para Medellín, al equipo del Orgullo Paisa. Me entregó el trabajo que le había dejado el papá; yo aprendí a vender chance para él venirse a cumplir con el ciclismo. Mi hermana estaba pendiente de él, lo apoyaba, le lavaba los uniformes a mano, porque en esa época no tenía lavadora, y los ponía a secar para el otro día. Hasta que a los 18 años se me lo llevaron para Europa. Él me decía: “Aquí para ganar es muy duro, hay que entrenar mucho porque hay gente muy buena, además el clima es muy fuerte y aquí aman mucho este deporte”. Gracias a Dios le ha ido bien. Yo no me pierdo ninguna carrera y sufro mucho. Cuando se accidentó en la Vuelta a Alemania, eso fue muy duro para mí porque no podía estar con él. Ver que quedó casi inhábil, sin poder mover las manos, fue muy difícil, porque yo no tenía visa ni nada, no me podía ir a cuidarlo. Gracias a Dios allá hay unos esposos italianos que lo acogieron y son su segunda familia.

A pesar de eso, nunca me dijo que se quería retirar ni yo se lo insinué porque él ama demasiado este deporte. Todos los días se lo encomiendo a María Auxiliadora, al Dios del cielo y al alma del papá para que lo cuiden porque hay accidentes muy horribles. Yo quiero que cumpla sus sueños. Me dice: “Yo quiero ganar un Tour de Francia o un Giro de Italia, una carrera así importante”. Dios nos va a ayudar porque es un muchacho ejemplar y va a tener muchos triunfos más. Nada le han regalado, todo ha sido muy sacrificado, si no vea este Giro con ese clima tan complicado. La última etapa del sábado nos quedó grabada en la memoria a todos. Verlo llegar con las cejas y los ojos llenitos de nieve. Así ha sido la vida de mi muchacho, llena de sacrificios, pero también, gracias a Dios, de reconocimientos que nos llenan de orgullo.

 

Adaptación: Mary Luz Avendaño, Medellín.

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