Este domingo es la presentación de equipos del Tour Colombia 2.1

Chris Froome, el ciclista que superó el racismo

En sus inicios, los directivos de la federación de Kenia no querían que representara a su país; sin embargo, traspasó todas las barreras para llegar a ser uno de los mejores corredores de la historia.

Froome abrirá su temporada 2019 en el Tour Colombia 2.1, prueba en la que defenderá el título de Egan Bernal. / AFP
Chris Froome, líder del equipo Sky. EFE

Los ojos claros, con la expresión de melancolía prolongada, mantienen el mismo brillo. La contextura es igual: piernas y brazos largos, hombros estrechos, como la cadera, y una postura rígida, elegante, muy británica. Del pelo rubio, que con el inclemente sol se hacía blanco, ya no queda mucho; ahora hay una frente amplia. Las manos son grandes, sus dedos de pianista también. Ya no es tan introvertido como antes, pero sigue siendo cuidadoso con las palabras, pues aprendió desde niño que una frase de más le podía traer problemas. Chris Froome creció en Karen, un barrio de Nairobi, la capital de Kenia, y pasó su infancia en un oasis de gente blanca en un país de negros, en un lugar en el que él y sus hermanos eran los diferentes.

Froome vivió en un vecindario de ricos en una ciudad de pobres y desde siempre prefirió compartir con los sirvientes que venían del otro lado de Nairobi para limpiar la casa; y con sus hijos. Todavía no sabía del racismo, tampoco se había contaminado con ese odio de muchos contra unos pocos. De hecho, nunca lo hizo, pues su madre, Jane Flatt, le inculcó que el color de la piel no dictaminaba lo que era una persona, que el prejuicio de unos no era justo con los otros. Y por eso Froome, solitario en su niñez (sus hermanos mayores se fueron a estudiar en la universidad en el Reino Unido), entabló amistad con niños de color, que aún conserva, y hasta tuvo esquistosomiasis como ellos (según la Organización Mundial de la Salud, más de 200 millones de personas, la mayoría menores de 12 años, sufren de esta enfermedad parasitaria).

Froome, que también pescó con lanza y en una ocasión huyó de un hipopótamo enfurecido (duró media hora trepado en un árbol esperando que el animal se fuera), estudió en el colegio Banda, uno de los pocos con la estricta educación inglesa y en el que los niños hablaban con ese acento distinguido de Oxford. Los fines de semana llegaba a su casa lleno de raspones, con las rodillas moradas y los tenis sucios luego de montar en bicicleta por horas. “Mi mamá me miraba de arriba abajo antes de soltar una carcajada”.

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Así aprendió a montar, con la pedagogía de las caídas y la persistencia como método del éxito. Y esa perseverancia cautivó a su madre, una fisioterapeuta que buscaba el dinero por un lado y por el otro con el fin de mantener una vida digna para su hijo. “Ella supo que yo tenía una academia y me preguntó si su hijo podía entrenar con nosotros”, rememoró David Kinjah, un excorredor considerado el padre del ciclismo de ruta en Kenia, que más parece un cantante de reggae por sus dreads, sus ademanes pausados y su voz melodiosa. Con él, y gracias a él, Froome supo que había una opción de llegar al profesionalismo en un país en el que todos querían ser atletas de fondo y la inspiración máxima tenía nombre propio: John Ngugi (ganador de los 5.000 metros en los Juegos Olímpicos de Seúl, en 1988).

Kinjah se encontró con un joven que pedaleaba de manera desordenada, delgado y de apariencia débil. Sin embargo, lo cautivó su disciplina, el trato educado con los demás y el modo en el que interactuaba con sus compañeros. En otras palabras, un ser cándido. “Nadie lo tomaba en serio, pero su personalidad era abrumadora; atraía como un imán y por eso lo dejamos en el equipo”, diría años después cuando Froome ganó su primer Tour de Francia, en 2013.

Con los niños de la escuela, Chris empezó a rodar por los alrededores de Nairobi, por las colinas de Ngong, unos picos intermitentes a lo largo del valle del Gran Rift. A Froome le tocó sentir el miedo del terrorismo el 7 de agosto de 1998, cuando Al-Qaeda voló la Embajada de los Estados Unidos en Nairobi, dejando 224 muertos y 5.500 heridos. “Luego de eso no salimos a montar durante una semana. Hubo un pánico colectivo y nosotros, en medio de nuestra inocencia, también lo sentimos”. Apenas tenía 13 años.

Después vino el divorcio de sus padres y la mudanza a Johannesburgo (Sudáfrica), el comenzar una nueva vida, el colegio Saint John’s y la soledad del internado, el extrañar la naturaleza y a los amigos, la timidez expuesta en un lugar que no sentía como suyo. Y Froome incursionó en el ciclomontañismo y comenzó a competir los fines de semana. Y le fue tan bien que Kinjah le sugirió comprarse una cicla de ruta y hacer la transición. Fue entonces cuando disputó su primera carrera profesional: el Tour de Maurice, y la ganó con 18 años en medio de los insultos racistas de los demás competidores: ciclistas de color que le hacían bullying en patois (un dialecto africano) para que él no entendiera nada. “Trataron de amedrentarlo y pasó todo lo contrario: Chris fue aun más fuerte”, diría Kinjah.

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Y en 2016, cuando quiso correr en los Juegos de la Mancomunidad en Melbourne (Australia), representando a Kenia, la Federación de Ciclismo de ese país le negó el cupo con el argumento de que él no simbolizaba a la nación; en otras palabras, que a los dirigentes retrógrados y despóticos de ese entonces no les importaba que en su acta de nacimiento dijera Nairobi, pues su color de piel era suficiente para hacerlo a un lado. “Hablé con ellos y les hice una advertencia: o dejan correr a Chris o nadie de nuestro equipo lo hace”.

La amenaza de Kinjah fue bastante, pero a la vez nada, pues antes de la competencia los comisarios keniatas demoraron la llegada de las bicicletas, escondieron los suministros (hidratación y alimentación) y pusieron todo tipo de barreras para que Froome no disputara la prueba de ruta. “No se quejó, pero tenía derecho a hacerlo. Su simpatía hasta en los instantes más complicados, en los que todo se tornaba en su contra, es de admirar”. Puede que esa sea una de las razones por las que haya preferido nacionalizarse británico.

Un hombre leal

En 2012, en su segundo Tour de Francia y luego de su paso por el Konica Minolta y el Barloworld (en el que fue compañero del colombiano Mauricio Soler), y ya vistiendo los colores del equipo Sky, Froome vivió lo que para muchos fue un suceso frustrante, pero lo que para él fue una muestra de lealtad y respeto al orden establecido. En la etapa 17, en el ascenso al Peyragudes, el británico tuvo que parar varias veces para esperar a Bradley Wiggins, líder de la escuadra, que no estaba tan fuerte como en meses anteriores. De hecho, por el radio le pidieron mermar el ritmo y dejar que Alejandro Valverde se fuera solo hacia la cima (el español se quedó con la victoria).

Ese día Froome respondió como un buen gregario y sacrificó lo que pudo ser su primer triunfo en la carrera por etapas más importante del mundo para que Wiggins fuera campeón. Más adelante llegarían cuatro títulos en los Campos Elíseos (2013, 2015, 2016 y 2017). “Solo cumplí con mi trabajo. Las felicitaciones son para todos, no para mí. Esperé porque no era prudente poner en peligro nuestro objetivo”, dijo aquel 19 de julio mientras la mayoría de las cámaras y los micrófonos buscaban a su compatriota.

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Froome, el africano, es uno de los siete ciclistas que han ganado las tres grandes vueltas junto a Eddy Merckx, Bernard Hinault, Jacques Anquetil, Alberto Contador, Felice Gimondi y Vincenzo Nibali. También ha sido el corredor más importante en la última década, en una muestra de orden y razón, de inteligencia en las carreteras, de creer más en los números que en los instintos, del cálculo y la planeación. Por eso es habitual verlo con los ojos clavados en el potenciómetro, interpretando números, apelando a la ciencia y mostrando que existe otra forma de ciclismo que es igual de valiosa a la legendaria y que brinda espectáculo.

Y así como superó el racismo en sus comienzos, también dejó atrás el positivo por salbutamol en la Vuelta a España de 2017, a pesar de que las muestras A y B arrojaron el mismo resultado. De hecho, al año siguiente corrió el Giro de Italia y se quedó con el título. “Sufro de asma y estoy medicado con Ventolin”, dijo en su momento el corredor de 33 años. Tras especulaciones sobre una posible sanción, nunca hubo penalidad ni pérdida de los títulos, como sí le sucedió al estadounidense Lance Armstrong.

Froome, el mismo que una vez corrió un prólogo del Tour con unos algodones empapados en un vasoconstrictor, porque se le olvidó quitárselos, y con el dorsal 105 que tenía el nombre de su compañero Bernhard Eisel, está de nuevo en Colombia (ya estuvo en el Giro de Rigo, una competencia recreativa organizada por Rigoberto Urán en 2018) para que la afición de nuestro país tenga el privilegio de verlo y sea testigo de la calidad de uno de los ciclistas más grandes de la historia, que encandila no solo por su manera de pedalear, sino por su forma de tratar a la gente, de ser uno más.

@CamiloGAmaya

 

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