Del Tour de 1983 al del 2015

Todo ha cambiado, en buena parte debido a los “escarabajos”.

EFE

Quienes vivimos de cerca la epopeya colombiana en el Tour en 1983, que por cierto no olvida ningún aficionado de más de 40 abriles, sabemos que la gran carrera francesa en nada se parece a la de hace 32 años y que nuestros corredores llegan ahora en condiciones bien diferentes a las que tuvieron que enfrentar Alfonso Flórez, Samuel Cabrera, Fabio Casas, “Condorito” Corredor, Patrocinio Jiménez, “el Pollo” López, Cristóbal Pérez, Abelardo Ríos, Julio A. Rubiano y Rafael Toloza.

En la del siglo pasado los profesionales solamente aceptaron la presencia de un equipo aficionado tras lograr que el director, Félix Levitán, les garantizara etapas larguísimas, cronos agotadoras y pavés de pura piedra, no de ladrillo y parchadas en algunos tramos como los de este año. Esta vez, para lograr la presencia de Nairo y sobre todo para darle una opción a jóvenes escaladores franceses –que por cierto ya perdieron tiempo importante- la situación es completamente distinta.

Comencemos por el recorrido: en el 83 tuvo 3.809 kilómetros, una cronómetro por equipos de 100 kilómetros, 113 kilómetros en dos contra reloj llanas y un prólogo y 15.6 en otra en ascenso (la mitad era plana). En el 2015 la prueba tiene 465 kilómetros menos, de los que sólo 13,8 serán contra el reloj individual y 28 en la de equipos. Son 228 menos contra el cronómetro.

La etapa más larga de entonces, corrida entre Roubaix y Le Havre, tuvo en el papel 300 kilómetros a los que se le agregaron unos 25 neutralizados desde la meta de salida hasta el sitio oficial de partida. Ese día se pedaleó desde las siete de la mañana hasta las siete y media de la tarde (allá a esa hora en verano hay luz plena) y cuenta el médico Carlos Osorio que para que los corredores colombianos pudieran llegar al tercer piso del hotel debieron subirlos alzados. Este año la etapa más larga fue la cuarta con 102 kilómetros menos.

Pero quizás la diferencia más notable es la forma de correr. En las etapas llanas se iba a un promedio de 25 kilómetros por hora y sólo se aceleraba, en ocasiones a más de 60, en la última hora, cuando aparecía el helicóptero de la televisión. “Apenas oye uno el ruido de ese aparato hay que amarrarse las correíllas y agarrarse duro del manilar para poder seguir chilingüiando al fondo del lote”, comentaba Abelardo Ríos. Muchas noches los muchachos de Varta se sentían tan mal que aseguraban que no podrían salir al día siguiente, pero a punta de verraquera cinco de ellos estuvieron en el paseo final de los Campos Elíseos. Quizás fue lo que más sorprendió a los colombianos que entonces, por pura ignorancia, no hicieron ninguna carrera de preparación en Europa para adaptarse a ese ritmo. El promedio del Tour del 83 fue de 36.2 kilómetros por hora mientras que en el del año pasado fue de 40.67

Y ese ritmo infernal con el que hoy se corre desde la salida se debe a los colombianos. Cirylle Guimard, que en los 80 dirigía la Renault de Hinault y Fignon y que se dio cuenta de las diabluras que podían hacer los nuestros en los ascensos les pedía a los demás técnicos antes de cada salida que colaboraran para llevar de la lengüa a los colombianos en el llano para conseguir que llegaran sin piernas a la montaña.

Y es que en los primeros años de esa década se habían olvidado las batallas épicas en las cumbres de Charly Gaul, Fausto Coppi, Gino Bartali, Eddy Merckx, Federico Bahamontes y Luis Ocaña y se subía en grupo. Solamente cuando faltaban unos 300 metros para el premio de montaña se ponían al frente quienes disputaban esta clasificación y embalaban. Por ello en 1982 el campeón de las pepas rojas fue Bernard Vallet, un rodador francés que era especialista en pruebas de Seis Días en velódromos y por eso fue un cataclismo descomunal el que formaron los colombianos cuando Patrocinio y “Condorito” se batieron como leones en la primera etapa pirenáica, entre Pau y Bagneres de Luchón, en la que famosos corredores europeos perdieron más de 20 minutos.

Fueron tantos los estragos que causaron los “escarabajos”, a pesar de que con múltiples errores pagaban “la novatada” y eran los únicos corredores aficionados (Habían sido invitados nueve equipos nacionales), que peleaban contra 21 escuadras profesionales que al terminar el Tour el quíntuple campeón de la prueba, el francés Jacques Anquetil, quien se enamoró de la forma de subir de los nuestros, tituló su nota en L´Equipe de la siguiente manera: “Si vuelven serán terribles”.

Si solamente son terribles tres décadas después se debe a que hoy nuestros corredores son los líderes de equipos europeos, cuentan con la tecnología de sus adversarios, se preparan en las mismas condiciones y conocen a fondo los secretos del ciclismo profesional. La estrategia de llevar a tope las grandes vueltas en el llano les funcionó a los europeos algún tiempo y cuando los nuestros aprendieron a defenderse en ese terreno sus médicos y sus técnicos utilizaron el EPO, una droga para la anemia, con el que nivelaron la desventaja que tenían con nuestros muchachos, que además de verse obligados a correr y entrenar todos los días en las cuestas por la topografía del país; por nacer, crecer y vivir en altura tenían en forma natural un mayor nivel de hematocritos en la sangre y con ello una capacidad mayor de resistir los grandes esfuerzos.

Los numerosos escándalos por el uso de esteroides y anabolizantes y, en especial por la forma descarada en que se utilizaban el EPO y otras sustancias, obligaron a la UCI y a las autoridades olímpicas a encontrar la forma de detectar a los tramposos. Los rígidos controles de hoy, que se realizan hasta fuera de competencia, hacen una diferencia abismal en la forma de correr del pasado y la de la actualidad. Por todo ello y por la capacidad excepcional de Nairo Quintana hoy se puede pelear de igual a igual el título del Tour de Francia.

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