El “Chepe” Castro, el hombre detrás del éxito de Colombia en el Mundial de Paracycling

Desde 2009 es el encargado de dirigir la selección colombiana de paraciclismo. Su esposa murió de cáncer, pero su pérdida alimentó las ganas de entrenar y apoyar a personas con alguna limitación física. Él es el artífice de la buena actuación del país: siete medallas y dos campeones mundiales.

Carolina Munevar (izq.), José Chepe Castro (centro) y Alejandro Perea (der.).Cortesía

La delegación nacional logró, con el oro de Diego Dueñas de este domingo, llegar a siete medallas en la cita orbital que se disputa en Apeldoorn. Esta es la historia de su entrenador, un hombre dedicado a sus deportistas. 

Un licenciado de educación física, egresado de la Universidad Pedagógica Nacional, que representó al país como gimnasta en su época de estudiante, se dedica las 24 horas de cada uno de sus días a entrenar, enseñar y ayudar a personas con algún tipo de discapacidad. José Chepe Castro es desde 2009 el entrenador de la selección colombiana de paraciclismo. Sus pupilos han ganado medallas olímpicas y campeonatos mundiales, pero para él la mayor satisfacción es poder darles una nueva vida a cada uno de sus muchachos. Hoy es el hombre detrás del éxito de Colombia en el Mundial de Paracycling de Holanda.

Para ser deportista paralímpico hay que tener algún tipo de discapacidad avalada por la Unión Ciclística Internacional.

Su esposa, Marcela, se enfermó de cáncer cuando él comenzó a entrenar a personas con discapacidad. El azar de la vida y que la Federación de Ciclismo no tuviera a alguien para llevar a dos pedalistas a una Sordolimpiada en China hizo que Castro comenzara, sin saber, su carrera como entrenador de deportistas paralímpicos. Su primer reto ante dos personas sordas fue poderles dar instrucciones. “En la primera salida a entrenar duré más de media hora pitando desde el carro dándoles instrucciones y después de varios gritos caí en cuenta de que ellos no me oían”, recuerda Castro apenado por la inexperiencia de esa vez.

Pero sus ganas de enseñar pudieron más y por eso se ideó un sistema similar a un semáforo. Tomó paletas de colores verde, blanco, amarillo y rojo y a cada una le puso una función. Por ejemplo, el blanco era embalar, el verde rematar en la siguiente vuelta y el rojo era neutralizar cualquier ataque. El día de la competencia en China había unas luces en el estadio que confundían a sus dos ciclistas, por eso tuvo que encaramarse en una de las gradas que quedaba en una curva de la pista y desde ahí les dio instrucciones, a paletazos, a sus dos muchachos.

Hay veces que la vida está marcada por los golpes. En su regreso de un viaje de una competencia en Canadá, Castro se enteró de que su esposa había sufrido de una hemiplejia (parálisis de una parte del cuerpo) por una lesión cerebral, y quiso dejarlo todo. La primera en parar esa locura fue ella. Marcela y él se conocieron estudiando la licenciatura en educación física y desde entonces cada uno supo aprender del otro. Tras la muerte de su esposa como consecuancia de un cáncer, Castro se prometió heredar el orden y la responsabilidad que siempre admiró de ella. Su ausencia le ayudó para entregarse de lleno a su labor como seleccionador y entrenador.

Cambió todo. Su forma de pensar, de ver las cosas y hasta el carro que tenía. Decidió comprarse una camioneta pickup, de esas que tienen para cargar mercancía, y en ella transporta las bicicletas y todo lo que necesita un pedalista paralímpico para competir y entrenar. También compró una moto, pero de un cilindraje alto. Con ella asegura que el espacio que ocupa en la carretera, mientras entrena a sus ciclistas, sea más amplio para que los carros. Al ver una motocicleta de ese tamaño, no se crucen ni pongan en peligro la integridad de alguno de ellos. Castro no sólo los entrena sino que también les ayuda a mejorar su calidad de vida. A Diego Dueñas, quien ha sido campeón de ruta, le ayudó llamando a ciertos amigos para que su EPS lo atendiera de forma más rápida.

Al igual que a la pedalista boyacense y medallista olímpica Carolina Munévar, quien fue atropellada por una tractomula en una carretera cerca de Cucaita (Boyacá). Castro se enteró del accidente y con ayuda de Jorge Ovidio González, presidente de la Federación Colombiana de Ciclismo, la trajo al hospital La Samaritana en Bogotá, para que allí le realizaran una intervención médica. La tardanza en el procedimiento hizo que Carolina perdiera una pierna, pero Castro fue uno de los primeros que estuvieron allí cuando despertó. Y la convenció a ella y a sus padres, que nada querían saber de ciclismo, para que continuara en el paracycling y ganara todas las competencias y medallas que soñó de niña.

Carolina le supo devolver a Castro su ayuda y en el último Mundial de Paracycling de Río de Janeiro, en abril de este año, le entregó al país y a Castro una presea de bronce en los 3.000 metros persecución individual. “Ella sabe que mi mamá nació en Boyacá y cada vez que viene y nos vemos me trae arepas típicas de allá y envueltos de mazorca”, asegura un entrenador orgulloso de su pupila.

A veces la mejor forma de amar el país en el que se nació es ayudando a sus deportistas. Porque quizá no hay mejor representante para una nación que los hombres y mujeres que hacen sonar el himno para hacer más grande la historia deportiva de Colombia. Los deportistas se caracterizan por el anhelo de ganar. Castro, a los suyos, les ha dado las ganas de seguir viviendo.