El ciclismo era mi vida, mi trabajo...

El 16 de junio de 2011 me cambió radicalmente la vida.

Mauricio Soler, junto con sus padres María del Carmen Hernández y Manuel Antonio./ El Espectador
Mauricio Soler, junto con sus padres María del Carmen Hernández y Manuel Antonio./ El Espectador

En desarrollo de la sexta etapa de la Vuelta a Suiza sufrí un aparatoso accidente y, según el reporte de ingreso a la clínica San Galo, fui diagnosticado con trauma craneoencefálico severo, fractura de la base del cráneo en el lado izquierdo, fractura de las costillas número dos a la nueve, fractura compuesta de clavícula y escápula, laceración del riñón izquierdo, fractura compuesta del cuello del pie izquierdo y fractura del malar y temporal del pómulo.

La verdad fue que estuve muy cerca de la muerte. Pero tengo que confesar que siempre vi una luz al final del túnel. Cuando mi esposa, Claudia Patricia Flórez, llegó a Suiza, yo estaba prácticamente muerto. “Sólo un milagro lo puede salvar”, le dijo el médico del equipo Movistar, Alfredo Zúñiga. Cuando me vio conectado a mil cables, totalmente esquelético (me bajé unos 20 kilos) y con un panorama totalmente desolador, decidió llevar un padre para que me administrara los santos óleos y renovar nuestros votos matrimoniales.

En julio, tras varias operaciones, fui trasladado al hospital de Pamplona (España) y allí recuperé el sentido. Reconocí a mi esposa y pregunté por Cacheticos, mi hijo, Juan Mauricio. El 14 de octubre de ese año, cuando ya estaba fuera de peligro, fui dado de alta. No me dejaron viajar a Colombia porque, debido al fuerte impacto que recibí en la cabeza, el oído izquierdo estaba afectado y por ello sufría de un vértigo que me impedía caminar normalmente y viajar en avión.

Sólo hasta diciembre de 2011 recibí el permiso para venir a Colombia y fui muy feliz porque pude volver a ver a mi familia y a mi hijo. Y aunque mi salud iba evolucionando, en octubre del año pasado me dieron la dolorosa noticia de que no puedo volver al ciclismo de competencia.

Aún no es fácil asimilar esa decisión, porque el ciclismo era mi vida, mi trabajo. Sin embargo, hoy tengo que decir que, pese a ese dolor, todos los días le doy gracias a Dios porque estoy vivo, puedo caminar y recuperé mi salud en un 90%, pese a que hay días en los que el dolor de la rodilla y el tobillo son más fuertes que otros, no puedo bajar las escaleras y debo, además,   tener mucho cuidado con el vértigo, pues no puedo voltear de repente la cara o me mareo mucho. Pero todo es cuestión de acostumbrarse y de tener mucha paciencia y de nunca, pero nunca, perder la esperanza en la vida.

Ahora mismo no pienso mucho en mi futuro. Quiero vivir una vida tranquila, al lado de mis padres, mi esposa y mi hijo, porque, siendo muy sincero conmigo mismo, veo muy complicado que esta situación cambie. Tengo que concentrarme en no retroceder en mi rehabilitación, por eso todos los días me ejercito caminando en la finquita que tengo cerquita a Ramiriquí. Allí también tengo un gimnasio y hago los ejercicios que me enseñaron cuando estaba en el hospital.

Admito que a veces no es fácil. Cuando veo una competencia de ciclismo por televisión, me da muy duro pensar que yo a mi edad (30 años) podría aún estar haciendo grandes cosas por el deporte de Colombia, como cuando en 2007 fui campeón de los premios de montaña del Tour de Francia.

Cuando miro a mi hijo y disfruto con él su crecimiento, siento que vale la pena vivir. No es cuestión de resignarse, se trata de ver que hay personas que pasan por cosas peores que las mías. Así que les digo: nunca podemos perder las ganas de vivir. Aunque al comienzo sufrí y lloré mucho, hoy puedo decir que paso días tranquilos en constante agradecimiento a Dios por darme una segunda oportunidad.