El interminable José Serpa

Con 40 años, el ciclista de Bolívar ganó tres medallas de oro, dos en pista y una en ruta, en los Juegos Nacionales 2019.

Tras una larga carrera en Europa, José Serpa sigue vigente: fue triple medallista dorado en los Juegos Nacionales. / Bolívar 2019Cortesía Bolívar 2019

José Serpa es de todas partes. Nació en Sampués, lo bautizaron en Corozal y pasó su infancia en Villanueva. Este último pueblo, a 28 kilómetros de Cartagena, es el que evoca la juventud y trae el recuerdo del alba en la sabana, de la finca y el ganado, del buñuelo de maíz verde y del ciclismo.

De las jornadas levantándose a las cuatro de la mañana para el ordeño, de las cantinas repletas de leche y del aire límpido del campo. Además del radio con el que su papá, Antonio, escuchaba el Tour de Francia. “Cuando faltaban 10 kilómetros parábamos de trabajar y nos sentábamos a oír. No sabía cómo eran los ciclistas”. Una fantasía con base en los relatos grandilocuentes, en los gritos y las descripciones. Así construyó su propia imagen de Miguel Induráin, la misma que contrastó en el Mundial de 1995 en Colombia. “Esa fue la primera vez que lo vi por televisión. No lo pensaba tan grande, tan corpulento, pero su manera de pedalear ya la conocía gracias a las narraciones”.

Serpa aprendió a montar bicicleta yendo hasta el colegio por una vía que no era vía, que más bien parecía una trocha, y que se enlodaba con la más leve llovizna. Fueron muchas las ocasiones en las que tuvo que bajarse, ponérsela al hombro y caminar hasta Villanueva con el barro hasta los tobillos. Se hizo más fuerte yendo y viniendo a El Peligro, la única loma tendida de la región con uno que otro repecho exigente. Y por eso, por la devoción de repetir el mismo ascenso una y otra vez sin desistir, logró convencer a su papá de que lo llevara a unos Juegos Interbarrios de Cartagena. “Gané sobrado, y eso que la bici que tenía era pesada, de hierro, muy dura”. Después vino su incursión en la pista, el aprender a frenar sin frenos y de manera paulatina para no salir disparado del sillín, y a tomar los peraltes sin miedo a pesar de la inclinación de las curvas, intimidantes para el primerizo.

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“Pocos saben que hice el ciclo olímpico en esta modalidad y que clasifiqué a Atenas 2004. Como muchos, fui pistero antes que rutero”. Agarrándose a la memoria, Serpa dice que no hubo oportunidades ni patrocinios en su departamento, que por eso se fue para Bucaramanga y que vivió en unas habitaciones que tenía en ese entonces el velódromo Alfonso Flórez. Que mientras entrenaba con Hernán Buenahora le llegó una propuesta de correr en Venezuela y que por su buena actuación en la Vuelta al Táchira, en 2006 (ganó tres etapas y fue segundo en la general), obtuvo un contrato con el Selle Italia, hoy Androni Giocattoli, para irse a Europa. Ese año se estrenó en el Tour de Langkawi, se quedó con dos victorias de jornada y fue sexto en la general.

En 2007, sin ser convocado para el Giro de Italia, Serpa viajó a los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro y fue segundo en la prueba por puntos, por detrás del venezolano Andris Hernández. “Y esa fue mi última vez en la pista, hasta este año, que me dio por disputar en los Juegos Nacionales”. Sabiendo del velódromo y sus peligros, José tuvo prohibido competir en esa modalidad durante años, los nueve que corrió en Europa, pues sus equipos nunca dieron el aval por el miedo a una lesión, por el tiempo que demanda prepararse para la pista y porque lo necesitaban enfocado en las carreteras. En estos Juegos del Bicentenario fue quinto en la persecución por equipos, después ganó el scratch, siendo el único que les sacó vuelta a los demás, terminó octavo en la velocidad individual y obtuvo oro en la prueba por puntos. “El cuerpo tiene memoria, paisano, eso no se olvida. Y me dio alegría volver”.

Correr por su departamento fue una urgencia impostergable, fue, de otra forma, revivir ese apego a las raíces, a los comienzos y a los recuerdos, entendiendo que el tiempo nunca para y que, como casi siempre, el rival a vencer sigue siendo él mismo. “Puede que no tenga la fuerza de antes, pero soy más calmado, más estratega, y procuro transmitirles eso a mis compañeros”, dice con un tono marcial, divertido, como son todas las charlas con uno de los pedalistas más carismáticos de nuestro país, con un hombre que irradia positivismo y que procura ser muy cristalino a la hora de hablar, también de analizar.

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Hay erizamiento en el estómago, hay ansiedad, mas no nervios. Serpa sigue sintiendo esto antes de cada carrera, así tenga encima siete Giros de Italia, una Vuelta a España y tres Tours de Francia. “El día que no me emocione al competir daré un paso al costado y me dedicaré de lleno a la ganadería y a la familia”, concluye un hombre que desde muy niño aprendió que el sufrimiento en este deporte es didáctico y que, como en la vida, lo más importante es pedalear para no perder el equilibrio. Este domingo, para seguir enriqueciendo su leyenda, ganó también la prueba de ruta y, con 40 años, demostró que es interminable.

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Camilo Amaya - @CamiloGAmaya

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