Froome, un robot que se convirtió en humano

Punta de lanza de la máquina perfecta Sky, Chris Froome fue malquerido por los aficionados durante la conquista de sus dos primeros Tours de Francia, imagen que ha cambiado en su tercer entorchado, decorado con caídas, ataques imprevistos y una carrera a pie por el Mont Ventoux que pasará a la historia.

El británico Chris Froome, tricampeón del Tour de Francia. / Efe
El británico Chris Froome, tricampeón del Tour de Francia. / Efe

Su inédita reacción, correr montaña arriba con el maillot amarillo después de romper su bicicleta tras caer al impactar con una moto, perfila con su carácter ganador. Nacido en Nairobi hace 31 años y criado por una madre divorciada que multiplicaba los trabajos, Froome es protagonista de una trayectoria improbable, un camino lleno de curvas hasta convertirse en el mejor ciclista del último lustro.

Tras una infancia rodeado de naturaleza y animales salvajes, se curtió como ciclista de ruta en Sudáfrica, país al que se trasladó con 15 años sin sus padres. “Cuando era pequeño descendía a fondo las pendientes en Kenia. Me he sentido como un niño que intenta distanciarse de sus amigos. Así veo el ciclismo, quiero sentir los escalofríos”, dijo tras su acrobático descenso en la octava etapa, que ganó para lograr el liderato, desvelando una cara inédita del hasta entonces percibido como ciclista alérgico a los riesgos.

Compitió por Kenia en categorías inferiores y fue detectado por el prestigioso Centro Mundial de Ciclismo, con sede en los Alpes suizos, especialista en rescatar talento de lugares sin mucha tradición con la bicicleta.

“Muchas veces, cuando llegábamos al hotel, quería ayudarnos a bajar las bicicletas de los autos. Tiene una educación estricta con respecto al respeto de la gente”, recuerda Jonathan Fazan, responsable de mecánicos del equipo IAM, que lo conoció entonces.

Tenía 22 años y se moldeaba en las idílicas instalaciones suizas, tan diferentes a los terrenos africanos en los que se inició. Tras debutar como profesional en el Konica (2007) y pasar por el Barloworld (2008 y 2009), Froome, que en 2008 adoptó la nacionalidad británica, como sus padres y abuelos, fichó en 2010 por la bandera ciclista del país, el moderno y rico Sky. En la casa inglesa lo convirtieron en un discípulo del método, primero como gregario de lujo de Bradley Wiggins, primer británico en ganar el Tour en 2012, y desde el año siguiente como líder.

Inmerso en la estructura más científica y organizada del ciclismo actual, Froome domó sus instintos y se convirtió en la pieza maestra. “Es un superlíder, tranquilo, siempre concentrado, ambicioso. Vigila cualquier detalle que para otro es insignificante”, lo describió el colombiano Sergio Henao. Así llegaron sus dos primeros Tours. Froome y Sky fueron sinónimos de fiabilidad, prudencia, control y superioridad, lo que provocó cierto rechazo de los aficionados por su posición dominante. Pero en 2016 Froome recuperó su lado salvaje. Además de su caída y su descenso con el cuerpo volcado sobre el manillar, el considerado un ciclista torpe se divirtió en una escapada en solitario junto a Peter Sagan, con el que se ha pasado el Tour completo bromeando en italiano. Decidido a conquistar corazones, rechazó hablar en inglés para hacerlo en francés con los medios del país, un gesto valorado, e incluso el sábado le regaló un maillot amarillo a uno de los periodistas más conocidos de la televisión, que se retira en esta edición. Padre de un niño en diciembre, Kellan, Froome dice que le gustaría seguir intentando ganar el Tour en el próximo lustro.

“Quiero que mi hijo se sienta orgullo de mis maillots amarillos”, dijo Froome, que este domingo se abrazó al pequeño Kellan al superar la meta.

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