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La RAI cuenta que en solo doce minutos se vendieron las mil entradas para el ascenso al Zoncolan. Cada una a 10 euros, alrededor de $45.000. La pandemia no permite que la afición italiana, siempre tan generosa, se aglomere en una vía estrecha a lo largo de los 14,1 kilómetros, una subida que tiene rampas del 27 % de inclinación en la que el ciclista no tiene de otra que clavar la mirada en el asfalto, pues levantar la cabeza incomoda.
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Un trayecto terrible que solo se puede asemejar con el Angliru en España, ni siquiera con el Mont Ventoux o el Tourmalet en Francia. Egan Bernal dice que no la conoce, Aleksandr Vlasov tampoco. Hugh Carthy, tan inexpresivo, mucho menos.
Simon Yates la ha hecho, por la otra vertiente, la de Oboro, y le trae buenos recuerdos, pues aunque en 2018 vivió la soledad y el dolor del que no tiene las fuerzas para ir al ritmo de los demás, aguantó para arribar y quedó a seis segundos de Chris Froome.
Los ciclistas están de acuerdo en algo: es el monte más duro de Europa, un desafío con uno mismo, una escalera a las nubes en la que todos conocen de qué son capaces y también sus límites. Siguiendo por la línea de esta edición 104 de la Corsa Rosa y su homenaje a los 700 años de la muerte de Dante Alighieri: el infierno para algunos, el paraíso para pocos. Eso sí, todos pasan por el purgatorio antes de llegar a la cima. “Que olvide toda esperanza quien cruce esta puerta”, dice la Divina comedia.
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El Zoncolan desnuda las debilidades y sus quince curvas obligan a que el rival a vencer, más allá del que sufre hombro a hombro, sea el miedo de no quedarse sin gasolina, de querer y no poder, de una mente que pide y unas piernas que no responden. En el Giro hay nostalgia, pues la última vez que se fue por el lado de Sutrio, en 2003, Marco Pantani se despidió a su manera del ciclismo y más adelante de la vida misma.
El 22 de mayo, entonces, fue la última gran muestra del Pirata, que aguantó a Gilberto Simoni, que estuvo a su paso, que se paró en pedales cuando los otros lo hicieron en medio de un río humano que se abría a su paso y de uno que otro que corrió a su lado para alentarlo.
Pantani cruzó la meta en el quinto lugar. Ocho meses y veinte días después murió. Y aunque en esa oportunidad no haya ganado la etapa, mucho menos la carrera, la ilusión de una recuperación que no se dio fue enorme, de encontrar la luz luego de tiempos de depresión y desequilibrio, de una cabeza. De hecho, tras ese Giro, el italiano se fue a Canarias para entrenar, para darse otra oportunidad y recuperar su mejor forma, pero eso no sucedió.
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Hace días se viene hablando de la jornada de hoy, y los protagonistas, entre ellos Bernal, han sido muy prudentes, muy calculadores con los Alpes cárnicos, tan noblemente descritos por Giosue Carducci. “Aguas plateadas y flores alpinas”. El edén para el que no va en bicicleta a enfrentarse al Giro y sus peligros, al que no le toca ser rudo en lo más duro. El pronóstico es de lluvia y más lluvia, y de mucho frío allá arriba a 1.750 metros sobre el nivel del mar.
Un escenario que estará ambientado para el espectáculo de todo lo que envuelve el Zoncolan, de mecánicos en motos con ruedas en cada brazo (el trayecto es tan estrecho que los carros de los equipos no pueden subir), de ciclistas arrojando las caramañolas para perder un poco de peso y donde cada quien tiene un argumento propio y una esperanza distinta. La de Bernal es salir vestido de rosa. “Si me siento bien intentaré sacar más tiempo. Hay que ser inteligentes, más que todo por el vendaval que hará todo más complicado. He visto solo la altimetría en el libro, pero, pues, a veces uno hace reconocimiento del terreno y después se le olvida”.
Un recuerdo muy colombiano
La Maglia Rosa ya era suya. La había cogido cuatro días atrás. Solo bastaba con resistir a rueda, a cualquier ataque y ya. El Giro estaba asegurado. La ventaja sobre el segundo era de tres minutos y siete segundos, una eternidad en el Zoncolan. Adelante, muy adelante, Michael Rogers ganó. Y 16 ciclistas pasaron primero. Nairo Quintana pudo entrar paralelamente con Rigoberto Urán, pero en la última rampa, de las más difíciles, le esprintó —sí, para arriba—, y se puso por delante en lo que fue visto, el menos por los italianos, como un gesto innecesario para demostrar superioridad.
El ascenso laberíntico ratificó las fuerzas del ciclista del Movistar y las ganas que tuvo de quebrar al ya derrotado. José Luis Arrieta, director deportivo del equipo español, se molestó con Quintana por lo sucedido, por lo sobrado que fue.
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Para el boyacense no será algo más que anecdótico, para el antioqueño es un recuerdo incómodo del que habla poco para no matizar el instante. En esa ocasión se escaló por el otro costado de la montaña, que es un poco más corto, pero a la vez más exigente, el que ha dejado como vencedores a Ivan Basso (2010), Igor Anton (2011), Rogers (2014) y Froome (2018). Hace siete años, del Zoncolan salió un colombiano vestido de rosa para levantar el Senza Fine en Trieste. Otro fue segundo y un tercero se quedó con la camiseta de mejor escalador (Julián Arredondo).
La oportunidad de que se repita el acontecimiento es enorme, solo que rematar será bien visto, y más que válido, pues las diferencias entre unos y otros son bastante cortas (Bernal apenas le lleva 45 segundos a Vlasov). Será el recorrido del dolor, como lo llamaría Dante si estuviera vivo, el que dicte sentencia a favor de quien tenga el umbral de sufrimiento más alto. Ojalá sea Bernal el que vaya con ligereza y salga más fortalecido donde muere toda ilusión.
Por: Camilo Amaya, enviado especial al Zoncolan