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25 Apr 2021 - 2:00 a. m.

La melancolía de Lucho Herrera

El escalador fusagasugueño fue el primer colombiano en conquistar una grande: la Vuelta a España de 1987. Con sus triunfos inspiró a los ciclistas de las siguientes generaciones, quienes ya no se conforman con ser campeones de la montaña. No abandona la bicicleta. Después de montar, se sienta a recordar la época en que los aficionados colombianos colmaban las carreteras en las competencias nacionales. Y no se considera una leyenda: solo un ser que aprovechó un talento que descubrió gracias a su mamá.
Lucho Herrera fue el primer ciclista colombiano en ganar una etapa del Tour de Francia. Lo logró en la 17 de la edición 1984, en el mítico Alpe d’Huez.
Lucho Herrera fue el primer ciclista colombiano en ganar una etapa del Tour de Francia. Lo logró en la 17 de la edición 1984, en el mítico Alpe d’Huez.

La melancolía se apodera de Luis Alberto Herrera Herrera, porque tomó conciencia de que los recorridos de las caravanas ciclísticas del país no se encuentran con tan poca gente solo por la pandemia, sino que es un fenómeno que, infortunadamente, comenzó en la década del 90 y arrancando el nuevo milenio. Él rememora cuando en los años 70 escuchaba junto a sus padres las carreras por radio y, si contaba con la suerte de que alguna pasara cerca de su natal Fusagasugá, salía a ver pasar a los guerreros sobre los pedales.

“Ya no es lo mismo de antes”, dice desde el pueblo cundinamarqués en el que nació el 4 de mayo de 1961. Suelta un suspiro de nostalgia, porque sus pensamientos dibujan la década del 80, cuando en tierras frías los aficionados salían a darle aliento con aguapanela hirviente en mano, ruana y un radio más grande que las manos. Esos tiempos cuando en tierra caliente él se animaba con los vítores de compatriotas en pantaloneta, el jugo de la fruta que estuviera en cosecha en la región y el mismo radio, que hoy es una preciosidad con alma de reliquia.

En esos años ganó cuatro Clásicos RCN (1982, 1983, 1984 y 1986) y la misma cantidad de Vueltas a Colombia (1984, 1985, 1986, 1988). Trepaba con un bocadillo veleño en la lengua, bicicleta pesada y una condición innata de escalador de pendientes de asfalto. Así lo hizo desde que era un infante que conoció su juguete favorito gracias a doña Esther, su madre, quien le regaló el hermoso objeto de dos ruedas para que le quedara más fácil ir a las fincas y casas de las veredas cercanas a arreglar los jardines. Así contribuía con la economía de un humilde y ciclístico hogar.

En la finca Las Brisas, de la vereda La Aguadita, se trepaba a los árboles a comer frutas y esperar a que doña Esther lo encontrara. Sabía que no lo iban a regañar. Bajaba de las ramas con la habilidad que tiempo después utilizaría para subir montañas y se ponía a ver los partidos de su amado Millonarios. El ciclismo no le gustaba y practicaba gimnasia en la Escuela Ricaurte, donde pasaba las mañanas. Las tardes las dedicaba a su oficio de jardinero y trabajador en un vivero de frutas y verduras. Siempre, cerca de la naturaleza.

Por eso, era el que se encargaba de darles de comer a las gallinas y consentir a los animales que deambulaban en Las Brisas. Su amigo Ramón Castillo lo convenció de que madrugara a montar bicicleta con él y se inscribieran en una carrera aficionada que se realizaba en el departamento. Hubo varias mañanas en las que él solo quería quedarse durmiendo. Esas mañanas fueron más escasas cuando se dio cuenta de que no le costaba subir por San Miguel y hacer el recorrido desde el alto de Rosas hasta el de Canecas para luego regresar a Fusa.

Cerca de cumplir sesenta años, sigue saliendo a montar los fines de semana. “Hago mi vueltica. Me gusta”. Lo hace con el tapabocas puesto y ya casi no para a tomar tintico y charlar en las tiendas. Lo hará cuando la pandemia —”una experiencia difícil que nos ha enseñado cosas”— sea un recuerdo efímero. Después de pedalear retorna a su finca, se sirve el tintico, prende el televisor y ve las transmisiones deportivas. Sufre cuando no hay ciclismo y cuando juega Millonarios: “Vamos a ver cómo les va ahora en las finales”.

Su tono pausado revela el desparpajo de un ser que no es consciente de que es una leyenda y que su nombre le recuerda a Colombia su identidad, por la etapa catorce del Tour de Francia de 1985. Aquel 13 de julio, después de recibir el anhelado “arranque” de Raúl Mesa, director del equipo, atacó con la potencia suficiente para dejar atrás a sus rivales, pero después de coronar el puerto llegó el descenso y, por intentar esquivar brea derretida, se fue al suelo y su visión se nubló con la sangre de su ceja izquierda. Con la cascada roja en sus mejillas, continuó, mientras Perico Delgado y Bernard Hinault intentaban descontar, ¡pero ganó! Ensangrentado y todo, triunfó.

Y sus líquidos colorados fueron recordados dos años después, en la primera grande que ganó un colombiano. En la Vuelta a España de 1987 se hizo eterno en los míticos montes de Lagos de Covadonga y el 15 de mayo se quedó para siempre con esa camiseta amarilla de campeón de la general. Al regresar al país, pidió para que solo se derramara sangre si es en medio de hazañas como la suya en Saint-Étienne y no como resultado de la violencia nacional: “Que en Colombia haya paz, entendimiento entre todos, que el deporte y en especial una conquista como esta sirva para unirnos”.

Su pedido fue ignorado y, de hecho, en marzo del 2000 estuvo secuestrado durante 24 horas por la desmovilizada guerrilla de las Farc. Sus gestas, imborrables en la memoria de la nación. Su tranquilidad, invaluable.

—¿Qué sueño le falta por cumplir?

—Creo que uno ya realizó todo.

@SebasArenas10

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