Las matemáticas del Dios de Miguel Ángel López

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La ruleta del azar nunca estuvo a su favor. En el Tour de Francia 2020, por fin, contra todo, la suerte estuvo de su lado, más allá de que en la contrarreloj “se quedó sin piernas”. La historia de resistencia del mejor de los colombianos que llegarán hoy a los Campos Elíseos.

El ciclismo fue mezquino en los primeros años con Miguel Ángel López. Que se le trabaron los cambios de la bicicleta, que se pinchó en una acción desafortunada, que un aficionado imprudente lo mandó al suelo... La ruleta del azar nunca estuvo a su favor. Y también apareció el fantasma que más lo atormentó cuando llegó a la élite: las caídas. Pero así son las matemáticas del Dios de Supermán, el protagonista de la “caída” —porque a decir verdad nunca se cayó— más espectacular del Tour de Francia 2020.

Ocurrió en la primera etapa, en un descenso, a más de setenta kilómetros por hora, en medio de un aguacero torrencial y una carretera resbalosa. Perdió el control de su bicicleta y se estrelló de frente con un letrero de tránsito. El golpe fue impresionante, desmoralizador; pero salió ileso, impune. Como si la vida, en su primer día en un Tour de Francia, con un fuero interno, le mandara un mensaje entre líneas: la mala suerte está consumada. Los detalles ínfimos que le causaron tantas decepciones en el pasado y el contraplano con aquel golpe de grandes proporciones que pudo terminar en una tragedia que no quiso ser.

“Un metro más atrás o más adelante y lo habríamos lamentado. Fue un milagro, menos mal apareció esa cerca. Son cosas del destino, mejor dicho de Dios. Él sabe cómo hace sus cosas”, dijo Rafael Acevedo, su entrenador, su descubridor, su segundo padre, su suegro.

Porque si hay alguien que puede decir que su padre y su abuelo compitieron en un Tour de Francia es Miguel Jerónimo, hijo de Supermán, de año y medio de vida. Un privilegio con el que solo cuentan el primogénito de Axel Merckx, hijo de Eddy, el mejor ciclista de todos los tiempos, y la pequeña de Nicolas Roche, hijo del legendario pedalista irlandés Stephen Roche.

Los tropiezos de Miguel Ángel López empezaron en su primera gran vuelta, la Vuelta a España 2016. Una caída en la tercera jornada lo obligó a retirarse tres días después. Siguieron: una fractura de tibia y peroné, a finales de ese año, una de las peores lesiones que puede sufrir un deportista, hizo que se perdiera el comienzo de la temporada 2017. Tras varios meses de recuperación, reapareció a defender el título en el Tour de Suiza. ¿Qué pasó? Una nueva caída borró todo su proceso de rehabilitación. Y, otra vez, en silencio, decidió recuperarse para participar como gregario de Fabio Aru en la Vuelta a España 2017. Las dudas, el temor y los fantasmas de convertirse en una de esas promesas que no pueden ser por las caídas lo enajenaron.

“El ciclismo es así. Hay carreras que salen mejor que otras. Son una suma de muchos factores, de suerte. Esa caída fue muy dura, pero fue gracias a Dios que no pasó nada. No fueron momentos fáciles los años pasados, también las lesiones en la rodilla, tantas terapias, tratamientos. Había que salir adelante. Yo sabía que él quería llegar lejos y aguantamos juntos”, apuntó Nathalia Acevedo, la compañera de vida de Miguel Ángel.

Y con esa hoja de vida de contusiones, dientes rotos, fracturas y raspones afrontó la Vuelta a España 2017. Y la carretera, por fin, lo puso en su sitio: en carrera se convirtió en el líder del Astana, ganó dos etapas, además de un segundo y tercer puesto, fue el mejor joven, campeón de la montaña y terminó en el octavo lugar de la clasificación general. Un golpe psicológico para exterminar los fantasmas de las caídas.

El ciclismo es como la cerveza: si tomas mucha te va a emborrachar. Eso pasa con las caídas, son gajes del oficio”, vaticinó Miguel Ángel al comienzo de su carrera en una entrevista con Señal Deportes en 2015, cuando ya había dejado atrás la posible vocación del campo con su familia en Pesca, Boyacá. La otra vida con cultivos de papa, fríjoles, rubas, nabos, arvejas y hortalizas. Y la paciencia para abonar la tierra, ordeñar las vacas, talar y sembrar árboles.

Porque esa posible colocación se truncó el 25 de septiembre de 2011. En una cronoescalada de 16 kilómetros que partía de Sogamoso hasta El Crucero en la que participaron cincuenta jóvenes de Boyacá. Y arriba, al lado del hombre que paraba el cronómetro, vigilannte estaba Rafael Acevedo, reconocido pedalista de la década de los 80 que participó en cuatro Tour de Francia, quien quedó obnubilado con los 37 minutos y 45 segundos que hizo un niño con una bicicleta de montaña, pesada, con el marco oxidado, rines disparejos y malos pedales. Era Miguel Ángel López.

“El tiempo me impresionó. Cuando uno ve al chiquito, solo, con esa bicicleta, se da cuenta de que había que apoyarlo, pulirlo”, rememora Acevedo, quien se lo llevó a vivir a su finca en Sogamoso para entrenarlo. Y ahí se cruzó por primera vez con Nathalia, hija de Rafael. “Andaban de arriba a abajo entrenando en la bici y se flecharon. Yo no sabía cuándo se hicieron novios, me enteré después de la Vuelta a la Juventud 2014 (la ganó Supermán). Yo les dije que no me podía oponer, que no les iba a decir nada, pero solo les dije que se respetaran. Eso fue cosa de ellos cuando salían a montar y con la convivencia en la finca. Yo a Miguel Ángel lo quiero como a un hijo y más ahora que es el padre de mi nieto”, agregó.

Y Nathalia, que por esos días montaba en el equipo de Boyacá, lo complementó. “Estábamos muy nerviosos de contarle. Siempre tuvimos un perfil muy bajito. Nos poníamos citas y él se iba hasta el almacén. Es un padre espectacular, un ser humano tiene muchas facetas. Tal vez no sea la persona que más sale en los medios de comunicación, pero es alguien muy cariñoso. Siempre está jugando con el niño, está enamorado de su hijo”.

El exhibicionismo, las redes sociales, la figuración en medios de comunicación, las palabras políticamente correctas, la fama. Nada de esto ha sido una prioridad para el hombre que fue podio en el Giro de italia y Vuelta a España en 2018 y quien este domingo será el mejor colombiano del Tour de Francia 2020 con su sexto puesto en la general. El bajo perfil, no como mandamiento sino como estilo de vida.

Miguel Ángel López es un ciclista anacrónico, en vía de extinción. De los impulsivos, instintivos en medio de un ciclismo tecnológico ultramedido y controlado por los datos y potenciómetros. Lo suyo es atacar, atacar siempre, todo o nada. “Parece de la década de nosotros, cuando los escaladores atacaban en todas las montañas. No tengo dudas de que va a ganar una o dos grandes”, reconoce Acevedo.

Supermán hasta pidió disculpas en el último día de descanso del Tour porque le había sido imposible atacar —como a todos—, debido al modelo de control del Jumbo-Visma, ese agujero negro que absorbió todas las intenciones ofensivas de sus rivales. Pero en la etapa reina, en el Col de la Loze, un puerto con rampas de hasta el 24 %, con la selección natural de las cuestas empinadas, pudo atacar, romper la partitura y celebrar el triunfo más épico de su carrera mientras en el último kilómetro un colombiano, corriendo junto a él le gritaba: “Cien metros y se aplaca, cien metros y se aplaca. ¡Vamos, Supermán!”.

Con ese espíritu combativo y mentalidad carnívora fue que se consagró campeón del Tour Colombia 2019. El subcampeón, por solo cuatro segundos, fue Iván Ramiro Sosa. ¿El factor diferencial? La cuarta etapa, de trámite para todos, o casi todos, en la que ningún equipo del World Tour tenía presupuestado atacar. Miguel Ángel ganó los sprints intermedios y bonificó ocho segundos, que para muchos parecieron migajas ese día.

“Sabía que esta carrera se iba a definir por poco. Y en mi forma de correr está la de intentar siempre”, le dijo aquel día a este diario.

Miguel Ángel López y las cosas de Dios. Su gran sexto puesto en la general. El valor de resistir, soltar lo que no quiso ser por factores externos. Dejar ir. Y esta vez, con un tramacazo imperial en el primer día, contra todo pronóstico, sí pudo ser.

Por: Thomas Blanco- @thomblalin

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