"Mi liderato en el Tour golpeó el ego de Armstrong": Víctor Hugo Peña

Hace 12 años, Colombia tuvo a su primer (y por ahora único) líder de la ronda gala. Este bogotano, criado en Santander, relata cómo fueron esos tres días vestido de amarillo.

EFE

La noche anterior a la crono por equipos, Johan Bruyneel, director del US Postal, fue hasta mi cuarto donde estaba con el checo Pavel Pardnos, puso su mano en mi espalda y me dijo:

–A dormir bien, Víctor.

–Como todo los días, Johan.

–No, como todos los días no. Mañana vas a ser líder del Tour.

–Primero tenemos que ganar la etapa.

–Yo sé. Pero acuéstate con esa convicción y verás que lo lograremos. Estamos muy fuertes.

Yo había sido quinto en el prólogo inicial de la carrera en París, por encima de mis compañeros, y eso me daba la primera opción en caso de ganar la etapa. Creo que a Lance Armstrong le saqué un segundo. El grupo era muy fuerte en esa especialidad. Recuerdo que en las rotaciones siempre me cruzaba con Armstrong. Yo bajaba a la cola y él subía. Y me hablaba.

–Hoy Colombia te va a ver de amarillo, Víctor.

–Vas a ser el primer colombiano líder del Tour.

Cada vez que pasaba por mi lado me gritaba algo. Esas palabras me llenaron de energía, tanta que hubo momentos en que mis compañeros me pidieron que bajara el ritmo porque iba como una bala. Crucé la meta en la sexta posición. Siempre se ha dicho que fui primero porque Lance tuvo un gesto de amabilidad conmigo ¡Mentira! Él era todo menos amable. Faltando tres kilómetros me entró un temor gigante. Llegué a pensar que en cualquier momento Johan me diría que no llegara para que Lance fuera el líder. Me quité el audífono y no escuché más la radio. En caso de que me dieran una orden no tenía cómo escucharla. Nunca lo había hecho pero tenía claro que no quería saber nada.

Cuando terminamos la jornada y supimos lo del liderato, todos mis compañeros vinieron a felicitarme. Y ahí comenzó todo ese protocolo en el que te alejan del mundo. Que el control antidoping, que la rueda de prensa, que el podio; un corre corre muy bravo y siempre escoltado por un montón de gente que ni idea. Ya en la tarima pensé en todos los colombianos que habían luchado por vestirse de amarillo. Recordé a Julio Cadena, quien en una escapada fue líder transitorio del Tour. Entendí el significado de tener ese maillot y la importancia de vestirlo. Al bajarme, la primera cara conocida que vi fue la de Lucho Herrera, quien estaba allí porque iba a ser homenajeado.

–Hermano, acuérdese que esa camiseta da alas. No se la deje quitar.

Esa fueron las palabras, en su manera parca de hablar. Me hubiera gustado sentarme con él para charlar por más tiempo pero fue imposible. Fueron tantas las llamadas ese día que Johan me pidió el celular y me dijo que todo lo relacionado con medios se manejaría por la oficina de prensa del equipo. Y que si quería hablar con mi familia que les dijera que lo llamaran a él.

–Es lo mejor, Víctor. Créeme: no te van a dejar en paz un solo minuto. Yo te necesito enfocado. No olvides que esto hasta ahora comienza y nosotros tenemos una meta por cumplir.

Por la noche, ya en la calma del hotel, estábamos comiendo cuando me pasaron un celular.

–Víctor te está llamando un señor Álvaro Uribe Vélez.

–¿Álvaro Uribe Vélez?

–Sí, que quiere hablar contigo.

–¡Ay, jueputa! El presidente.

Me saludó y me dio las gracias por estar haciendo patria, y me pidió que no me dejara quitar la camiseta. Al principio solo le respondía “sí, señor” porque no estaba muy convencido de que fuera él. Hablé con desconfianza pensando que era una broma de vuelta que me estaban haciendo. Después caí en cuenta que sí era él. Horas más tarde apareció Lance en mi cuarto con un computador para mostrarme las portadas de los principales diarios de Colombia. Yo estaba aislado y esa pantalla era la única ventana para ver a mi país. “Eres el rey de Colombia. No te van a caber las chicas en la habitación”, me decía muerto de la risa.

Ese día creo que dormí cinco horas o menos. Si no estoy mal, me acosté a la una de la mañana. Ya no por el acoso de la gente sino porque no quería que ese sueño terminara. A la mañana siguiente una lluvia de cámaras estaban esperándome en el lobby. La organización empezó a tratarme de manera especial como si tuviera un pase VIP.

Durante la quinta etapa los otros ciclistas me felicitaron. Me pude mover por delante del lote con comodidad. El amarillo infunda respeto y yo tenía eso de mi lado. Recuerdo que cuando pasábamos por el lado de los aficionados, estos gritaban tres nombres: Lance Armstrong, Jan Ullrich y el mío. Eso fue genial. Siempre es así y cualquiera que corra un Tour lo puede certificar. La gente se aprende el nombre del líder y de uno que otro favorito. Ahí entendí que ya existía para el ciclismo mundial.

Ese día fue bastante largo (196.5 kilómetros) y hubo un calor insoportable. Me acuerdo que cuando faltaban 35 km para la meta, el equipo Fassa Bortolo se puso al frente y aumentó el ritmo para cazar la fuga. Ellos tenían a Alessandro Petacchi, un gran sprinter, y querían llevarlo a la victoria. Miré a mis compañeros y nadie tenía una caramañola y no creo que hubieran tenido las fuerzas para ir por una. Yo no me sentí con la autoridad de pedirles que fueran, por más que yo llevara la amarilla, y por eso decidí ir yo mismo. Con 50 minutos de pedaleo a 55 k/h era necesario hidratarse.

Me sentí bien y bajé a buscar el carro, tomé una para mí, otras ocho para mis compañeros y subí de nuevo al lote para repartirlas. Fue tanta la facilidad para coger de nuevo al pelotón, que me asombré de mi estado físico. Terminamos la etapa y la prensa empezó a tergiversar las cosas. Que Lance me había mandando por agua, que Johan me había dado una orden… ¡Pura carreta! Fue un gesto mío y ya. Nadie irrespetó la camiseta amarilla, como muchos periodistas lo hicieron ver.

Ya en el hotel, Johan volvió a acercarse:

–Lo siento mucho, Víctor. No podemos defender la camiseta por más días. Mañana es una jornada de 230 km y tener al equipo trabajando adelante es muy desgastante. Sé que estar ahí es una de las mayores glorias para un ciclista pero no podemos ir más.

Entendí sin reprochar. Tenía claro cuál era nuestro objetivo y que lo mío era algo transitorio. En la sexta etapa hubo una fuga de cuatro corredores y el Credit Agricole y el Fassa Bortolo se pusieron nuevamente a jalar. Sabía que ellos eran el camino para seguir de amarillo un día más y por eso me puse a alentarlos. Incluso, cuando estaban haciendo los relevos, trataba de empujarlos cuando los veía muy cansados. A mí me interesaba que la escapada terminara y tuve que acudir a esa alianza para mantener el liderato. Petacchi ganó y yo me subí a la tarima de nuevo.

Al siguiente día note a Armstrong más serio de lo normal. Se veía incómodo con la situación. Ese man siempre era callado antes de una salida pero estaba más silente de lo habitual. Yo llevaba cuatro días siendo la estrella del Tour y le había quitado el protagonismo. Eso le molestaba y le golpeaba en el ego. Espere a que estuviéramos solos para hablar bien con él.

–Lance, quiero agradecerle por todo. No se imagina lo que esto ha significado para mi país. No crea que vamos a rivalizar. Yo tengo claro por qué estoy aquí. Esté tranquilo.

Ese man soltó un suspiro largo. Creo que le quité la carga de que un gregario lo fuera a desbancar. Cambió del cielo a la tierra; fue otro en carrera. Eso fue un 12 de julio, el último día que estuve de amarillo. Iba pedaleando con sueño, cansado, y cuando llegó la última subida el francés Richard Virenque iba muy adelante. No había nada que hacer. Efectivamente, él ganó la etapa, se quedó con el liderato, y después de cuatro días por fin volví a dormir. Así terminó mi travesía vestido de amarillo.

Así son los horarios de transmisión de Señal Colombia en el Tour de Francia.

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