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Natalia Muñoz: no dije que estaba embarazada hasta el final de la prueba

La ciclista pereirana ganó la medalla de oro de la prueba de fondo del ciclismo de ruta femenino de los XX Juegos Nacionales Tolima-Chocó 2015.

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Camilo G. Amaya, Señal Deportes
17 de noviembre de 2015 - 04:17 p. m.
Natalia Muñoz pedalista risaraldense que ganó el oro en los Nacionales. Foto: Federación Colombiana de Ciclismo
Natalia Muñoz pedalista risaraldense que ganó el oro en los Nacionales. Foto: Federación Colombiana de Ciclismo
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Cuando Natalia Muñoz decidió ser ciclista tenía 21 años, una hija y era secretaria auxiliar en una estación de servicio por la avenida sur de Pereira, llegando a Cuba, sector donde hacen las revisiones tecnicomecánicas de los automóviles. Entraba a trabajar a las 7:45 de la mañana y no tenía hora definida de salida. El establecimiento abría las 24 horas por lo que siempre había trabajo acomulado.

Que ya era muy grande para iniciar, que la oficina, que si iba a tener tiempo para Valentina, las cosas que pensaron en la Liga de Risaralda el día que fue a buscar a Antonio Tobón para que la entrenara. “Tranquilo, profe. Yo saco un préstamo para comprarme mi cicla de ruta. Déjeme practicar con usted”. Luchar y perseverar, dos verbos cotidianos en el pedalismo de nuestro país, sobre todo en el femenino. Señal Colombia Deportes habló con Natalia después de que ganó la medalla de oro en la prueba de ruta de los Juegos Nacionales para que relatara cómo fue uno de los días más importantes de su vida.

Me levanté a las 5:20 de la mañana. Como la carrera comenzaba a las ocho tenía que desayunar temprano para no competir tan llena. La noche anterior estuve dando vueltas en la cama pensando en el trazado, en una posible fuga y en el repecho a tres kilómetros de la meta. Yo tengo la costumbre de orar y darle gracias a Dios por un nuevo día. Tras rezar un poco, me bañé y llamé a mi esposo (Juan Alberto Torres). Él me había pedido el favor de que lo despertara. Hablamos como tres minutos y bajé al restaurante del hotel. Comí cereal con yogurt, huevos y pasta. Eso si, apenas vi todo en la mesa me dieron náuseas y muchas ganas de vomitar, pero me controlé. Charlé con el profe Belio, planeamos la estrategia y subí de nuevo a mi habitación.

Empaqué el uniforme de presentación por si las moscas, porque esperaba que hubiera moscas, unos pañitos húmedos, los cosméticos, la chaqueta, la cédula y la billetera con tres mil pesos. No tuve que guardar nada más porque tenía puesta mi licra, la camiseta y en la mano el casco. En ese momento llegó la psicóloga de la delegación, me dio una coca cola, comida y me recordó las recomendaciones que debía tener en cuenta. Ella estaba más asustada que yo. “No puedes dejar de comer porque eso es malo en tu estado y te puede dar la pálida”.

Mi bicicleta estaba en el lobby lista para correr. Como el punto de salida no era lejos decidí irme montando. El profe me acompañó en el carro durante el trayecto que no fue más de un kilómetro. Apenas llegué fui a que me pusieran el chip, firmé la planilla y me puse a hablar con Laura Lozano y con Diana Peñuela. Charlamos de la crono del día anterior, del circuito, de todo. Arrimé a buscar comida porque ya tenía hambre ¡Es que me da hambre a toda hora!

Me abastecí con granola, maní, galletas y unos sánduches de mortadela y mermelada. “Tenés que comer en cantidades pequeñas pero abundante. No lo olvidés, Natalia”, me dijo el médico. Iba para la meta pero me dio chichí y como no había un baño cerca me tocó hacer detrás de un carro. Después me monté en mi ‘bici’, me eché la bendición y comenzó la prueba. El principio fue muy tranquilo. En el primer giro Lorena Vargas se lanzó y el lote respondió fácilmente. En la tercera vuelta pensé en atacar en la subida de la calle 48 pero me aguanté a la siguiente pasada. Me ubiqué al final del grupo para que nadie me viera y arremetí. Lorena me siguió con Ana Cristina (Sanabria). Me llegaron rápido y seguimos pegadas un buen rato. Intenté de nuevo y Lorena salió conmigo. Contraataqué y Ana se fue a mi rueda. Ahí me quedé sin aire. El pelotón nos cogió y me limité a rodar un rato. Todas estaban fresquitas por lo que era muy arriesgado salir de nuevo.

En el cuarto giro, apenas pasamos la meta, tomé fuerzas y saqué una ventaja de 300 metros. No sé si atrás no se pusieron de acuerdo para cogerme, pero yo me limité a pedalear y pedalear. Un camarógrafo se me hizo al lado y me tocó decirle que se quitara. Es que yo me distraigo muy fácil. No soy capaz de estar pendiente de varias cosas a la vez y me azaro. No pongo atención en la vía y me puedo caer. El circuito tenía una curva repleta de vidrios pequeños por lo que no podía correr riesgos.

Solo bajé la velocidad cuando el carro de los jueces me pasaba para decirme la diferencia. Ahí sí hacía un esfuerzo y escuchaba cada palabra. La cosa se puso dura en la sexta vuelta, preciso la de abastecimiento. La gente de logística me pasaba alimentos y yo los vomitaba. Fijo eso fue por el esfuerzo. Aún así comí maní, banano, un gel energizante y una proteína de soya. Todo entraba, todo salía. El último giro fue eterno. Me dolió la cintura, me sentí muy débil y empezó una sensación de mareo de altamar. Faltaban cinco kilómetros y como pude no aflojé. La fuerza me alcanzó para levantar los brazos cuando vi la bandera, cruzar la meta y desmayarme. Solo tenía pensando pedalear hasta ahí, ni un centímetro más.

Lloré como niña chiquita de la emoción y porque ando sensible. Además estoy súper irritable, todo me saca el mal genio. Cuando ya sabía que la medalla de oro era mía hablé: ‘Tengo siete semanas de embarazo’ ¿Usted se imagina donde hubiera dicho antes? Qué pereza darle de qué hablar a la gente. Mínimo hubieran dicho que tan mala madre, que tan descuidada con mi bebé y un montón de pendejadas que por fortuna me pude ahorrar. Ahora solo espero que sea una niña para ponerle Celeste, pero si llega un niño bienvenido sea Jerónimo.

Conozca más sobre los Juegos Nacionales aquí.

Por Camilo G. Amaya, Señal Deportes

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