Opinión: Esteban Chaves dejó atrás el infierno

Su triunfo en la etapa 19 del Giro de Italia marca su segunda victoria contra el infortunio.

Tercera victoria del bogotano en la primera de las tres grandes. Las otras fueron en 2016 y 2018.AFP

Quizás nunca un ciclista ha celebrado con tanto coraje una victoria como la que este viernes consiguió Esteban Chaves al imponerse en la cima de San Martino di Castrozza. Fue un prolongado rugido de un coloso que pudo levantarse tras el segundo golpe demoledor que le había dado la vida, que lo había reducido a un guiñapo al atacarlo con una enfermedad que es “mortal” para un deportista de alto rendimiento.

Cualquier otro se habría rendido y habría aceptado con tristeza el que la mononucleosis que lo atacó hace dos años lo había condenado a dejar el deporte que amaba. Era algo muy parecido a lo que le pudiera pasar a un boxeador que se quedara con unas muñecas de chicle o a un futbolista una lesión de por vida en sus piernas. Pero El chavito no lo quiso aceptar y arropado por su familia y por los médicos, por sus amigos y hasta por los muchachos de su Fundación se propuso superar de nuevo su desgracia. No sería ésta la primera vez que se enfrentaba a lo imposible y a la desesperanza.

Hace seis años los médicos le dijeron que nunca podría volver a montar en bicicleta tras un accidente en el Trofeo Laigueglia que lo dejó con un traumatismo craneoencefálico, fractura de clavícula, fractura del yunque derecho, fractura malar y del esfenoides y contusión pulmonar. Se creyó que perdería un brazo pero tras someterse a cirugías y terapias y tras librar una batalla silenciosa para volver a moverse logró regresar y hasta consiguió llegar al podio en un Giro y en una Vuelta a España.

Por todo ello su hazaña en la etapa de este viernes, tras seis arrancones en los últimos kilómetros, tras el desgaste de dos jornadas en las que se metió en las fugas en búsqueda de la victoria, cuando ya las fuerzas están al límite en la tercera semana de carrera, no entra dentro de los éxitos normales de los deportistas. Es mucho más, muchísimo más. Es el regreso del dolor, de la amargura, del suplicio diario para recuperarse gracias a una voluntad de hierro que no se quiso dar por vencida.

Para que la hazaña de los escarabajos fuera completa Miguel Angel López consiguió arañar segundos preciosos al atacar en el ascenso final para acercarse a los cinco primeros. Seguramente este sábado, si hace buen tiempo, será el protagonista de la última lucha en la montaña. A él no lo superaron los rivales, lo relegó, en el ascenso del Mortirolo, un enemigo al que jamás podrán vencer los colombianos, pues nuestra genética no está hecha para ello.

Un ejemplo: yo cubría la Vuelta a España en motocicleta con el exciclista y periodista Enrique Cima, él iba al mando del aparato recibiendo todo el viento y aguantaba el frío y el viento con una camisa, una chaqueta normalita y un encauchado. Yo tenía camisa, suéter grueso, un chaquetón de invierno y el encauchado. Y llegó un momento en el que me sentía tan mal que le pedí que parara en el primer bar que encontráramos. Cuando me fui a bajar no podía mover las piernas por lo que me tuvieron que llevar alzado a tomar una sopa caliente y, naturalmente, el resto de la jornada la hice en automóvil, algo que jamás pueden hacer los ciclistas.

Con el triunfo en dos etapas, con el protagonismo de Superman que ya tiene asegurada la camiseta blanca de los jóvenes y con la gesta de Esteban Chaves podemos considerarnos más que satisfechos con los resultados de los nuestros en este Giro espectacular.

 

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Por Rafael Mendoza. Especial para El Espectador

Ciclismo

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