La pistola que disparó a Nairo

Honor, faldas y dinero: la historia de la primera carrera que corrió el boyacense en bicicleta. Hoy (8:00 a.m., Señal Colombia) seguirá en la lucha por el liderato del Tour de Francia.

Nairo Quintana perdió 1:28 minutos en la etapa de ayer. AFP

Nairo estaba emocionado. Por fin, don Luis Quintana había reunido el dinero para comprarle su bicicleta, una propia, una diferente a la pesada panadera con la que tenía que vigilar el ganado de su padre algunas parcelas abajo de la casa. Con una menos deteriorada podría ir mucho más rápido en las bajadas hasta su colegio en Arcabuco, podría atravesar con más facilidad ese trayecto serpentino de 16 kilómetros que aún transitan inmensas tractomulas de seis ejes y buses de la empresa Libertadores que pasan por la carretera rumbo a Barbosa, Santander.

El jueves de esa semana de 2003, con $370.000, ambos se fueron hasta Tunja en el Renault 4 y, después de buscar por varias horas, la mejor oferta fue una todoterreno bastante pesada, pero en buen estado y tan grande que Nairo, de 13 años, tenía que ladearla un poco para montarse. Don Luis se disponía a desarmarla para llevarla hasta la casa pero Nairo no dejó. Quería estrenarla ya. Y como pudo se subió y anduvo unas cuantas cuadras por la ciudad, dio vuelta en la glorieta principal y tomó la vía hacia su casa para enfrentarse al alto de Sote, un ascenso con desniveles que alcanzan el 12% de inclinación.

El rumor de que Nairo estaba estrenando bicicleta llegó hasta un puesto de verduras ubicado a la vuelta de la plaza central del pueblo. Su dueño: Juan Guzmán, mejor conocido como Juan Pistolas, un hombre de desafíos y que apostaba sin pudor el dinero que ganaba vendiendo agua en las veredas cercanas y en su tienda.

El hogar de los Guzmán también tenía su ciclista en proceso de formación. Jhon, el hijo mayor, personificaba el sueño de su padre de tener un profesional de las bielas en la casa. Que el uniforme de moda, que las zapatillas con chocles, que los guantes para no lastimar las manos, que la bicicleta de última generación digna de un campeón.

—¿Entonces, don Quintana? ¿No que tiene un pelao que dizque monta muy bueno? Ahí tengo el mío, sólo es que diga y la jugamos.

Las palabras de Guzmán en medio de la plaza de mercado se ofrecieron desafiantes, amedrentadoras y hasta arrogantes. Antes de esperar la respuesta, sacó de su bolsillo cuatro billetes de $50.000 para cerrar el trato. “Ese señor me careó de una manera fea. Yo le iba a responder, pero no tenía el dinero. Acababa de gastar los ahorros en la cicla del Nairo. Era una suma grande y por ese entonces conseguirla no era nada fácil”, recuerda don Luis.

La acalorada discusión llamó la atención de Belarmino Rojas (q.e.p.d.), un allegado a los Quintana que de inmediato se metió en la ráfaga de palabrería.

—Mi negro feo es un berraco pa’ correr. Aquí están los $200.000. Yo se los pago, Pistolas.

Con los $400.000 custodiados por Rojas, sólo faltaba pactar el recorrido. Guzmán sugirió que partieran del parque del pueblo hasta el alto de Sote, dieran la vuelta, bajaran a Arcabuco y subieran de nuevo hasta Agua Varuna, un pequeño plano donde don Luis ponía su carro con el capó abierto para vender frutas y verduras. Nairo se enteró de su primera carrera un día antes. Y para no generar pánico en un muchacho que nunca antes había corrido por un premio, don Luis prefirió no contarle nada del dinero.

—Pues vamos a ganarle, papi.

Eso fue lo único que respondió Nairo cuando supo que debía competir contra un niño casi un año mayor que él, al que veía entrenar por los alrededores del pueblo. “Aunque sabía que mi muchacho era bueno, estaba preocupado porque en caso de perder no teníamos cómo responderle al compadre. No podíamos salir con las gracias y ya”.

El sábado siguiente, a las 7:00 de la mañana, todos se encontraron al frente de la iglesia. Nairo iba con una bicicleta nueva para él y muy vieja para el antiguo dueño. Vestía una pantaloneta y una camiseta de fútbol, medias hasta los talones, unos tenis de correr y una pañoleta anaranjada en la cabeza. “Le rogué a Pocholo (Ismael Sarmiento, exciclista de Cómbita) para que me vendiera un uniforme y no me lo quiso rebajar. Yo tenía $60.000 y él pedía 80”, cuenta don Luis.

El rival era la antítesis: Jhon llevaba una licra, zapatillas, casco y una bicicleta de ruta que aún brillaba. Incluso unas gafas por si el sol se atrevía a incomodarlo. Lucía opulento el mayor de los Guzmán, así su padre siguiera diciendo por siempre que ambos tenían una pinta similar.

Con la desconfianza de los buenos apostadores, Pistolas propuso que su carro fuera el designado para seguir la competencia. La camioneta Renault 9 de color verde grisáceo acompañaría durante el recorrido al puntero para evitar cualquier tipo de trampa. El auto de don Luis quedaría parqueado en la plaza custodiado por Leidy, hermana mayor de Nairo, quien se encargaría de las ventas. Después de planear los últimos detalles, los niños partieron a las 7:20 a.m.

Nairo atacó apenas pasaron Villa Amparito, el único hotel de la población ubicado a las afueras, antes de comenzar la subida hacia Casa Blanca. El Renault 9 lo perseguía. Impaciente por la prontitud de la arremetida, don Luis se limitó a alentar a su muchacho por la ventana. Jhon respondió con dificultad, con la boca abierta tratando de tomar grandes bocanadas de aire, mientras que Nairo no mostró síntomas de cansancio. Por el contrario, cambió la relación de su cicla y dejó atrás a su oponente en la segunda pendiente después de Agua Varuna. Impotente y en silencio absoluto, Pistolas se limitó a manejar mientras su hijo se le perdía por el retrovisor.

“Ya sabía que ese chino había ganado. Era una ventaja brava y casi imposible de remontar. Mucho más cuando llegamos al Sote y Jhon no asomaba ni en las curvas”, apunta Juan Guzmán, un hombre de pocas palabras y a quien no le gusta hablar de este suceso. Como estaba previsto, Nairo coronó el puerto de montaña, giró y se dispuso a bajar hasta Arcabuco. Unos cuantos kilómetros adelante, la carrera terminó sin necesidad de llegar a la meta. Ambos corredores se encontraron de frente: uno regresando, otro intentando completar el primer trayecto.

“Mientras uno bajaba el otro apenas subía. Nairo le dio una paliza”, apunta don Luis. Avergonzado, Jhon cogió su bicicleta y se fue para la casa sin esperar a su padre, quien aceptó su derrota de mala gana. Con los $400.000 en la mano, don Luis se dispuso a devolverle los 200 a Belarmino. De una manera tajante, el compadre se lo impidió.

—No. Eso es de mi ahijado. Él se los ganó con sus pedalazos.

Han pasado muchos años desde entonces. Mientras uno ingresó a la Policía, conoció la noche y dejó el deporte en el olvido, el otro es el jefe de filas de una de las escuadras más importantes del mundo y gran candidato a convertirse en uno de los mejores escarabajos de la historia.

Aquí toda la información del Tour de Francia que transmite Señal Colombia.