El ciclismo ha vivido —y sobrevivido— gracias a sus grandes rivalidades. Algunas definieron épocas. Otras dividieron naciones. Muchas moldearon el carácter de este deporte. De Fausto Coppi contra Gino Bartali en los años 40 y 50 a Jonas Vingegaard contra Tadej Pogačar en esta década, el duelo entre dos figuras ha sido, casi siempre, el camino más directo hacia lo inolvidable.
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La historia es generosa: Jacques Anquetil y Raymond Poulidor en los 60, uno frío y calculador, el otro cálido e ídolo del pueblo francés, a pesar de no vestirse nunca de amarillo. Eddy Merckx y Luis Ocaña en los 70, cuando el español fue el único que logró inquietar al “Caníbal” hasta su trágica caída en Menté. Bernard Hinault y Greg LeMond en los 80, con traiciones en los Alpes y promesas rotas dentro del mismo equipo. Lance Armstrong y Jan Ullrich en el 2000, con Estados Unidos y Alemania como polos opuestos de una era marcada por el dopaje. Chris Froome y Nairo Quintana en los 2010, el dominio del Sky británico contra la esperanza colombiana. Y ahora Pogacar y Vingegaard.
Desde 2020, cuando Tadej Pogačar sorprendió al mundo, los dos se han repartido el corazón del Tour de Francia. Un año antes, en 2019, Egan Bernal había hecho soñar a Latinoamérica con la posibilidad de una nueva era, pero esa ilusión no encontró continuidad. El esloveno ganó en 2020, 2021 y 2024; el danés lo hizo en 2022 y 2023. Lo que parecía una hegemonía se transformó en una rivalidad feroz, equilibrada, de enorme valor deportivo.
“Pogi”, el atleta total
Pogacar, actual campeón de la Grande Bouclé y campeón mundial, ha tenido un arranque de año extraordinario. Ha ganado el Tour de Flandes, la Lieja-Bastoña-Lieja, la Flecha Valona, la Strade Bianche y el Dauphiné. Todo eso en apenas 22 días de competición. Con 99 victorias profesionales, está a un paso de la cifra redonda. Una más y también alcanzará las 18 victorias de etapa en el Tour. Con solo 26 años, busca su cuarto título en París y ya se proyecta hacia los nombres más grandes de la historia. Persigue la estela de Chris Froome, con cuatro títulos, y del exclusivo club de los cinco veces campeones: Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain.
Pero no es solo el palmarés: Pogacar representa una transformación más profunda. No es un ciclista tradicional. Es un atleta total. Se mueve con soltura entre terrenos que antes exigían especialización. Gana en adoquines, en muros, en contrarreloj, en alta montaña. Sube, baja, esprinta. Su cuerpo y su cabeza están diseñados para competir sin miedo y sin descanso. Es producto de una nueva era, en la que los corredores ya no provienen solo del ciclismo, sino de otras disciplinas que aportan una mentalidad distinta, más multidisciplinaria y más agresiva. Pogacar encarna ese modelo: el del superatleta moderno, forjado en la ciencia del alto rendimiento y alimentado por una voracidad que no reconoce límites.
En esa evolución también pesa la revolución en los métodos de preparación. El plano físico ya no gira solo alrededor del entrenamiento sobre la bicicleta, sino del desarrollo integral del cuerpo: fuerza, potencia, recuperación y respuesta al esfuerzo extremo. Pogacar ha sido pionero en llevar al límite el umbral de lo fisiológicamente posible: hoy es capaz de asimilar hasta 120 gramos de hidratos de carbono por hora durante la carrera, una cifra impensada hace apenas una década. Este tipo de adaptación digestiva permite sostener potencias más altas durante más tiempo, acelerar la recuperación y marcar diferencias cuando los cuerpos empiezan a vaciarse.
También ha habido cambios en su equipo técnico. Dejó de trabajar con Iñigo San Millán —una de las voces más influyentes en el alto rendimiento— para entregarse a un nuevo modelo liderado por el entrenador Javier Sola. Mayor carga de gimnasio, más sesiones en altitud y, sobre todo, un concepto que lo atraviesa todo: “durability”. La resistencia a la fatiga. En palabras simples: no se trata solo de cuán fuerte se es al comienzo, sino de cuántas veces se puede repetir ese esfuerzo máximo cuando las horas y los días se acumulan. En ese terreno Pogacar también marca la diferencia.
Esa voracidad lo conecta con figuras como Eddy Merckx, no solo por su capacidad de dominar en cualquier terreno, sino por lo que despierta: fascinación y antipatía, idolatría y recelo. En cada monumento o gran vuelta que corre, Pogacar parece dispuesto a ganar. Es otro caníbal, no le da espacio a la derrota. Y cuando lo hace, lo celebra con una sonrisa desconcertante, como si todo fuera parte de un juego. Su estilo alegre y fresco no oculta una mentalidad feroz. Ahí radica gran parte de su desconcierto: mientras otros sufren, él se divierte.
En un deporte históricamente marcado por la resistencia al sufrimiento, Pogacar representa una anomalía. Compite con frescura, ataca sin cálculo, se arriesga como si no sintiera presión. Esa manera de correr lo ha vuelto impredecible y adictivo para los fanáticos al ciclismo mundial. También una amenaza constante para sus rivales, que reconocen que su dominio no es fruto de una ventaja puntual, sino de una dimensión superior.
“Nuestra rivalidad ha sido muy intensa y espero que este año sea más o menos igual. En la contrarreloj, él ha sido a veces mejor que yo, a veces lo he sido yo. Hay que ver cómo transcurre este año. Espero responder a las expectativas”, declaró Pogacar sobre Vingegaard antes del inicio de la Grande Bouclé.
Vingegaard, el ingeniero del sufrimiento
Vingegaard, más silencioso, más contenido, es también el producto de una era hiperprofesionalizada, aunque su energía fluye desde otro lugar. Lejos de los flashes, de los gestos y del histrionismo, el danés parece programado para resistir, esperar y ejecutar. Fue así como venció a Pogacar en 2022, en lo que muchos recuerdan como una obra maestra colectiva del Jumbo-Visma.
Aquella jornada, en el imponente Col du Granon, no fue un simple golpe de piernas. Fue una trampa tendida con paciencia, inteligencia y sacrificio. El equipo neerlandés, disminuido por bajas, sabía que no podía vencerlo en igualdad de condiciones. Por eso ejecutó un plan perfecto: aislarlo desde lejos, desgastarlo con ataques escalonados de Primož Roglič —hoy jefe de filas del Red Bull-BORA-hansgrohe— y del propio Vingegaard en las rampas del Galibier, forzarlo a responder solo, y empujarlo poco a poco al límite.
La fatiga se acumuló de forma invisible, pero letal. En la última subida, ya sin gregarios, Pogacar fue devorado por los esfuerzos anteriores. El último zarpazo del danés no solo le quitó el maillot amarillo: lo dejó a casi tres minutos. Fue una derrota física, pero sobre todo táctica.
Vingegaard, guiado desde el auto por Merijn Zeeman, entendió que el Tour no se ganaba solo con vatios, sino con precisión quirúrgica. El danés ha desarrollado una capacidad extraordinaria para sostener esfuerzos en altitud, para medir cada gesto, cada cambio de ritmo. No ataca por espectáculo, ataca para destruir. Su obsesión no es ganar, sino desarticular a su rival. Si Pogacar seduce con su arte, Vingegaard lo hace con su ciencia.
Este año el danés llega como incógnita. Su grave caída el año pasado en Itzulia lo tuvo en vilo durante semanas. Pero su confianza, y la del equipo Visma-Lease a Bike, sigue intacta. “Creo que puedo decir sin problema que soy más fuerte que nunca. Por supuesto, el año pasado estaba también a un nivel muy alto, pero de una forma diferente. Tenía mucho menos músculo. Ahora soy más pesado, pero es músculo, y eso da la potencia”, explicó justo antes del arranque de la carrera.
“Tener a un rival del nivel de Tadej lleva a tratar de sacar lo mejor de uno mismo. Sabes que tienes que entrenar duro cada día para competir con él. Eso ha hecho de mí un mejor ciclista”, reconoció. Y aunque no reveló detalles, dejó claro que tienen un plan: “Evidentemente, lo tenemos, como siempre, pero no se lo voy a decir”, bromeó.
En esa dualidad está el alma de esta rivalidad: el gozo contra el cálculo, la alegría contra la contención, el instinto contra la planificación. Y ahora, en 2025, con Vingegaard de regreso, y Pogacar en el punto más alto de su carrera, todo vuelve a comenzar.
Francia, en pleno verano, vuelve a ser el escenario. La escena se repite, pero con nuevas variables y un guion abierto. Nadie se atreve a predecir el desenlace.
Colombia en el Tour
La edición 112 del Tour se disputará íntegramente en suelo francés: 3.338 kilómetros, 21 etapas, seis jornadas de alta montaña, dos contrarrelojes —una en ascenso— y pasos legendarios como el Mont Ventoux, el col de la Loze, Hautacam o Superbagnères. El cierre, el 27 de julio, será en los Campos Elíseos tras una inédita incursión por Montmartre.
En el pelotón, Colombia dirá presente con cuatro nombres: Éiner Rubio (Movistar), Santiago Buitrago (Bahrain Victorious) y los Astana XDS Sergio Higuita y Hárold Tejada. No parten como favoritos, pero sí como testigos —y quizá protagonistas— de esta nueva página del ciclismo mundial.
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