¿Por qué no salen más Rigobertos?

La historia de Juan David Laverde, quien corrió a la par de Urán hasta que sufrió un accidente en carretera.

Juan David Laverde (izq.), cuando era compañero de Rigoberto Urán.

Cuando Juan David Laverde ve ciclismo por televisión, a veces lo invade la nostalgia de un tiempo que pudo haber vivido junto a Rigoberto Urán. Entonces se imagina que si no hubiera sido atropellado por una camioneta en 2003, también habría cumplido el sueño de pedalear por Europa.

Es una hipótesis difícil de comprobar, pero también verosímil y acorde con sus posibilidades antes del accidente. Juan David y Rigoberto integraban las filas del equipo Orgullo Paisa, provenían de la misma escuela de ciclismo en Urrao y habían sido formados por Jota Ele Laverde, papá de Juan David y dueño del taller de bicicletas más cercano a la plaza del pueblo.

“Cuando a él le va bien en las carreras me da alegría, porque es mi amigo, pero también siento escalofríos. Me cuestiono dónde estaría yo de no haber sido por las cosas del destino, porque Rigo y yo estábamos muy a la par”, reflexiona Juan David, cinco meses mayor. Justifica sus elucubraciones recordando sus días de rivalidad.

La primera vez que compitieron fue en 2001, en una contrarreloj plana como parte de un entrenamiento a las afueras de Urrao. A pesar de ser su primer día en la escuela Óscar de J. Vargas y de montar en una bicicleta fiada, Rigoberto superó a todos en tiempo. Incluyendo a Juan David, que había empezado en el ciclismo tres años atrás contagiado por la pasión en su casa.

Pero no siempre iba a ser fácil vencerlo, en especial en subida. Si a Juan David lo apodaban Loco era porque prefería detonar pelotones en montaña que perseguir fugados. Y lo hacía silbando, como si no le doliera. Así que durante todo el año 2001, dependiendo del terreno, terminaba mejor uno u otro. A Rigo lo favorecían más las pruebas a cronómetro y compensaba la irregularidad para escalar con perseverancia.

“Él no tiraba la toalla. Una vez en una carrera de montaña se esforzó tanto que llegó con la badana llena de sangre. Se había pelado el periné. Y al otro día había que seguir compitiendo, entonces se echó crema Número Cuatro y continúo en los primeros lugares”. La competitividad entre ambos los hizo mejores ciclistas y en 2002 fueron fichados por el Orgullo Paisa.

A cambio de un sueldo, debían salir de Urrao con frecuencia para prepararse y también para competir a nivel nacional. Si hasta ese momento habían sido compañeros de clase, amigos, rivales y cómplices, el hecho de llegar solos a Medellín para la primera convocatoria los convirtió en lo único que les recordaba quiénes eran y de dónde provenían.

Se volvieron sombra y faro del otro. Y sus sueños se alinearon por completo. “Éramos muy niños para creer que habíamos sido fichados por un equipo profesional. En el bus hacia Medellín nos imaginábamos que al llegar nos iban a dar uvas en la boca como a los dioses. Delirábamos. Fue como si nos hubieran dicho: ‘Se van para Italia’. Pero fue diferente cuando llegamos”.

La primera lección que recibieron en la Villa Deportiva en Medellín fue de etiqueta. Trinidad, una de las encargadas del lugar, había quedado estupefacta al verlos rasgar la carne con la mano y sorbiendo la sopa del plato; entonces les enseñó la función de cada cubierto y la postura para sentarse. Obedecieron. Ante la autoridad, siempre se comportaban.

Pero como en la habitación de 10 camarotes sólo dormían ciclistas de la misma edad, violaban algunas reglas de convivencia. Se envolvían en papel higiénico para jugar a ser momias, escondían pertenencias. Embadurnaban las almohadas de talco y se reían de los recién despiertos con la cara blanca. Quitaban tablas de cama y se burlaban de quienes terminaban en el piso a medianoche.

Sólo rodando por carretera se enseriaban. “Nos levantábamos a las 6:00 a.m. y nos íbamos sin bañarnos porque la ducha quitaba calorías. Entrenábamos toda la mañana por el Oriente Antioqueño. Nos esforzábamos mucho porque no queríamos defraudar a los entrenadores”. Pero cuando se bajaban de nuevo de la bicicleta, bajo la mirada de nadie, volvían a ser los niños inquietos de siempre.

“A quien llegara de último lo amarrábamos al camarote, le pegábamos con neumáticos y le untábamos crema de dientes”. Luego del entrenamiento, lavaban los uniformes, almorzaban y aprovechaban la tarde libre. Mataban el tiempo frente al televisor, planeando la siguiente broma.

Debían responder con resultados al apoyo económico y al rótulo de promesas que les daban los entrenadores. “Juan David era un corredor muy bueno, con muchísimas condiciones”, enfatiza Carlos Mario Jaramillo, uno de los técnicos que lo dirigieron. “En ese momento él era muy importante para el equipo, al igual que Rigoberto”.

Con 17 años, Juan David contaba con triunfos en una Clásica de Urrao y un Clásico de El Colombiano, con la camiseta de la regularidad en una Vuelta al Futuro y con una medalla de oro en persecución por equipos en unos Juegos Departamentales. El día del accidente, en una Prevuelta del Porvenir en Boyacá, había ganado un premio de montaña y decidió ir por la etapa.

“Fue el 30 de noviembre de 2003. Estaba lloviendo y había neblina”, recuerda Juan David. “Y en la entrada a Ventaquemada, una camioneta que venía decidió adelantar y cuando traté de frenar ya era muy tarde. Sólo sentí el golpe. Me desperté en un hospital de Tunja con fractura en una mano y en la tibia, con heridas por los vidrios del carro y la columna desviada”.

Estuvo un año en Urrao tratando de recuperarse. Anduvo muchos meses con muletas. Finalmente nunca pudo recuperar la motricidad para recoger todo el brazo izquierdo ni para ponerse en cuclillas. “Cuando volví a montar, me dolía mucho el pie, se me iban las luces. Ya no era el mismo de antes”. Desertó del ciclismo y pasó un buen tiempo definiendo qué hacer con su vida.

Durante cuatro meses patrulló por varios municipios de Antioquia con el Ejército y debió apretar los dientes durante un hostigamiento en Jericó. Allá tuvo tiempo para reflexionar. Al regresar a su pueblo comenzó a trabajar en el taller de bicicletas de su padre y por un tiempo fue entrenador de downhill. Además se convirtió en esposo de Mónica y padre de dos hijos, Salomé y Juan Diego.

“Seguí echando para adelante, como siempre. No me podía quedar estancado. Y vea, aquí estoy. Vivo y con una familia”, dice con una sonrisa, orgulloso de haberse reinventado después del accidente. A veces lo persiguen las elucubraciones sobre lo que pudo ser, pero Juan David prefiere quedarse con los recuerdos de la época en que se codeó con un subcampeón del Tour de Francia.

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