Puro coraje

Este año, que fue magnífico, aprendí a valorar los triunfos, pero también las derrotas. Hoy, con todo lo que pasó, con el Giro, con la caída en España, me siento más maduro. Fue muy grato verlos a todos vestidos de rosa. El próximo año, en el Tour de Francia, espero verlos de amarillo.

/ Luis Ángel - El Espectador

¿Que si se sufre? Claro. El ciclismo está lleno de sufrimientos. Está hecho para eso, para sufrir. Sí, como ese día de la etapa de Mont Ventoux, en el Tour de Francia, en 2013. Luché con Chris Froome —el británico del Team Sky que al final se hizo con la camisa amarilla— y sufrí. Pero, ah. Uno recuerda esos sufrimientos y después los olvida. Porque acaban unos y vienen otros. Como este año, en el Giro de Italia. En esa etapa de frío, en el monte Copiolo. Fue muy duro, terrible. Pero lo sobrepasamos y ganamos. Aun después de la enfermedad, de esa gripe tan difícil que casi me obliga a retirarme. Y luego, ¿qué? Pues vino la caída de septiembre. En España, en la etapa 11. Tuve una fractura de escápula. Físicamente estaba reventado y supe que todo se me había ido de las manos. Pero eso es el ciclismo. Eso pasa cuando somos ciclistas.

Pero está bien que pase todo eso. Está bien porque ahora miro hacia atrás y sé de las alegrías, pero también de las tristezas. Y eso sirve para entender que en la vida hay que afrontar de todo, que hay que luchar. Por ejemplo, aquellos cinco segundos en la contrarreloj, entre Santa María de Veruela y Borja, cuando me caí, fueron dificilísimos. Usted no puede pensar en nada. No se le cruza nada por la cabeza. Apenas tiene tiempo para tratar de defenderse, para levantarse y saber qué le pasó.
Hoy todos lo sabemos.

Aunque me retiré siendo líder y estoy orgulloso. Pero si me preguntan por lo más importante de este año, pues por supuesto que digo que el Giro. Fue espectacular verlos a todos de rosa. Como espectaculares fueron también los últimos días de enero en el Tour de San Luis, en Argentina. Ganamos y ahora vamos a volver.

Mientras habla, Nairo hace unos silencios larguísimos. Es reservado, es breve. Sus respuestas son puntuales y las lanza con cordialidad, con las manos entrelazadas encima de una mesa. Su postura es firme y sus ojos quietos. Parece una roca amabilísima que apenas dejar ver esa sonrisota que todos le conocimos en Trieste, cuando después de tropezarse con las toses y la fiebre, se subió al podio vestido de rosa. A su izquierda están sus dos amores. Ellas juguetean y se ríen solas. Nairo las mira y se alegra.

Este año —continúa— hubo algo más que empezó a darle mucha estabilidad a mi vida. Es como una mezcla entre tranquilidad y seguridad. Se llama Mariana, mi hija, que tiene diez meses y se ha convertido en una especie de fortaleza. Ahora siento que tengo a alguien más por quién luchar.

Con ella y con Paola, mi esposa, mi otro amor, llegué hace 15 días a Colombia, derecho a Tunja, a Boyacá. Esa es mi verdadera casa, mi hábitat, donde están todas las temperaturas y todos los colores. Es que yo, si le digo, soy un enamorado de este país. Vea: yo estoy entrenando toda la semana, a excepción del domingo porque algún día hay que disfrutar de la familia, y de repente voy en la bicicleta, miro hacia arriba y enfrente tengo unos paisajes espectaculares. Y me tengo que bajar a tomar una foto porque esas montañas, más allá de ser el terreno que disfruto, el que más me gusta y en el que mejor me va, son muy lindas. Esa naturaleza es valiosa. Y entonces tomo la foto y a veces la subo a redes para que todo el mundo sepa de qué está hecho este país.

Ahí está el campo, lo otro que me apasiona a parte del ciclismo, el único deporte para el que soy bueno. En fútbol soy pésimo. Admiro el patinaje, pero no sé montar. Me gusta la natación, pero tampoco sé nadar. Entonces Nairo es ciento por ciento ciclismo y por todo eso, en parte, sigo apoyando junto con un amigo (aunque hoy se encarga más él porque me queda muy poco tiempo para echarle una mano) a un grupo de muchachos para que continúen por la misma ruta. Algunos vienen del campo. Unos son muy buenos y a punta de esfuerzo se han ganado una bicicleta. Ya no cometemos ese error de dársela a todos, porque muchos la recibieron y se desaparecieron.

Son ellos los que van a seguir el camino que alguna vez empezaron personas como Fabio Parra y Lucho Herrera. Esa generación fue la que nos abrió las puertas de Europa y comenzó a hacer historia. A ellos sí los admiro. Siempre lo he dicho: hacer lo que hicieron en esa época, cuando todo era más difícil, hoy me sorprende.

Los pocos temas que hacen que Nairo hable de corrido son justamente esos: Boyacá, el campo, su hija y el ciclismo. Él, que mira de vez en vez un reloj inmenso en su muñeca, ha aprendido a medir sus palabras tan bien como mide el tiempo. Sabe que ahora es un personaje público y debe lidiar con una fama que lo asalta en cada esquina con una fotografía, un autógrafo o una entrevista. Ya nada de eso le preocupa. Eso sí: tiene clarísimo que su intimidad a nadie se la presta.

Durante este año —prosigue— aprendí a llevar todo esto con mucha más tranquilidad, con mucha más calma. No me gusta estar saliendo en todas partes, pero ese tema hay que saber llevarlo. Hay que atender a todos en su momento: al público, a los medios. A veces nos llegan varias solicitudes de entrevistas al día y darles gusto a todos es muy difícil. Ahora optamos por hacerlas de forma grupal. Tengo que estar atento a los entrenamientos. He aprendido a establecer horarios para todo eso.

Pero es cierto: con los periodistas el proceso no ha sido fácil. De Nairo hay muchas cosas por contar, pero tampoco quiero divulgar mi vida privada. Hay cosas lindas, pero también otros pocos utilizan algo de amarillismo, aunque sé que tampoco hay intenciones malas detrás. Creo que cada vez irán entendiendo mejor; entendiéndonos a nosotros. Además, creo que quienes leen se merecen buenas entrevistas, porque también se cansan de ver siempre lo mismo.

Pero bueno, por ahora yo me concentro en entrenar porque tengo que irme a España la primera semana de enero. Allá vamos a presentar al equipo. Después me espera Argentina, luego Colombia y regreso a Europa a seguir la temporada. Ojalá que esta vez, en Francia, todos nos vistamos de amarillo.

*Adaptación hecha por Sergio Silva Numa.