Sergio Higuita: “Quiero ser un corredor de clásicas duras”

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El nuevo ídolo del ciclismo nacional afronta su papel con la emoción vital de un juvenil y la madurez intelectual de un veterano.

Para hablar largo con Sergio Andrés Higuita, incluso antes de que ganara el Tour Colombia, ya tocaba hacer cola, pedir con tiempo la entrevista a la jefa de prensa del equipo Education First y seguir todos los trámites habituales para hablar con las figuras. Hace poco más de un año, era un colombiano joven y prometedor, pero en muy poco tiempo se hizo estrella: en tres carreras. En California, donde mantuvo un buen duelo con Tadej Pogacar, otro de los jóvenes que llegan; en Polonia y en la Vuelta a España —donde asumió en pleno el liderato del equipo tras las caídas y abandonos de Rigo, Carthy y Van Garderen— ganó una etapa y terminó 14.

Y cuando le recitas sus etapas, la lista de sus méritos, él asiente con un “ajá” suave, sin brillo, y una gran sonrisa.

“Bastantes cosas han pasado, sí. Creo que he metabolizado bien todo. No sé la magnitud de lo que he logrado hasta ahora, pero sí lo tenía en mente. Los objetivos que he tenido. Me he sentado a analizar, y desde que era juvenil o prejuvenil, y hacía tantos esfuerzos, yo me preguntaba cuándo sería que iba a llegar la recompensa. A veces no veía muy claro lo que hacía, porque me esforzaba mucho, pero ahora sé que la recompensa ha llegado. Son tiempos de seguir progresando, de no quedarse, de no perder ambición. Soy un corredor joven que apenas estoy comenzando a construir mi historia”, explica el pedalista nacido en Medellín el 1 de agosto 1997, quien viajará a mediados de julio a Europa para afrontar la corta temporada de este año, malograda por la pandemia del COVID-19.

¿Qué sentido tiene el ciclismo para usted?

Desde muy pequeño he amado mucho el ciclismo. Sigo siendo el mismo niño que no dormía antes de las carreras, por la emoción, las ansias. Siento lo mismo ahora. Cada vez que llega una carrera es la misma sensación. Amo mucho el ciclismo. Si fuera solo un trabajo no tendría tanta emoción por competir, por disfrutar. Cuando yo era pequeño y veía videos en internet del Tour, de la Vuelta, grandes corredores, yo decía ‘ufff, no, esto es un sueño, llegar allí’. Y ahora, estando acá, sigo teniendo esa misma emoción. Todavía siento mucha felicidad, amor y pasión.

Usted, y la mayoría de los colombianos, llegan al ciclismo desde una vida en condiciones duras. ¿Esto les da más fuerza, más carácter?

Por venir de donde vengo valoro más las cosas. Si uno conoce la escasez, cuando logra cosas, sabe que en cualquier momento la vida puede cambiar. Hay que aprovechar esos momentos y amar lo que se hace. Yo soy el primer ciclista de mi familia. No tengo la herencia de un padre ciclista, de una cultura ciclística. Me enamoré del ciclismo y con poco empecé a construir un camino. Eso me hace más fuerte en los momentos difíciles, ¿no? Enfermedades, caídas, problemas, pero después de haber pasado por momentos tan duros ya uno sabe que con calma, amor y perseverancia puede seguir por la misma línea y salir de lo que ha pasado.

Nació y vivió hasta hace poco en Castilla, un barrio de Medellín en el que es difícil imaginarse a alguien practicando ciclismo.

Del velódromo a mi casa había unos quince minutos en bici. Atravesaba la ciudad para ir a entrenar con Efraín Domínguez, y al Aeroparque con don Fernando Saldarriaga, igual. En ocasiones, después de que salía del colegio me llevaba mi papá, que tenía una moto sencilla, económica, y él mismo se inventó un aparato —porque él es cerrajero— para poner la bici atrás. Él mismo lo diseñó, lo puso en la moto, y cada noche íbamos a entrenar en el Aeroparque y rodaba. Y así fue también para las carreras. Cerca de Medellín hay pueblos que hacían válidas para los chicos, y con mi papá igual; a veces pasaba frío, a veces llovía, pero disfrutaba de todo lo que hacía.

Su primer técnico como profesional fue el profesor Luis Fernando Saldarriaga, hijo de don Fernando. Él cuenta detalles que le impresionaron de su carrera, como cuando le cedió su rueda a Wilmar Paredes.

Fue una experiencia de generosidad, la verdad. Wilmar era favorito, y se quejaba de la rueda, que no iba bien, que no iba bien. Pero, bueno, al final éramos niños y yo también quería ganar, lo podía hacer tan bien como él. Pero él pidió intercambiar las ruedas y yo no me opongo a eso. Y en la carrera, claro, la rueda estaba fisurada y el carbón mismo pinchó la rueda. En el afán de cambiarla mi acompañante usó una rueda que utilizan las mujeres, con una relación que los prejuveniles teníamos prohibida. Y cuando llegó la medición, me descalificaron. Fue algo triste para mí. Y me tocó llorar bastante, porque fue doloroso. Don Fernando, incluso, también se lagrimeó, pero, bueno, luego comprendí que había que seguir apoyando al equipo. Ese mismo día hasta la una o dos de la mañana me puse a organizar las bicis de los compañeros para el día siguiente. Me quedé de mecánico, ayudando, lavando bicis, dejándolo lo mejor posible para ellos.

También recuerda una etapa de aprendizaje en la Ronda del Isard de 2016, en los Pirineos franceses. Un descenso magnífico bajo la lluvia. Usted tenía 18 años.

Siempre he sido un ciclista de mucho coraje. Hay ciclistas que son muy buenos por naturaleza, por genética, pero yo soy de esfuerzos, de corajear, de entrenar bien, de cuidarme, de perseverar. Y ese día hice ese gran esfuerzo. Queríamos ganar y yo quería entregarlo todo por Aldemar Reyes. Luego se me dio la oportunidad de la fuga, pero el otro chico iba demasiado fuerte y me reventó. Al final remé solo para por lo menos ser segundo y en una rotonda mal señalada, con lluvia, cero grados y yo congelado, me perdí. Fue una etapa exótica que me dejó una gran madurez para lo que soy ahora.

No solo creció como ciclista, sino que estudió hasta terminar el bachillerato.

Esa historia fue difícil. El colegio era de doce a seis. Madrugaba a las 5:30, salía a entrenar temprano, volvía a casa a seguir haciendo los trabajos. A veces no daba para estudiar, llegar y correr al colegio, que me quedaba más o menos a tres o cuatro kilómetros. Me tocaba irme a pie o corriendo para no llegar tarde y a veces era imposible estar a tiempo. Tenía que ir con mi mamá para que me dejaran entrar al colegio. Ese último año que hice de escuela fue demasiado difícil. Incluso, recuerdo que yo no pude ir a mi grado, que mi mamá, mi hermana y mi papá fueron a recibir mi graduación y pusieron un video con el que puse a llorar a todos los compañeros agradeciéndoles por la compañía. Estaba persiguiendo el sueño que tenía de ser un gran ciclista. Todos los sacrificios valen la pena.

Todo el barrio Castilla te celebró la etapa en la Vuelta.

Celebraron, sí, como si hubiera metido un gol la selección. Y el Tour Colombia también. Esas son las cosas bonitas. Uno con lo que hace apasiona a las demás personas y da un ejemplo de vida también. Ya vienen chicos más jóvenes que yo buscando sus sueños, buscando ser grandes ciclistas, y uno es un ejemplo para ellos.

¿Qué ciclista quiere ser?

Tengo en mente ser un corredor de clásicas duras, Flecha Valona, Lombardía algún día, Lieja, y también hacer podio en una grande. Sé que ganar una grande es muy difícil, pero yo creo que tengo la posibilidad de hacerlo. Tengo las capacidades. El año pasado terminé entre los primeros quince de la Vuelta. No quiero afanarme en conseguir grandes resultados ahora, sino ir paso a paso, aprendiendo, mejorando año tras año, subiendo un escalón, subiendo otro. Y creándome una historia larga, que a los 35, 36 años, siga siendo igual de apasionado, igual de bueno, y queriendo estar montado en una bicicleta con la misma pasión de ahora.

¿A qué ciclistas admiraba?

Siempre a los colombianos: Rigoberto, Nairo. A Esteban Chaves demasiado, me reflejaba mucho en Esteban Chaves hace unos años, porque es muy parecido a mí, la misma estatura, casi que el mismo biotipo; ganó Lombardía, hizo podio en el Giro. Era un corredor que siempre seguía. Tenía la misma forma física que yo. Y europeos como Contador, sus cambios de ritmo, sus ataques, igual Nibali, también Mikel Landa. Y también la forma de correr de Purito Rodríguez se me asimila a la mía, e indudablemente a Alejandro Valverde.

Evenepoel, Pogacar, usted… Llega la generación del cambio de siglo, una generación impaciente.

Creo que sí. Queremos todo para ya, de hacer las cosa rápido, pero yo he aprendido mucho (y arrastra con lentitud las palabras, como para contradecir la prisa) a aceptar que pasen las cosas que tienen que pasar, y no forzar a que sucedan. Y he aprendido a tener la calma, a pensar que esto comienza. El año pasado en el Mundial (disputó la sub-23), tenía a los chicos del 99 y 2000, más o menos de mi año, pero yo como tenía experiencia me sentía como Rigoberto en el equipo. Los veía muy jóvenes, la verdad. Pero no solo por mi camino de mi vida, sino porque yo sé que soy muy joven, que me falta muchísimo y la experiencia la dan los años.

Parece que la resistencia a la frustración es un bien escaso en los jóvenes.

Por eso creo que también los jóvenes de hoy en día no perseveran, porque si no consiguen las cosas ya, se desilusionan, tiran todo a la basura, se desmotivan. Les pasa lo mismo con cualquier problema. Es un círculo vicioso y al final se les va la vida y no hacen nada. Incluso creo que las relaciones de pareja, de noviazgo, no duran hoy en día por eso. En los años 70, los 80, la gente se enfrentaba a las cosas, hablaba, se escuchaba, no dejaba todo botado a la basura a la primera. Hoy día todo lo que se rompe se bota a la basura, todo es obsoleto. La juventud también absorbió eso.

Muchos jóvenes de Colombia se van para Europa a buscar su oportunidad sin haber crecido en su país.

Es algo muy complicado. Mi camino fue bueno. Estuve en un equipo profesional colombiano desde jovencito y aprendí mucho en Europa sin desarraigarme. Supe lo que era estar solo allá, en un hotel, mucho tiempo, lejos de la familia. Y es muy, muy duro para estos chicos que se están yendo de muchísimo más jóvenes, de 16, 17 años. Buscan un futuro y a veces es peor. Para mí fue una bendición estar en el Manzana Postobón, un equipo que me llevó, me abrió las puertas y me formó durante tres años. Me regañaban por lo que hacía mal y eso es muy importante. Hoy en día no se les puede regañar a los chicos. Les hablan y no escuchan. No se les puede corregir, se las saben todas. Y es necesario aprender e irse regañados y estar frustrados para luego tener esas ansias de hacerlo bien. Y yo tuve eso, me regañaron, me exprimieron. A veces decía “¡qué fastidio esto!”, pero, luego, analizando bien, supe que era lo correcto.

 

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