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“Uno entiende, con los años, que si padece en los entrenamientos, la tortura en las carreras será menor. Por eso hay que ser disciplinado y constante, y llevar al máximo el umbral cuando no hay presión de ir adelante, de tener que estar en una fuga o de embalar”, dijo Daniel Felipe Martínez en junio pasado, cuando volvía a entrenar en carretera luego de meses de practicar en rodillos y en competencias virtuales.
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Y es que ya estaba cansado de no sentir cerca el asfalto y de no escuchar sus pedaleos, su agitación, que en ese momento fue más fuerte de lo habitual, pues sufrió en el ascenso al Alto de las Palmas, en tierras antioqueñas. Se preocupó, pero consultó con sus guías del Education First y confirmó que era normal después de realizar prácticas inesperadas en casa, a causa del confinamiento originado por la pandemia del nuevo coronavirus.
“Se me pasó por la cabeza llamar a mi mujer y decirle que bajara por mí, pero por fortuna pude llegar”, comentó el hombre que nació el 25 de abril de 1996 en Soacha, municipio ubicado al sur de Bogotá, en el departamento de Cundinamarca. Allí creció con las dificultades económicas que padecen la mayoría de las familias colombianas, lo cual no fue impedimento para ser un buen estudiante y nunca inmiscuirse en el entorno de las pandillas y las drogas.
Después del amor hacia sus seres queridos, el primero fue hacia la pelota de fútbol. El segundo, para Atlético Nacional. Soñaba con que su nombre se coreara en el estadio Atanasio Girardot desde la tribuna sur, con anotar goles con la camiseta verde y blanca rozando su pecho. Por eso, a los 13 años, se citó con su mejor amigo del colegio Carlos Albán Holguín de Bosa, Alejandro Arenas, para inscribirse en una escuela de balompié de barrio.
Habían sido cómplices en muchos picados. Tiraban paredes y gestaban golazos, pero el domingo que era el último día para enlistarse en la escuela de fútbol, Alejandro no apareció. Daniel Felipe se colmó de angustia y sus ojos se humedecieron de rabia e impotencia. Ante esa escena, su hermano Jeison lo llevó a descargar las emociones al Alto de Rosas, encima de una rústica bicicleta de hierro que no poseía freno en la llanta trasera.
Y desde ese momento se olvidó del balón y se ocupó de las bielas y los pedales, de superar sus caídas, sus untadas de grasa, sus cansancios en los recorridos empinados. Dejó de ayudar en la tienda de Nelson Henao y Adriana Marín, quienes en el pasado le pagaban dejándolo ver los partidos de Nacional. El adolescente no volvió a saborear las golosinas que sus padres, Guillermo y Blanca, compraban para vender afuera de las instituciones educativas.
(El hombre récord del Tour de Francia que nunca se puso el maillot amarillo)
Daniel prefería conservarlas y comercializarlas en su colegio. “Todo lo que ganaba lo invertía en uniformes, cascos, ruedas, lo que me hiciera falta”. Ahorró para comprarse un uniforme del Astana, porque en ese equipo corría entonces su ídolo, el multicampeón español Alberto Contador. Y debutó en una competencia en el circuito ciclístico de Kennedy, en Bogotá, con una bicicleta que le prestó un conductor de buses que era aficionado al ciclismo y confiaba en Martínez.
A los 100 metros, el soñador cayó al pavimento, pues no estaba acostumbrado a correr con un aparato de aluminio y cambios profesionales, el cual sufrió daños con el golpe. Don Jesús, el dueño, no le cobró y solo le pidió que siguiera en el sendero de ese deporte, porque veía que tenía condiciones. Este viernes, después de que Martínez ganara la etapa 13 del Tour de Francia, seguramente fue uno de los más orgullosos.
También lo fue el 16 de agosto pasado cuando el soachuno conquistó el Critérium du Dauphiné; en febrero de este año, cuando fue subcampeón del Tour Colombia, y el año pasado, cuando volvió a ser campeón nacional de contrarreloj y medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Lima. “Ganar el Dauphiné fue fantástico, pero es verdad que lograr una victoria en el Tour es un sueño de niño”, expresó Martínez tras lograr su primera etapa en una grande.
El ascenso a Puy Mary, de 5,4 kilómetros y al 8,1 %, fue una batalla de dos alemanes del Bora, Lennard Kamna y Maximilian Schachmann, contra el colombiano del Education First, quien primero dejó tirado a Schachmann y en los últimos metros aguantó los inútiles ataques de Kamna para fundirlo, acelerar y cruzar la meta en solitario. Una alegría tras la caída de la segunda etapa, en la que perdió más de tres minutos. Un motivo más para agradecerle a su amigo del colegio por dejarlo plantado aquel día en el que pensaba que dedicaría su existencia al fútbol.